En la película La sociedad de los poetas muertos —una de mis favoritas, por cierto—, el profesor John Keating invita a sus alumnos a encontrar su propia voz. En diversas ocasiones rememora la célebre frase Carpe Diem, con la cual, más allá de exhortar a vivir el momento, invita a vivir de tal manera que nuestro transitar por este planeta no pase sin haberlo habitado conscientemente.
Hemos convertido el Carpe Diem en un eslogan para consumir experiencias, cuando originalmente era una invitación a asumir la responsabilidad de vivir con sentido. El mundo contemporáneo se ha obsesionado con documentar el presente, publicar en redes sociales y mostrarse en una realidad hiperconectada que muchas veces termina siendo una ficción cuidadosamente editada. En lugar de contemplar la belleza de un atardecer, del mar o de la montaña, primero nos preocupamos por grabarlo, olvidando esos pequeños detalles que, al final, son los que le dan color a la vida.
Muchas veces la vida cambia de manera rotunda. Lo dice alguien que tuvo que migrar y reinventar por completo la zona de confort que habitaba. El comienzo no fue fácil: una nueva cultura, un nuevo idioma y una nueva forma de ganarse la vida. A ello se sumó que, en algunos momentos, quienes dirigían el trabajo carecían de la más mínima noción de inteligencia emocional o de liderazgo. Sin embargo, esas vicisitudes se superan cuando entendemos que son etapas; que hay que recorrerlas, aprender de ellas y, a partir de allí, construir nuevos propósitos. De lo contrario, la frustración termina ocupando el lugar de la esperanza, y la vida es demasiado breve para permanecer atrapados en ella.
En este sentido, el profesor Keating nos exhortaba a buscarle sentido a la existencia, a soñar y a trabajar por aquello que realmente nos apasiona. Nos invitaba a atrevernos a expresar nuestras ideas cuando no estamos de acuerdo con alguna situación, a levantarnos después de cada caída y a buscar la plenitud sin olvidarnos del mundo que nos rodea. Porque ser felices también implica ser empáticos con los demás.
Así que recordemos la fuerza de esta potente frase. Carpe Diem no significa vivir con prisa ni coleccionar experiencias para exhibirlas. Tampoco es una invitación al desenfreno o a la improvisación permanente. Es, sobre todo, un llamado a vivir con propósito, a no postergar indefinidamente los sueños, a cuidar los afectos, a defender nuestras convicciones y a comprender que el tiempo es el único recurso que jamás podremos recuperar.
Quizá por eso La sociedad de los poetas muertos sigue emocionando a generaciones enteras. Porque nos recuerda una verdad incómoda: un día dejaremos de estar aquí. Y precisamente por esa condición finita de la existencia, cada decisión, cada abrazo, cada conversación y cada proyecto adquieren un valor extraordinario. Nuestra partida física llegará algún día. Esa certeza no debería llenarnos de miedo, sino de sentido. Quizá esa sea la razón por la cual, dos mil años después de Horacio y más de tres décadas después de La sociedad de los poetas muertos, el Carpe Diem sigue siendo una de las invitaciones más revolucionarias que podemos hacerle a nuestra propia vida.




