Víctor Osta García

 

Por lo general, en el lead de las notas luctuosas, una misión siempre dura y penosa de cumplir, más aún  si se trata de una persona entrañable, se dice que el fallecimiento se produjo a los tantos años de edad., pero en este caso hay una excepción porque tenía todos los años necesarios para ser un ejemplo de eterna juventud.

José Raúl Albert, maestro de periodistas deportivos y cuyo deceso enluta al periodismo carabobeño se llevó consigo ese secreto y no a su tumba porque fue cremado, pero está sembrado en cada esquina valenciana, en cada instalación deportiva, en cada rincón  de la ciudad que lo vio nacer.

Dirigente deportivo, sastre y cronista, José Raúl Albert fue, por encima de todo, un amigo cabal, leal, sincero. Un hombre honesto y servicial a  quien ayudar al prójimo era su autentica vocación que le permitía ´demostrar su sólida formación cristiana, cimentada en su fervorosa pasión por Nuestra Señora del Socorro, patrona de Valencia, a la que entregó su último aliento en la madrugada del día  de la conmemoración ´de un nuevo aniversario de su milagrosa aparición, la cual le fue inculcada por Minina, su madre de crianza, una honorable matrona valenciana, y durante sus estudios en el Colegio La Salle, a pocas cuadras de su residencia en la parroquia Catedral, cerca del Bar Tolo.

Padrino de “media Valencia”, José Raúl Albert tenía ahijados por doquier, entre ellos el fallecido matador de toros Jimmer Trosel Estévez, a quien bautizó con el nombre artístico de Bernardo Valencia, y muchos se le acercaban a él o  le enviaban mensajes de congratulación  tanto el 19 de marzo, Día de San José, como el 1° de julio, día de su nacimiento, porque celebrada su cumpleaños dos veces  al año. Y  en El Carabobeño no faltaban sendas tortas obsequiadas por su entrañable amigo y colega Alfredo  Fermín.

Sus consejos, orientaciones y palabras de estímulo brotaban siempre de su  noble corazón  a quienes estuviesen urgidos de ellas, junto a César  Reverón  “Cara”, y José Rafael fajardo  Peña, ”Pepe Faja”, fue maestro de periodistas deportivos, entre ellos  Enrique “Chichi” Hurtado Herrera, José “Chichi” Páez Fonseca,  Edgar Guarenas Borges  y quien suscribe estas líneas.

Mi primera nota periodística me la publicó José Raúl Albert en El Carabobeño en febrero de 1959. Se la entregué en su oficina de la Dirección de Deportes de la UC, en el rectorado, en la que prestó servicios por largos años como periodista, al frente de la cual estaba el siempre recordado abogado y deportista  Ernesto Mariño, ”Mariñito”, y se refería al título de campeón obtenido por un equipo de CANTV, en un torneo de beisbol clase A, cuyo manager era Pedro Martínez “Canguro” e integrado por jugadores en su mayoría de la Candelaria.

Fue un exitoso dirigente deportivo y gracias a su mística y perseverancia, el ciclismo y el baloncesto vivieron épocas gloriosas. Siempre recordada, con emoción, los logros, títulos y hazañas nacionales e internacionales de Gregorio Carrizales, Luis Villarroel  y Máximo Romero, entre otros brillantes pedalistas, y del glorioso Trotamundos de Carabobo – el original-, con Nardo Herrera, Rudy Ortiz, Pajarillo Bolaños, Medardo Pinto.

Junto a otros destacados dirigentes como Luis Ramos, Jesús Eduardo Lizarraga, Jesús Ríos y Julio Molletones, Albert fue un incansable promotor del deporte amateur carabobeño, primero desde la recordada Asociación  Deportiva de Carabobo (ADC) y luego desde el Instituto Nacional de Deportes (IND), con Teodoro Gubaira al frente, y cuya sede, el gimnasio cubierto de Las Cocuicitas, era  su segunda casa, ya que incluso antes de “echarse” los pantalones largos, lo visita con frecuencia por estar cerca de su residencia.

Por su formación, vocación, mística y perseverancia, y aunque no ocultaba  sus simpatías por AD, siempre criticó que al deporte se le vinculara con la política, como alegremente ocurre ahora cuando cada triunfo de un atleta carabobeño se atribuye a un logro de la  revolución.

Pero si fue un ferviente aliado de aquellas causas que, por iniciativa  privada, contribuyeran al desarrollo y formación de nuestra juventud, como la emprendida por José Manuel Orta Fábregas quien, con el eslogan “Un deportista más es un delincuente menos” masificó y sembró el deporte en toda la ciudad.

Tras dedicarse por varios años al oficio de sastre, José Raúl Albert dejó a un lado las agujas y dedales y se consagró al periodismo deportivo, de la mano y el estímulo de Don Eladio Alemán  Sucre, quien  le abrió las puertas de El Carabobeño. Y nunca  jamás se les cerraron. Fue al único medio al que le prestó sus servicios como cronista deportivo.

Ícono del Diario del Centro, escribió en sus páginas la historia y el acontecer del deporte hasta 2015 cuando, ya aquejado por problemas de salud, fue jubilado. Durante esos largos años, fue un permanente asesor de dirigentes deportivos que le siguieron sus pasos y recibieron  sus consejos, sabiduría y experiencia en la Redacción de Deportes de El Carabobeño, cuyas paredes están  repletas de diplomas, placas, medallas y trofeos  que le confirieron en reconocimiento a su ejemplar y digna trayectoria.

Valencia está en deuda con José Raúl y con otros destacados colegas. Hace dos años y a propósito del Día del Periodista, le propuse a Miguel Cocchiola que impulsara como alcalde reconocimientos  permanentes  a Alfredo Fermín, Enrique “Chichi” Hurtado y a Jesús Moreno. Ahora incluyo a Albert, con cuyo nombre podría ser bautizado el gimnasio cubierto de Las Cocuicitas, previamente remozado. Tienen la palabra el alcalde Marvez y el gobernador Lacava.

Hasta siempre maestro. Algún día seguiremos hablando de Matusalén.

 




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