El régimen venezolano, como toda dictadura, es enemigo de la libertad de prensa. Desde los inicios del gobierno de Hugo Chávez en 1999, los enfrentamientos con periodistas y medios de comunicación fueron en aumento, mientras se implementaba progresivamente un plan maquiavélico para silenciar, censurar y castigar a toda persona o institución que cuestionara a quienes ostentaban el poder.
Los sedimentos de aquella política aún persisten y Delcy Rodríguez pretende encarnarlos. Con un cinismo difícil de igualar, intentó desestimar las críticas de la prensa internacional por la tardía respuesta gubernamental frente al trágico terremoto que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio. Ningún dirigente chavista está acostumbrado al cuestionamiento; están habituados a la adulación. Por eso, durante una rueda de prensa con medios internacionales, intentó ocultar la incompetencia gubernamental afirmando que la información sobre la tragedia, especialmente aquella que evidenciaba la ineptitud del Estado, formaba parte de un supuesto plan mediático.
Al verse expuesta, no le quedó otra opción que responder con ataques e incluso apagar el micrófono a un periodista de Telemundo, demostrando, una vez más, que los regímenes dictatoriales son enemigos de la verdad. No en vano, durante casi treinta años de revolución chavista, la prensa democrática fue desmembrada para conducir al país hacia un verdadero oscurantismo informativo. En 2007 fue cerrada RCTV y decenas de periódicos desaparecieron o se vieron obligados a abandonar sus ediciones impresas debido al monopolio que ejerció la Corporación Maneiro sobre la importación del papel periódico, distribuido discrecionalmente solo entre los medios complacientes con el poder.
El régimen venezolano quedó en evidencia y no hubo forma de ocultar la realidad. Gracias a Dios, algunas de las grandes televisoras nacionales parecen estar despertando de un largo letargo y, poco a poco, han comenzado a formular las preguntas que durante años evitaron. Al mismo tiempo, miles de vecinos y víctimas del terremoto denunciaron sin miedo, a través de las redes sociales, la falta de humanidad de la dictadura frente a una tragedia en la que fueron los propios ciudadanos quienes, a punta de pico y pala, socorrieron a sus semejantes durante las primeras horas de la emergencia.
Esta No consiste únicamente en cerrar medios de comunicación o perseguir periodistas; su objetivo es mucho más profundo: transformar el miedo en cultura y el silencio en costumbre. Cuando una sociedad aprende que opinar puede traer consecuencias, la autocensura deja de ser una reacción individual y comienza a convertirse en un comportamiento colectivo. El autoritarismo alcanza entonces una de sus mayores victorias: ya no necesita imponer el silencio permanentemente, porque las personas aprenden a callar para sobrevivir.
Frente a estas realidades debe imponerse una prensa libre, plural y comprometida con la verdad, indispensable para la democracia y la transparencia gubernamental. No olvidemos que, en la reconstrucción de Venezuela, también será necesario rescatar sus instituciones, entre ellas los medios de comunicación, tan esenciales para la vida democrática como la respiración misma de una sociedad libre. Ya basta del muro informativo. Ya basta de periodistas presos. Ya basta de criminalizar la opinión. Ya basta de medios cerrados. Ya basta de censura. La nueva Venezuela necesitará profesionales de la comunicación comprometidos con la verdad, la empatía y la reconstrucción de la nación. Porque una democracia sin prensa libre termina hablando únicamente con la voz del poder.




