Yris Medina junto a su esposo y su hija de apenas tres meses de nacida. (Foto cortesía)

El 27 de febrero de 1989 es una fecha que quedó inmortalizada en la memoria de los venezolanos. Una ola de protestas en Guarenas se extendió a Caracas y el resto del país. Rechazaban las medidas económicas adoptadas por el entonces presidente de la República, Carlos Andrés Pérez. 

Yris Medina estaba en su casa con su esposo y su pequeña hija de apenas tres meses de nacida. Funcionarios llegaron a la avenida San Martín, donde empezaron a disparar para dispersar las manifestaciones.

“Pensabamos que en nuestra casa estaríamos seguros pero no fue así” 

Su marido, Wolfang Quintana, recibió el  impacto de una bala en el tórax. Pese a los esfuerzos de sus familiares para trasladarlo a un centro asistencial, falleció desangrado en su vivienda. “Nunca pensé que lo iban a asesinar. Nosotros estábamos en nuestra casa, que se suponía era el lugar más seguro para estar, ya que había toque de queda” 

La odisea no terminó allí. Apenas logró salir de su vivienda con el cuerpo de su cónyugue, los uniformados se lo quitaron y la amenazaron con quitarle la vida a ella. Argumentaron suspensión de garantías constitucionales.

Temerosa, Medina se retiró del sitio sin saber nada del cadáver del padre de su hija. Con las horas, la angustia crecía, también el dolor. ¿Por qué le había sucedido eso a un muchacho inocente de sólo 20 años?. Su pregunta, aún, no tiene respuesta.

Al día siguiente, un hermano del joven comerciante fue hasta la Morgue de Bello Monte para ver si podía reconocerlo. Tuvo que buscar entre centenares de cuerpos que yacían en el piso. “Nos contó que apartaba cada uno y así dio con Wolfang. Imagínate lo duro que fue eso“.

LAS LIMITADAS HORAS DEL VELORIO

A la familia Quintana Medina no sólo le quitaron a su ser querido, también el tiempo para velarlo, acompañarlo y llorarlo. 

“No teníamos derecho ni siquiera a despedirlo”. 

Como había toque de queda, la funerarias  trabajaban en horario reducido. El velorio tuvo que hacerse rápidamente. Yris Medina sintió indignación, había perdido el derecho de estar al lado de su esposo.

29 años han pasado. La hija de ambos tiene esa misma edad, su madre lamenta que no pudo conocer a su papá. También cuestiona que todavía no haya justicia, no sólo por ese caso, sino por todos los que aún permanecen en el recuerdo de quienes vivieron ese episodio.

JUSTICIA INJUSTA 

Casi tres décadas han transcurrido y la justicia no ha llegado. Los familiares de las víctimas de El Caracazo no han tenido acceso a los expedientes y, todavía, nadie ha sido juzgado por esos delitos de lesa humanidad, criticó Medina, acompañada por la activista de Derechos Humanos, Liliana Ortega.

Ortega, quien para esa época era estudiante de derecho, recalcó que en Venezuela no se ha abierto juicio alguno por estos casos. “Aquí todos han quedado impunes. A nivel internacional hemos hecho grandes avances

La Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió un fallo en el que instó al Estado venezolano a cumplir con ciertos parámetros para el orden público, al igual que lo hizo la Organización de Estados Americanos, cuya hoja de ruta no se ha cumplido.

LAS CIRCUNSTANCIAS ACTUALES SON PEORES 

Para Yris Medina las circunstancias actuales del país son peores que las de ese entonces. La escasez, la pobreza y la represión han aumentado vertiginosamente. “En 1989, la ciudadanía todavía tenía poder adquisitivo. Los productos se conseguían sólo que algunos eran acaparados por los comerciantes que los guardaban para incrementar su precio”

“Ningún venezolano quiere que hechos como El Caracazo se repitan”

Medina sostiene que en Venezuela se viven diariamente unos pequeños “Caracazos”. “Las fuerzas de seguridad del Estado arremeten contra personas indefensas y la violencia ha tomado muchos espacios”.

Pese a las precarias condiciones económicas del país, Yris Medina cree que ningún venezolano quiere que hechos como esos vuelvan a ocurrir por la magnitud y el dolor que dejaron entre aquellos que lo vivieron en carne propia. 

 




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