Más que un terremoto

Pero lo que no podemos aceptar es que seres humanos mueran por falta de atención pública tras tragedias como la reciente

Después de haber decidido tomarme un descanso, llegan dos terremotos y sus réplicas a sacarme de él. 

Viajamos en el espacio montados sobre un planeta que no sabemos a ciencia cierta cómo ni cuándo se formó. Las innumerables religiones que el ser humano se ha inventado tratan de explicar lo hasta ahora inexplicable con un ser omnipotente, omnisciente y eterno que creó todo el universo. Algunas suponen que lo hizo en seis días y que en el séptimo descansó, luego de tan intenso trabajo; o sea que se cansó, lo cual suena contradictorio con su cualidad de infinitamente poderoso, además de inmaterial. Pero no tengo la intención de desatar una discusión sobre temas religiosos. Todos, de alguna manera, creemos en un Dios de quien dependen nuestros respectivos destinos, y eso debe respetarse. Pero se nos hace difícil que ese Dios infinitamente bueno haga que cosas tan terribles ocurran o, por lo menos, que las permita.

Terremotos, catástrofes, erupciones volcánicas, cuerpos celestes que nos impactan y otros fenómenos han remodelado la superficie terrestre en grandes bloques desde miles de millones de años. Con violentas fracturas y divisiones, la corteza terrestre se fue desgarrando y reacomodando, hasta formar los 5 continentes que hoy conocemos, con bloques de grandes extensiones rodeados de islas de diferentes tamaños y formas.

Así como escribí en el párrafo anterior, tampoco pretendo hacer una disertación sobre tectónica de placas, que incluye la deriva continental, la formación y ruptura de continentes o la expansión de los océanos, materia que no domino en absoluto, y especular sobre ese tema podría terminar en una simple conversación de botiquín. Me limito a señalar que el planeta sobre el que vivimos nos guarda muchas sorpresas desagradables cuyas magnitudes y alcances tal vez ni siquiera los científicos más versados en esa materia pueden imaginar.  Algunos países como Chile o Japón, donde los movimientos sísmicos son frecuentes, terminan por acostumbrarse a la idea de que, en cualquier momento, un sacudón puede acabar con sus vidas, y tienen normas estrictas que aseguran la estabilidad de sus edificios en caso de sacudidas fuertes. Pero nadie puede garantizar su efectividad en casos de magnitudes impensables. El peligro siempre está ahí, latente.

Nuestro problema es que, a pesar de las tragedias que la especie humana ha sufrido desde que existe, como además de terremotos, pestes, guerras, hambrunas, inundaciones o incendios, no terminamos de aceptarlas como algo que forma parte de nuestras vidas, y que no son otra cosa que una manera distinta de morir aparte del decaimiento y las enfermedades propias de la vejez. Y deberíamos hacerlo, para que la desaparición de algún ser querido nos sea más llevadera en medio del dolor de la pérdida. Y de eso sí sé algo...

Pero lo que no podemos aceptar es que seres humanos mueran por falta de atención pública tras tragedias como la reciente. Artículos como el de Soledad Morillo Belloso, periodista, columnista de opinión, novelista, etc., son una denuncia contundente y ponen al desnudo al régimen del “Socialismo del Siglo 21” que tanto daño le ha hecho a nuestra querida patria, que sigue siéndolo a pesar del distanciamiento forzoso. Como Morillo escribió: “años de negligencia, improvisación y corrupción. Mucha épica, nula ingeniería. Mucho discurso, cero mantenimiento. Mucha consigna, ninguna prevención. El país no colapsó por un temblor: colapsó porque llevaba 27 años siendo desmantelado pieza por pieza”.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Más que un terremoto

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