La última imagen que Valeria de la Oz conserva de su vida antes del terremoto es sencilla. Había terminado la jornada de trabajo y descansaba junto a su novio en el apartamento que compartían en el conjunto residencial Elite Beach, detrás del McDonald's de El Caribe, en Caraballeda. Era una tarde cualquiera. Conversaban, revisaban sus teléfonos y pensaban en el futuro que llevaban casi cuatro años construyendo juntos.
Nunca imaginaron que aquella rutina terminaría convertida en una despedida. Todo comenzó con una alerta en el teléfono celular de Oscar Guillén, su novio. Valeria recuerda que escuchó un sonido diferente y se acercó para ver de qué se trataba. "Decía que iba a temblar. Nosotros ya habíamos vivido varios movimientos sísmicos en ese edificio y nunca había pasado nada grave. Por eso decidimos quedarnos. Pensamos que sería igual que las otras veces".
Pero esta vez el temblor no terminó, ni tan rápido, ni fue tan suave como los de otros tiempos. Lo que siguió fue un movimiento cada vez más violento hasta que el edificio dejó de balancearse y comenzó a inclinarse. "Sentí que todo se fue hacia un lado. El mundo entero se vino encima". En cuestión de segundos el apartamento desapareció.
El golpe que cambió dos vidas
Entre el estruendo del concreto y la oscuridad absoluta ocurrió el último acto de amor que Valeria de la Oz recuerda de Oscar. Él la empujó. Ese movimiento hizo que el impacto que descendía sobre ellos cambiara de dirección. "Estoy convencida de que me salvó la vida. Ese golpe venía para mí. Él me protegió".
Oscar quedó gravemente herido. Ella no podía verlo. Las toneladas de concreto, muebles y fragmentos del edificio los mantenían separados por apenas unos centímetros, pero suficientes para impedir que se tocaran. Solo podían hablar. Durante horas mantuvieron una conversación interrumpida por el dolor, la falta de aire y los esfuerzos por mantenerse conscientes. "Yo nunca pude verlo. Solo escuchaba su voz".
Con el paso del tiempo esa voz comenzó a apagarse. Valeria de la Oz recuerda que respirar se volvió cada vez más difícil para él. "Yo creo que estuvo unas cinco horas con vida. Al principio hablaba, después le costaba mucho respirar y, de un momento a otro, dejó de hacerlo".
Entonces llegó un silencio que todavía hoy le resulta imposible olvidar.
Esperar la muerte bajo una montaña de concreto
Valeria también estaba herida. Las piedras le comprimían parte del cuerpo y apenas podía mover las manos.
Una mesa de noche permanecía incrustada sobre su cabeza mientras la cama evitaba que una pared terminara de aplastarla. La posición en la que quedó atrapada era tan incómoda que perdió completamente la noción del tiempo. "No sabía si era de día o de noche. Todo era oscuridad".
Lo único que sentía era dolor. Cada respiración costaba más que la anterior y, durante varias horas, llegó a pensar que tampoco saldría con vida. “Yo esperaba morirme".
Pero el miedo no estaba relacionado únicamente con sus heridas. Frente a su edificio vivía el resto de su familia. Sin posibilidad de ver el exterior, comenzó a imaginar el peor escenario. "Pensaba que si mi edificio había colapsado, seguramente el de ellos también. Creía que todos habían muerto".
La realidad era distinta. Su familia había sobrevivido. Ella todavía no lo sabía.
Una voz en medio del silencio
Los primeros intentos de rescate comenzaron pocas horas después del colapso. Valeria escuchaba golpes, maquinaria y voces que parecían acercarse y luego desaparecer. Algunos equipos lograron establecer contacto con ella. Le explicaban que rescatarla sería complicado. Le pedían paciencia. “La primera vez que hablaron conmigo me dijeron que iba a tardar, que no iba a ser fácil sacarme de allí".
Aquellas conversaciones se convirtieron en el único vínculo que mantenía con el mundo exterior. Cada palabra servía para impedir que el miedo terminara por vencerla.
Los rescatistas la animaban constantemente mientras buscaban la forma más segura de abrir un camino entre las toneladas de concreto. Finalmente, casi veinticuatro horas después del terremoto, funcionarios de Protección Civil del estado Lara lograron alcanzarla. "Cuando me sacaron sentí algo que no puedo explicar. Yo ya estaba desesperada".
El primer alivio de Valeria
Después del rescate todavía faltaba responder una pregunta. ¿Qué había ocurrido con su familia? La respuesta llegó alrededor de las siete de la mañana del día siguiente, cuando escuchó por primera vez la voz de su hermano.
Solo entonces comprendió que todos seguían vivos. Fue uno de los pocos momentos de tranquilidad que ha experimentado desde aquella tarde. El resto ha sido una larga recuperación física y emocional. Las lesiones que dejó el derrumbe son múltiples.
La fractura en uno de sus pies ocurrió cuando quedó atrapado contra una estructura metálica de la cama. También sufrió quemaduras, fracturas en ambas muñecas, golpes en la espalda y traumatismos en la cabeza. Hoy necesita una silla de ruedas para desplazarse.
Aprender a vivir con una ausencia
Sin embargo, ninguna lesión física supera el vacío que dejó la muerte de Oscar. Habían compartido casi cuatro años de relación. Tenían proyectos. Hablaban del futuro. Construían una vida que terminó bajo los escombros de Elite Beach.
"Era una persona increíble. Perfecto. Lo voy a extrañar toda mi vida". No necesita decir mucho más. Su silencio completa la historia.
Una tarde entre ambulancias y despedidas
Valeria de la Oz recibe a El Carabobeño sentada en una silla de ruedas en la entrada de Los Campos de Golf, uno de los centros habilitados para atender a sobrevivientes y familiares. Lleva un tapabocas que apenas oculta las heridas del rostro. Un militar sostiene la silla mientras el viento mueve lentamente su cabello.
A su alrededor no deja de entrar y salir gente buscando medicamentos, información o algún familiar desaparecido.
Las sirenas se mezclan con el sonido de las ambulancias, los pitos de los vehículos de emergencia y las conversaciones de quienes todavía esperan noticias. En medio de la entrevista, una mujer se desploma a pocos metros y varias personas corren para auxiliarla. La escena resume el ambiente que todavía domina buena parte de La Guaira.
Pero para quienes sobrevivieron, las réplicas continúan ocurriendo todos los días, cada vez que recuerdan la última conversación con quienes no lograron salir con vida.









