La primera cohorte de estudiantes de Diseño de Moda de SAFF Academy presentó su desfile de graduación en la Quinta Mayaudón, un espacio que, más allá de su valor arquitectónico, funcionó como un símbolo de memoria urbana para una ciudad que durante décadas tuvo en la industria textil uno de sus motores económicos. El evento reunió a más de 100 invitados y planteó una interrogante que pocas veces aparece en la conversación pública: qué lugar ocupa hoy la moda dentro del entramado cultural de Valencia y hasta qué punto sigue siendo posible formarse profesionalmente en este campo en medio de las dificultades económicas del país.
El espectáculo, titulado Valencia Real, se planteó como un recorrido por el proceso formativo de las estudiantes desde sus primeras aproximaciones al diseño hasta la construcción de piezas de mayor complejidad técnica. Durante aproximadamente dos horas y 30 minutos desfilaron más de 100 trajes diseñados y confeccionados por 12 graduandas, con la participación de 50 modelos gracias a una alianza con la Academia Model Management y la colaboración de distintos profesionales del sector creativo.
Sin embargo, el desfile no se limitó a mostrar prendas terminadas. La estructura del evento permitió observar cómo la formación en diseño de moda implica un aprendizaje progresivo que combina teoría estética, historia del vestido, patronaje, técnicas de costura y dominio de materiales. Cada bloque del desfile representó una etapa distinta de ese proceso.

El final de una etapa
Carolina Rodríguez, integrante de la primera promoción, explicó que el evento representó la culminación de un camino que exige disciplina constante.
“Es el final de un proyecto largo. Ha sido bastante difícil por todo lo que conlleva la carrera, pero este desfile simboliza llegar a la meta y demostrar que fue posible estudiar moda de forma integral, no solo ilustrar, sino confeccionar y construir cada pieza”, afirmó.

La propuesta conceptual tomó como punto de partida la arquitectura colonial de la Quinta Mayaudón. El objetivo fue establecer un puente simbólico entre el pasado urbano de Valencia y la creatividad contemporánea.
“Como era una casa colonial, quisimos representar los inicios de la ciudad. Valencia tiene una historia industrial y textil importante que muchas veces queda relegada. Queríamos rescatar ese concepto y reactivar la energía creativa alrededor de la moda”, agregó Rodríguez.
De Vil en la moda
El desfile estuvo dividido en cinco categorías que reflejaron distintas exploraciones estéticas. Entre ellas destacó Cruella, inspirada en la audacia visual asociada a la icónica villana de Disney, así como una línea dedicada a la moda sostenible, que incentivó a las estudiantes a trabajar con materiales reciclados y explorar alternativas dentro del diseño ecológico.
Victoria Mustafá, también integrante de la promoción, describió el proceso como una experiencia intensa pero formativa.
“Han sido años de mucho esfuerzo que a veces te dejan agotada, pero se disfruta. Para esto nos formamos y estuvimos viviendo el sueño”, expresó.

Las piezas presentadas incluyeron vestidos de fantasía elaborados completamente a mano, trajes de alta costura, bordados artesanales y trabajos realizados con la técnica Luneville, un método especializado de bordado de origen francés ejecutado con aguja parisina. Este tipo de técnicas, poco frecuentes en academias locales, evidencian la intención del programa académico de conectar a las estudiantes con prácticas tradicionales del oficio.
Vestidos en Mayaudon
A esto se sumaron propuestas de gala con siluetas sirena, campana y transparencias, así como diseños inspirados en materiales ecológicos y líneas contemporáneas. Cada estudiante presentó al menos cinco vestidos de gala, piezas que exigieron especial atención en la construcción de la base estructural y en los acabados.
“Trabajamos vestidos tipo princesa que requirieron una construcción compleja en la base y bordados minuciosos en la parte superior. No fue complicado en patronaje, pero sí exigió un alto nivel de precisión y dedicación”, explicó una de las participantes.
El cierre del desfile estuvo marcado por el traje de novia, considerado dentro de la formación como el ejercicio más completo de la carrera. En esta pieza confluyen todas las habilidades adquiridas durante los años de estudio: diseño conceptual, patronaje, estructura, bordado y acabado final.

La profesora Mary de La Peña explicó que cada bloque del desfile representó una colección con identidad propia.
“Empezamos con piezas básicas, transformamos patrones y desde el día uno las invitamos a hacer volar su imaginación. Queríamos que entendieran que son artistas y que esa expresión podía reflejar no solo la valencianidad, sino también lo que es Venezuela dentro de cada trabajo”, señaló.
A pesar del entusiasmo creativo, el evento también dejó al descubierto un aspecto menos visible de la profesión: el costo de formarse como diseñador. Telas especializadas, herramientas, insumos, maniquíes y materiales para bordado forman parte de un gasto constante que muchas veces supera las posibilidades económicas de los estudiantes.
Las puntadas de la moda
En ese contexto aparece la historia de Luis Veronika Sánchez, una joven interesada en el diseño de moda que ha seguido de cerca la formación de varias estudiantes de la academia. Para ella, estudiar la carrera ha sido un desafío marcado por limitaciones económicas.
“Aprender moda en Venezuela no es fácil porque los materiales son costosos y muchas veces difíciles de conseguir. Yo he tenido que aprender viendo tutoriales, investigando, reutilizando telas y probando con lo que tengo a la mano. A veces uno diseña primero con la imaginación y luego busca la forma de hacerlo posible”, comentó.

Sánchez ha hecho diplomados de costura y es así como hoy por hoy puede hacer su propia ropa. En ese interín ha descubierto que muchas prendas en tiendas y boutique tienen un valor que no corresponde a la calidad de la tela, ni al estandard del producto mismo.
“Me gustaría poder estudiar la carrera completa y algún día ver un diseño mío en una pasarela real. Por ahora sigo aprendiendo como puedo, practicando y haciendo bocetos. En un país como este hay que ser creativo incluso para aprender”, añadió.
Historias como la suya reflejan una realidad que atraviesa al sector creativo venezolano: el talento existe, pero muchas veces debe abrirse camino en condiciones adversas.
Narrativa y memoria
Luisana Pérez es otra asistente al evento y destacó que el desfile logró construir una narrativa visual coherente con el espacio.
“La propuesta tuvo algo que hoy es difícil de encontrar en los desfiles académicos: una relación consciente con el espacio y con la historia. No se trató simplemente de mostrar ropa, sino de construir una narrativa visual. Eso revela que esta generación está pensando la moda como un lenguaje cultural”.
Mientras que Andrés Molina, piensa que la actividad permitió reabrir una conversación sobre el papel de la moda en la ciudad.

“No se percibió como una simple exhibición de fin de curso. Hubo una intención clara de demostrar que la moda puede ser un oficio serio, con técnica, método y discurso. En una ciudad con pasado industrial y textil, ese debate es pertinente”.
Mariela Tovar una amante de la moda destacó la dedicación que exige el oficio. “La confección requiere paciencia y disciplina. Se notó en varias de las piezas que vimos en pasarela. Hubo vestidos con estructuras complejas y bordados muy cuidados. Eso habla de muchas horas de trabajo”.
Gabriel Farías por su parte consideró que la propuesta evidenció una búsqueda de identidad cultural.
“Cuando un grupo de estudiantes decide mirar hacia la historia de su ciudad y hacia prácticas artesanales que han quedado relegadas, está planteando una conversación sobre memoria cultural. La moda puede convertirse en una forma de archivo visual de una sociedad”.

Las entradas para el desfile estuvieron disponibles en un lote limitado: 15 dólares para el público general y 10 dólares para estudiantes. El resto de los asistentes correspondió a familiares, invitados especiales y aliados del sector. La organización estimó una asistencia cercana a 100 personas, sin incluir al equipo de producción, modelos y personal de protocolo.
Más allá de la pasarela, “Valencia Real” funcionó como un recordatorio de que la moda, en contextos complejos, sigue siendo un espacio de resistencia creativa. En medio de las dificultades económicas, la formación técnica y la persistencia individual continúan dando forma a una generación que intenta reconstruir, puntada a puntada, el tejido cultural de una ciudad con una larga historia vinculada al mundo textil.





