Ipapedi: De la confianza al desencanto

Nos convocaron el pasado 5 de noviembre, al Cine Arte Patio Trigal a una asamblea de profesores jubilados para elegir la Comisión Electoral y la Subcomisión de Profesores Jubilados
Anamaría Correa

Soy profesora titular jubilada desde 2018, tras una trayectoria docente de más de cuarenta años que inicié en la Unitec cuando aún era soltera. Mi carrera en la Universidad de Carabobo comenzó en 1985 como profesora contratada y se extendió hasta 2012, alcanzando el cargo de titular a dedicación exclusiva y coordinadora del Centro de Interpretación Histórica, Cultural y Patrimonial. Mi vínculo con la Escuela de Educación, sin embargo, es mucho más profundo y familiar. Todo se remonta a 1962, cuando mi familia y yo nos trasladamos de Caracas para que mi padre, valenciano, fundara dicha Escuela. Fue entonces cuando la Universidad se convirtió en un miembro más de nuestra familia, y la Escuela de Educación, como solía decir mi papá, en "su otra hija". Por eso, para mí, siempre será "mi hermana".

El sueldo de mi padre, un joven de veintinueve años recién graduado, era de tres mil y tantos bolívares. Para esa época, el dólar no nos importaba, pero eran casi mil dólares mensuales, que para una familia pequeña como la nuestra alcanzaba y sobraba. Ese año, el rector magnífico Dr. Humberto Giugni había creado el Instituto de Previsión y Ahorro de la Universidad de Carabobo, Ipapedi, con él como presidente.

Mis padres comenzaron a ir al Ipapedi, que yo recuerde, cuando su sede estaba en el Centro Comercial Avenida Bolívar (hoy China Town) y los privilegios eran muchos. Mi madre, siempre en broma, decía: “vamos a ‘I’ PA’ PEDÍ”. Imagino que se sentían seguros con sus planes. De hecho, cuando me tocó el turno como profesora, me sentía muy segura. Y cómo olvidar los regalos de fin de año, aquellas cestas navideñas con el enorme jamón.

Cuando Fermín Conde asumió la presidencia del Ipapedi, las cosas comenzaron a mejorar vertiginosamente. Tuvimos sede propia, una casa en la urbanización El Viñedo, con un cómodo estacionamiento cerca, una atención inmejorable y todo fluía. Un día, una persona me contó algo que no me gustó, me pareció mentira y no le hice caso. Afirmaba que en Ipapedi estaban rifando unos apartamentos (cosa que era cierta), pero esta persona aseguraba que, al momento de hacer la rifa, solo los profesores que estuvieran presentes en la nueva sede participarían, así hubieran pagado su ticket. Según el que echaba el cuento, esto no se informó a nadie, solo a los parientes y amigos del profesor Conde, y que, por esta razón, los ganadores eran muy cercanos a él. Preferí no creer semejante barbarie.

Cuando la vida del docente universitario comenzó a decaer, muchos decidieron irse, entre ellos, mi hermano. Como me gustaba su carro, le pedí que me lo vendiera y lo hizo por 4.000 dólares. Pregunté en Ipapedi y me dijeron que sí tenía los fondos suficientes para el préstamo en bolívares. Mi hermano nos hizo un poder a mi hijo menor y a mí para que nos encargáramos de sus cosas y me dejó su carro, convencido de que se lo iba a pagar en cuanto Ipapedi me diera el dinero. Cuando presenté los papeles, una de las empleadas del instituto me dijo que no podía comprar el carro porque era como “pagarme y darme el vuelto”; que tenía que renunciar al poder (cosa que no iba a hacer) o venderle el carro a otra persona, que yo no podía comprarlo.

Tardé una semana aproximadamente buscando opciones y preguntando a abogados, hasta que fui a la Oficina de Registro donde habíamos firmado el documento. La registradora me dijo: “Si su hijo le vende a usted el carro, todo se soluciona sin problemas”. Volé a Ipapedi y la empleada se limitó a decir: “Ah, verdad”. El verdadero problema fue que, en esa semana, el dólar había subido más del doble y mi hermano recibió algo menos de dos mil dólares. ¿Culpa de Ipapedi? No, tal vez de la empleada. Pero ese fue el único problema que tuve con ellos.

El profesor Conde lleva muchos años en el poder. Se comprometió con un edificio vacacional en Chichiriviche que se convirtió en su peor enemigo, porque ahí está, a medio hacer, y todos los ahorros de los profesores descansan en paz con el edificio. Tengo entendido que desde hace tres años ha debido dejar la presidencia, en pocas palabras, está ahí de manera ilegal, ya que se opone a que se celebren elecciones, y los actos administrativos que hace son írritos, nulos.

Nos convocaron el pasado 5 de noviembre, al Cine Arte Patio Trigal a una asamblea de profesores jubilados para elegir la Comisión Electoral y la Subcomisión de Profesores Jubilados, que se encargarán de organizar las elecciones en el Ipapedi. Al llegar al lugar, el ambiente era maravilloso. Nos encontramos con personas que teníamos mucho tiempo sin ver, queridos profesores, exautoridades universitarias. Fue en verdad muy refrescante. El sentir era bastante similar: no sabemos qué intenciones tiene el profesor Fermín, tal vez las mejores (no me extraña), pero ya es hora de que entregue el cargo.

Debo confesar que la actitud de Fermín Conde me impresionó, lo dejó muy mal. Subió al escenario, muy seguro de sí mismo, como suele ser, y de pronto, un Fermín Conde que no conocía se apoderó de él. Nunca había visto un ser tan maleducado como este. Una profesora se paró a solicitar derecho de palabra y ni la tomó en cuenta, es más, la ignoró de manera grosera. Luego otro profesor, y era como si estos seres no existieran. De pronto se paró uno que, indudablemente, lo apoyaba y a ese sí le pasó el micrófono. El profesor Gustavo Miranda alegó que no podíamos votar porque estábamos insolventes con la caja de ahorros. ¿Cómo no vamos a estarlo si nuestros sueldos son ínfimos? Antes, el sueldo de un profesor universitario dependía de su categoría o escalafón y de su dedicación. Hoy en día, el sueldo da risa, por no decir que dan ganas de llorar. El más elevado, el de un profesor titular a dedicación exclusiva, es de algo más de seiscientos bolívares quincenales (tres dólares más o menos). Entonces, todos los trabajadores, docentes o no, recibimos un bono de unos ciento veinte dólares. Ahí nos igualamos todos.

El profesor Conde había invitado a la Superintendencia de Cajas de Ahorro, SUDECA, para que fueran testigos del acto e incluso los invitó a subir al escenario, pero quedó en evidencia. Incluso una de las representantes, cuyo nombre no escuché, pero dijo ser abogado, le habló con dureza por su comportamiento. Primero le dijo: “Usted es el presidente, pero se debe a las directrices de la Superintendencia a nivel nacional y segundo, respete a las damas”. 

En aras de cumplir con el objetivo de la asamblea, Fermín Conde hizo votar a los asistentes, con el gesto de costumbre, levantando la mano. Pero nos martirizó al hacernos permanecer con las manos arriba mientras contaba los votos. Hubiera sido más sencillo pedirles a las cinco personas que no estaban de acuerdo que levantaran sus manos y descontarlas del total de asistentes. Para colmo, los votos no fueron por planchas, sino individuales, por lo que tuvimos que levantar el brazo tantas veces como candidatos había, y la persona que contaba lo hacía con calma y lentitud. Era como un castigo por querer que Fermín Conde se vaya del Ipapedi, pero no puede negar que somos mayoría y que tendrá que irse.

anamariacorrea@gmail.com 

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Anamaría Correa
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