Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, San Fermín... La cantinela infantil me persigue desde que tengo memoria. La aprendí de niña, mucho antes de entender qué eran los toros o por qué alguien corría delante de ellos en Pamplona. Hoy, cuando la tarareo, me pregunto cómo una canción tan alegre pudo ser la puerta de entrada a un mundo que, aunque nunca fue el mío, terminó entretejiéndose en los pliegues de mi historia familiar.
Quiero adelantar que una vez vi una película en televisión que me hizo darme cuenta de que no podía ser taurómaca. Es una película de los años cincuenta, llamada “El niño y el toro”, que todavía recomiendo.
Mi tío Miguel Paz, "Ballestilla", fue mi primer contacto con la tauromaquia. Ya una vez hablé de él. Hombre lleno de bondad, de risa fácil y palabras sabias y vivaces, contaba que de joven había soñado con ser torero. "En los años cuarenta, Valencia olía a gloria y a tragedia", solía decirnos. Su escenario fue “Arenas de Valencia”, esa plaza de toros hoy desaparecida que se alzaba en la esquina de la avenida Bolívar con la calle Navas Spínola. Allí, en 1932, un toro lo lanzó por los aires "como si fuera un trapo de cocina". Decía: "volé tan alto, que desde arriba vi los Studebaker pasar lentamente por la avenida Bolívar y hasta al vendedor de chichas servir a sus clientes". Nunca supe si era cierto o si el miedo le había nublado la vista, pero a nosotros, sus sobrinos boquiabiertos, nos encantaba imaginarlo suspendido en el aire, con su traje de luces polvoriento.
Aquella cogida lo alejó del ruedo, pero no de la fiesta brava. Se convirtió en crítico taurino para el diario El Carabobeño, y cada domingo de toros llegaba a casa con programas de mano manchados de tinta y anécdotas del torero protagonista. A los catorce años, me llevó a la Monumental de Valencia, la segunda plaza más grande del mundo. Él esperaba que me emocionara con los pases del diestro, pero yo pasé la tarde escudriñando el tendido con los binoculares, buscando entre el público a Renny Ottolina o a Amador Bendayán. "¡Mira, tío, ahí está Marina Baura, la de La Señorita Elena, la novela del canal 4!", grité, ignorando por completo al toro que embestía a pocos metros. Ballestilla suspiró: "Esta niña, es un caso perdido". Desde ahí en adelante, el invitado fue mi hermano Miguel Ángel.
En Caracas, en la casa de mis tíos los Martínez Correa, la tauromaquia se colaba por las rendijas. En un rincón del living, habían montado una suerte de tasca andaluza: paredes encaladas, carteles de las ferias de Sevilla y, sobre todo, una cabeza disecada de toro que me aterrorizaba. Había sido un toro de Victorino Martín y, según mi tío, lo habían toreado en Las Ventas. "No muerde", me decían, pero yo evitaba pasar cerca de esos ojos de vidrio que parecían seguirme. Mis tíos no se perdían una feria: en febrero viajaban a Mérida para la Feria del Sol; en marzo, a Valencia; en abril, a Sevilla. Mi primo Paco, el mayor, jugaba a ser torero con un capote de verdad y unos cachos artesanales hechos con alambre, periódico y cinta adhesiva. Los primos pequeños (yo incluida) éramos el ganado bravío. Recuerdo ver correr a mi primo Luis Miguel por el jardín, fingiendo embestidas, hasta que se tropezó con una maceta y el juego terminó con una curita en la rodilla y un regaño memorable.
Una tarde de 1968, en la playa de Aragüita, llegó a visitarnos un anciano de manos nudosas y sombrero de pajilla. "Es Eleazar Sananes", susurró mi madre con un respeto que solo usaba para los artistas. El hombre había sido "Rubito", torero de éxito en los años veinte. Mientras los adultos hablaban de faenas olvidadas, mi madre me cantó al oído: "Cuando Rubito salió de Lima, toda la gente lo fue a encontrar...". Años después, conseguí ese pasodoble, había sido compuesto por Balbino García, muy conocido por su merengue "Carmen La Que Contaba 16 Años".
Cuando nos mudamos a Guaparo, el destino nos puso muy cerca de los Betancourt Fursow. El Dr. Rafael Betancourt, psiquiatra y presidente de la Comisión Taurina de Valencia, había escrito "Psicoanálisis del Toreo", un libro que analizaba el miedo, la valentía y la geometría del toreo. Su amistad con nosotros llegó a niveles familiares. Su hija mayor, Yaline Margarita y yo estudiábamos juntas e Hildegarda, la pequeña, era nuestra compañerita. Mi hermano Miguel Ángel, por su parte, adoptó a Rafael como consejero, su admiración hacia él era enorme. Tal vez gracias a Rafael, mis hermanos Miguel Ángel y Toby, sean tan taurófilos.
Pero vayamos a los Sanfermines. Nuestro viaje fue casi una casualidad. Estábamos viviendo en España, y alguien dijo: "¿Y si vamos a Pamplona?". Partimos en nuestra casa rodante y un Volkswagen en el que cabíamos todos. Madrugamos con el canto de los mozos: "Levántate pamplonica, levántate dando un brinco...". La Plaza del Ayuntamiento hervía de gente. Antes de soltar los toros, un grupo de mozos cantó tres veces: "A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición". Ese encierro, el único al que fuimos, fue trágico. Murió uno de los mozos, llegando a la plaza, justo a la entrada, había tanta gente, que el muchacho cayó al suelo y miles de personas y muchos animales, le pasaron por encima. Su madre dijo luego, en televisión: “él sabía que eso podía pasar, la fiesta tiene que seguir”.
Lo que sí nos fascinó y nunca olvidaré, fueron los gigantes y cabezudos. Cuatro parejas de reyes de cuatro continentes, balanceándose sobre la multitud. Detrás, los cabezudos perseguían a los niños con pelotas de peluche, y los txistus sonaban como pájaros metálicos al lado de las gaitas y tamborines.
Cuando Sergio y yo nos casamos, Don Pablo Espinal, dueño del ABC y amigo de mi padre, nos regaló un óleo de López Canito. Todos esperaban un toro (era lo que pintaba el artista), pero era un perro blanco con manchas marrones.
Es "El perro del torero" (explicó Don Pablo). Hasta los héroes necesitan compañía que no los embista. Cuarenta y un años después, ese cuadro sigue en nuestra sala. Mi hijo dice que el perro tiene cara de saber un secreto. Yo creo que es el mismo secreto que aprendí sin querer: que uno puede vivir rodeado de toros (de metáforas, de tradiciones, de recuerdos) sin ser nunca del todo taurómaca.
Como dice la copla: "A Pamplona hemos de ir, con una media y un calcetín". Yo fui, pero me quedé con la media suelta y el calcetín sin pareja. Justo como debe ser.
Anamaría Correa









