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Fabio Solano || solanofabio@hotmail.com

“A Eustoquio lo mataron en su propia ley, por la espalda y sin que se sepa quién dio la orden. Lo sé porque yo estaba en Caracas cuando pasó. Murió enseguida que su primo Juan Vicente, quien tuvo el destino de fallecer en su cama, como si nunca hubiese matado una mosca. Otra fue la suerte de su verdugo, encargado del terror, de meter miedo al pueblo”. El anciano, sentado en una desvencijada poltrona en la puerta de su casa, miraba el paisaje con sentimiento. Había regresado a su casa de familia, luego de años entre Maracay y Caracas. El estaba en la capital en comisión, cuando el benemérito dijo adiós. No le afectó mucho, pues era de otra generación de andinos. Con grado de capitán, sí se preocupó por su carrera militar que se podía truncar. 

Rogelio Benavídez Pacheco. Así lo habían bautizado sus padres, agricultores de Michelena. Como todo andino soñaba con ser militar para progresar y salir de la montaña. Lo logró, con mucho esfuerzo y bastante suerte. “Yo sabía que Gómez iba a morir, como era del conocimiento de los cercanos. Y también estaba al tanto de los movimientos internos del general López Contreras, por un lado, y de Eustoquio Gómez por el otro. Honestamente, aunque nunca lo dije abiertamente, prefería al de Queniquea, por profesional de uniforme y por su discreción. Nada que ver con el primo, un hombre retorcido y con un pasado negro, de terror”. 

A la mente del viejo llegaron los desafueros cometidos por aquel pariente de Gómez, quien durante años simbolizó la represión y el terror. “Eustoquio era sanguinario, no perdonaba. Un sujeto que de pronto se dejaba llevar por las pasiones. Por eso se vio metido en un gran problema en 1903, cuando en una taberna de Puente Hierro le metió dos tiros al gobernador Mata Illias. Cierto que este jefe de Caracas estaba metido a fondo en la conjura de Cipriano contra Juan Vicente, pero no era como para asesinarlo. Fue mucho el escándalo, tanto que Juan Vicente no pudo impedir su condena. A 15 años de prisión fue sentenciado y llevado al calabozo. Pero en 1908 todo cambió y Gómez, con el gobierno en sus manos, le otorgó la libertad. Comenzó sus desmanes al nombrarlo jefe de la cárcel del San Carlos. Fue tanto el abuso, el terror, las torturas y los envenenamientos con vidrio molido, que los presos se alzaron. Eustoquio tuvo que irse”.

Rogelio, coronel retirado, recordaba que luego de un tiempo fuera de juego, Juan Vicente envió al primo al Táchira, como presidente del estado. El dictador temía que, como lo hiciera él mismo en el 1899, por la frontera con Cúcuta entraran sus enemigos, para intentar derrocarlo. Eso fue en el año 1914 y la verdad Eustoquio sembró el terror en su tierra natal. Incluso, aparte de que lo intentaron matar en un atentado en Río Frío, más de 20 mil tachirenses se vieron obligados a irse al exilio. De nuevo, el dictador lo sacó de la zona en conflicto. Tiempo después, cuando en el 1929 llegó la invasión de Delgado Chalbaud por el oriente, fue llamado luego al aparato oficial: Gobernador de Lara lo nombraron. 

– Ahí estaba en 1935 cuando Gómez se enfermó de verdad. Ese año, Eustoquio anduvo más por Maracay y Caracas que en el propio Barquisimeto. Conspiraba a todo dar, con el indio Tarazona en plan de operador. Se reunía aquí y allá, enviaba mensajes asegurando que llegado el momento (el de la muerte del dictador), sólo él sería obedecido por la tropa. No captaba que estaba fuera de época. Mientras él asumía una conspiración al viejo estilo, López Contreras forjaba sus bases institucionales. López como ministro de Guerra se adjudicaba el mando del ejército y, además, se había ganado el respeto de los oficiales y tropa. Para completar, tuvo el visto bueno de los Estados Unidos. El 21 de diciembre de 1935, Eustoquio fue a visitar al gobernador de Caracas y terminó con dos tiros en la espalda, en una supuesta confusión del momento. Nadie sabrá nunca si hubo un complot en su contra. Quien a hierro mata…




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