El edificio El Jurel se ha convertido en uno de los símbolos más impactantes de la devastación que dejó el terremoto del 24 de junio en La Guaira. Su ubicación, al borde de un barranco en Playa Grande, hace imposible ignorarlo. Desde la avenida principal se aprecia una de sus fachadas completamente desplomada, pero solo al acercarse es posible comprender la verdadera dimensión del desastre. Donde antes había apartamentos con vista al mar ahora solo quedan placas de concreto comprimidas unas sobre otras, vigas retorcidas y montañas de escombros que todavía esconden historias sin cerrar.
La destrucción comienza incluso antes de llegar al edificio. La carretera de acceso también cedió con el movimiento telúrico. El asfalto aparece partido en dos, dejando expuesta la tierra bajo la vía, mientras una excavadora trabaja sin descanso para retirar toneladas de concreto que aún bloquean parte de la entrada. Dentro del conjunto residencial, algunos vecinos intentan rescatar muebles, electrodomésticos y recuerdos que sobrevivieron al colapso. Otros permanecen inmóviles observando lo que alguna vez fue su hogar. Hay quienes todavía buscan a familiares que permanecen desaparecidos bajo los escombros.
Entre ellos está Juan Francisco Guillén, uno de los sobrevivientes del colapso. Regresó al edificio con la esperanza de recuperar algún objeto personal, pero apenas puede identificar el lugar donde vivía. Levanta la mano, señala unas baldosas entre el concreto destruido y dice con serenidad: "Ahí vivía yo". Eran las losetas del baño del penthouse que habitó durante años. Todo lo demás desapareció.

El apartamento se convirtió en una trampa
La tarde del terremoto descansaba en su habitación. Estaba acostado sobre la cama, en ropa interior, cuando comenzó el movimiento. Instintivamente se levantó y corrió hacia una de las columnas principales del apartamento buscando refugio. Lo siguiente ocurrió en apenas unos segundos. "Todo se volvió oscuro".
Entre la nube de polvo alcanzó a distinguir una pequeña abertura en el techo. Calcula que tendría unos veinte centímetros de ancho. Aquella rendija se convirtió en la diferencia entre la vida y la muerte.
Salir no fue inmediato. Mientras el edificio seguía crujiendo bajo sus pies, llegó a convencerse de que iba a morir. Permaneció inmóvil durante unos instantes, entregado a esa idea, hasta que comenzó a moverse lentamente entre los restos del apartamento. La pequeña abertura le permitió abrirse paso hacia el exterior.
Cuando finalmente logró salir sobre lo que antes era la azotea, la escena resultó aún más aterradora. Una enorme nube de polvo cubría Playa Grande y apenas permitía distinguir las siluetas de los edificios vecinos. Entonces recordó a su esposa y a dos de sus hijas, quienes se encontraban en el edificio Ocean Beach, ubicado a unos cien metros del Jurel. Miró en esa dirección y sintió un golpe de adrenalina al descubrir que el edificio ya no estaba donde debía estar.

Descender por una tubería
No existían escaleras funcionales. Tampoco ascensores. La única opción fue descender por una tubería de aguas negras que recorría la estructura. Como pudo, comenzó a bajar desde lo que alguna vez fue el penthouse hasta el octavo piso, utilizando la tubería como apoyo.
"Fue como ser Spider-Man", dice intentando describir aquella maniobra desesperada. El descenso tomó cerca de diez minutos. En el camino encontró personas heridas, otras atrapadas entre los escombros y varios cadáveres. Los gritos de auxilio llegaban desde distintos puntos del edificio mientras el concreto seguía desprendiéndose.
Cuando finalmente alcanzó la planta baja apenas era consciente de su propio estado. Caminaba descalzo, con los pies cortados y sangrando, múltiples heridas en el cuerpo y aún vestido únicamente con ropa interior. Nada de eso importaba. Solo quería llegar hasta donde estaba su familia.

El edificio había desaparecido
Corrió hacia el Ocean Beach acompañado por una de sus hijas, con quien logró encontrarse durante el trayecto. Sin embargo, al llegar solo encontró otra montaña de concreto.
Lo que más le impactó no fue únicamente ese edificio. A medida que avanzaba por la avenida observó que prácticamente cada conjunto residencial presentaba escenas similares. Fue entonces cuando comprendió que no se trataba de un colapso aislado, sino de una tragedia que había transformado por completo la costa guaireña.
Al no poder hacer nada por el momento, regresó a El Jurel. Allí levantó la vista y comprendió lo que realmente había ocurrido con su apartamento.
Toda la fachada norte del edificio había cedido. El penthouse donde vivía ya no existía como tal. Había quedado comprimido hasta convertirse en parte del octavo piso.
"Sentía cómo el edificio iba cayendo placa por placa hasta que todo se detuvo", explica mientras intenta reconstruir mentalmente aquellos segundos.
El sonido que no desaparece
Hay algo que todavía lo persigue cada noche. No son las imágenes ni el polvo. Es el sonido. "Era como cuando echas hielo en una licuadora y la enciendes".
Ese ruido continúa repitiéndose en su memoria cada vez que intenta dormir. Guillén fue durante aproximadamente cinco años presidente de la junta de condominio del edificio. Conoce perfectamente a sus vecinos y sabe que en los cerca de 90 apartamentos vivían decenas de familias, adultos mayores y niños.
Mientras conversa con El Carabobeño, un hombre acompañado por funcionarios de Protección Civil señala un punto específico entre los escombros. Busca a su pareja, una mujer que se encontraba en el noveno piso al momento del terremoto. Cree que su cuerpo quedó donde hoy estaría el antiguo sótano del edificio, después de que las placas superiores colapsaran unas sobre otras. Entre los restos todavía sobresalen vehículos aplastados, puertas de maleteros deformadas y una nube constante de moscas que sobrevuela el lugar.

Rescatar a los propios familiares
Guillén afirma que una de las mayores frustraciones que le dejó la tragedia fue comprobar que, durante los primeros días, fueron los propios vecinos quienes realizaron la mayor parte de las labores de rescate.
Reconoce el trabajo de brigadas internacionales que llegaron posteriormente, pero sostiene que las primeras horas estuvieron marcadas por la solidaridad de los sobrevivientes. Él mismo participó en la recuperación de los cuerpos de su esposa y de dos de sus hijas.
Encontrarlos tomó ocho días. Hoy admite sentirse completamente destrozado. No sabe cómo reconstruir su vida después de perder a buena parte de su familia y de ver desaparecer el lugar donde vivió durante años. Aun así, entiende que debe seguir adelante por la hija que logró sobrevivir.
Mientras observa lo que queda del edificio, insiste en que el mayor dolor no es únicamente haber perdido su hogar, sino saber que decenas de vecinos siguen bajo esas mismas placas de concreto que, hace apenas unas semanas, eran los pisos de un edificio lleno de vida. Al final El Jurel también murió.










