diablos danzantes
Los diablos danzantes de Canoabo existen desde antes de la Fundación oficial del pueblo. Foto Saúl Zerpa

La declaración como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de los Diablos Danzantes de Venezuela fue una semilla que germinó con el mismo fervor que se mantiene esta tradición religiosa y cultural. 

En diciembre de 2012, la Organización de las Naciones Unidas marcó el punto para solidificar la costumbre del Corpus Christi, que se celebra hoy 30 de mayo, y que en Venezuela es sinónimo de máscaras, música y bailes en una particular procesión.

Aquel año, la ONU reconoció a 11 cofradías venezolanas, las más enraizadas.Y eso ha dado frutos en la cultura popular. Hoy se estima que hay al menos 300 expresiones de diablos danzantes en el país.

Los más famosos diablos danzantes: los de Yare. Foto Cortesía

Algunas de esas nuevas cofradías las tenemos en Carabobo. Ya los Diablos Danzantes de Patanemo y San Millán, ambos en Puerto Cabello, están en la lista de 11 cofradías iniciales de 2012. Que sean del litoral no es casual: la mayoría de ellas están en la costa. Son:

  • La Guaira: Naiguatá.
  • Aragua: Ocumare de la Costa, Cata, Cuyagua, Chuao y Turiamo.
  • Carabobo: Patanemo y San Millán.
  • Cojedes: Tinaquillo.
  • Guárico: San Rafael de Orituco.
  • Miranda: San Francisco de Yare.

En Carabobo hay otras tan antiguas como las agregadas por la ONU en su documento, como Canoabo y Guacara. Pero hay otras más recientes, como las de Valencia (Cuatro Templos), Yagua, San Diego de Alcalá y San Martín de Porras.

Las ocho cofradías carabobeñas son conscientes de su papel en mantener viva la llama de la cultura y la tradición. Y no hay mezquindades entre las nuevas y las viejas o las que estén en la lista o no.

“Somos los responsables de garantizar la salvaguarda. Todas las cofradías que nacieron posterior a la declaratoria forman parte. La Unesco menciona el acto como tal”, explica Julián Lugo, capataz primero de los Diablos Danzantes de Patanemo.

 

Una tradición que va de generación en generación

La de los diablos danzantes es una tradición, además, familiar. La devoción, así como baila en la calle, se inculca de generación en generación. Los niños, desde pequeños, se involucran en el proceso que en la mayoría de los casos los ocupa casi todo el año. Reciben de sus padres las instrucciones y verbales y observan el resto. Son los futuros capataces y protectores de la cultura de su gente.

Ese es el caso de Julián Lugo en la Cofradía de Patameno. Se inició a los 7 años, cuando ya había cumplido con el sacramento de la confirmación. Su padre, en aquellos tiempos, ocupaba la jerarquía que él tiene hoy y que sostiene desde hace 49 años. Ahora su padre es el Diablo Mayor, la figura más alta en la organización.

La custodia de la cofradía funciona como la dirección de una empresa muy productiva y se hereda como el color de los ojos. Pasa lo mismo con el diablo mayor, su actual hijo será el próximo que guiará a los demás danzadores a rendirse ante el Santísimo Sacramento.

 

Canoabo, una tradición de más tres siglos 

La Cofradía de los Diablos Danzantes de Canoabo existe desde antes de la fundación del pueblo, pero se reconoce desde 1711, el año en que se marcó el nacimiento del enclave en los valles altos de Carabobo, que hoy pertenece al municipio Bejuma.

A pesar de esa tradición, esta cofradía no está entre las 11 que anotó la ONU en su documento. “Nosotros sabemos que también somos patrimonio inmaterial de la humanidad, porque somos devotos del Santísimo Sacramento del Altar. Nuestro origen, esencia y rendición es para Corpus Christi”, dijo Gloria Martínez, custodia de la Cofradía de Canoabo y cuya familia ha salvaguardado la tradición por años.

Una de las características que sobresale en Canoabo es el baile de las mujeres. En la celebración de los diablos danzantes predominan los hombres en trajes confeccionados para la ocasión.

Así que ver mujeres en medio de la procesión no es común. Pero, como los tiempos cambian, las nuevas cofradías que han surgido son más diversas en ese punto. Las mujeres que no danzan son llamadas rezanderas o sayonas.

Luego están las máscaras hechas de tapara y las pichaguas, unas taparas pequeñas que se llenan de capacho y suenan como maracas al colocarlas en los trajes.

Por cierto, la máscara que usa hoy el diablo mayor es la única con cuernos. Es una cabeza de toro que fue elaborada hace 66 años y ha pasado de padres a hijos.

En Canoabo, solo el diablo mayor o capataz usa el rojo y el blanco, y el diablo guía usa el blanco y el negro en su vestimenta. 

Tras la danza, el diablo mayor pelea simbólicamente con el Santísimo, que está en manos del sacerdote. Ocurren tres enfrentamientos: El primero en el nombre del Padre y cae la mitad de los danzantes al suelo, el segundo en nombre del hijo y cae el resto de los danzantes, y el tercero en el nombre del Espíritu Santo  y cae el diablo mayor. “Luego –explicó Martínez– nos levantamos rendidos, adoramos al Santísimo de rodillas y antes de recibir la Bendición final somos los únicos que  decimos el Salmo 117”.

 

¡Alabad a Jehová, naciones todas!

¡Pueblos todos, alabadle!

Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia,

y la verdad de Jehová es para siempre.

¡Aleluya!

 

Patanemo: cacao y ritmo propio para los diablos danzantes

Más de 370 años tienen los diablos danzando en Patanemo, que afinca los pilares de su tradición en el ritmo que se instauró en la colonia. Aquellos años de cacao sentaron las bases de la cofradía que hoy mantiene muchos de sus rituales intactos.

Todo comienza el día anterior, miércoles, al mediodía. El segundo capataz, enviado por el primero, llega con tres danzantes y dan tres brincos en forma de cruz frente a la iglesia, a la que los diablos nunca entran. Ese día también instalan un altar y hacen vigilia hasta el amanecer en un velorio de estilo venezolano, con café, chocolate y galletas de soda con diablitos. También hacen el último de los tres ensayos y rezan tres rosarios. 

Al amanecer todos los danzantes van al río de la purificación, comandados por los capataces. Y a las 9:00 a.m. la procesión hací la iglesia está andando. Participan todos los que tengan una promesa y se hayan reportado con el capataz.

Día de Corpus Christi en Patanemo. Foto Cortesía YVKE Mundial

Ya en la procesión la música es importante. Lugo comenta que la han ido desarrollando con el tiempo, basados en los ritmos españoles. “Tenemos un cuatro con las cuerdas invertidas”, dijo. Pero el baile sí sigue siendo africano.

Sobre los trajes y las máscaras, en la Cofradía de Patanemo son abiertos y lo dejan a la creatividad del danzante. Esto resulta en una visión muy colorida y variada en los materiales.

Cada danzante debe tener un pañuelo blanco, como una marca que le hace el capataz al amarrárselo en el brazo. Otro pañuelo blanco es necesario para las limosnas que hace la gente, generalmente dinero o frutas. Todos usan alpargatas y medias largas. 

La única restricción en el color es el verde en las cintas o velos de las máscaras. “Se prohibió hace unos años porque, según la creencia, producía jaqueca, recordó Lugo. “Son creencias que vienen de hace años”, agregó.

 

“Nos vestimos de diablos para rendirnos ante el Santísimo y demostrar que siempre el bien triunfa sobre el mal”

 

El resurgimiento de los diablos danzantes de San Millán

Hace 30 años que los Diablos Danzantes de San Millán volvieron a sus bailes. La tradición, que comenzó en 1827 de la mano de las Cofradías de Patanemo y Turiamo, había quedado en el olvido.

El primer capataz Jhonatan Camacho recordó que los ancestros erán muy celosos de las tradiciones y no permitían “guachafitas”, por lo que los jóvenes fueron alejándose. 

Pero en 1994, de las cenizas resurgió la fiesta. No era una tarea difícil, el barrio de San Millán es conocido por su ferviente actividad cultural. De allí es el famoso “baile de la hamaca” y el velorio de la Cruz de Mayo es muy significativo. Además es la cuna de los Tambores de San Millán.

Fue un gran impulso, porque la fiesta entró en la lista de la ONU, al hacer la Declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Camacho explicó que los Diablos Danzantes de San Millán surgieron gracias a las personas de Patanemo y Turiamo, que venían con frecuencia al muelle porteño por comercio y trabajo. 

Por eso, sus rituales son parecidos, pero hay una diferencia clara. Las máscaras en San Millán tienen tres cachos, que representan la esquina más importante del barrio: los tres clavos, donde todo lo cultural sucede.

Otra de las cofradías antiguas de Caraobob es la de Guacara. Existe desde 1876 y mantene la tradición intacta, con música de cuatro, baile del Sebucán y trajes muy coloridos.

 

Nuevas cofradías de diablos danzantes en Carabobo

Entre las nuevas cofradías de diablos danzantes en Carabobo está la de Yagua, surgida en un pueblo de gran devoción católica. Su sello es bastante particular, porque las flores son elementos indispensables.

Moisés Fuguet, capataz mayor, justificó que Yagua vive de la mano con la naturaleza, con su verder y belleza, y las flores son muy importantes. Tanto así que los cachos en la máscara del diablo mayor está cubierto de flores.

Los diablos de Yagua son de data reciente. Foto Cortesía Moisés Fuguet

Así, es una fiesta muy pintoresca que se realiza desde hace 12 años en las calle de Yagua y que participa en varias festividades religiosas al año, especialmente las de adoración al niño Dios.

Otra nueva cofradía es la de los Cuatro Templos, que hace un recorrido por cuatro iglesias de Valencia: San Blas, Catedral, San Francisco y la Candelaria.

Nació en 2020, como un rogatorio para pedir el fin de la pandemia y ahora se configura como una cofradía autóctona, que usa los colores de Valencia (excepto el verde) y en sus máscaras se lee una “V”.

Pio Lara es el capataz mayor. Comentó que los diablos se lanzan al suelo y rezan frente a cada templo que visitan. Solo salen el día de Corpus Christi.

En la parroquia San Martín de Porres también hay una de las nuevas cofradías, con 10 años de actividad en Fundación Mendoza. La capataz Morella Romero explicó que su carácter es más religioso que cultural, a pesar que tienen vestimenta acordes a la festividad.

La Cofradía de Diablitos Danzantes de San Diego de Alcalá cumple 22 años de reactivación. Sus máscaras son de rostro humano o antropomorfo con bigotes, ojos azules y tez rosada. Los cachos son muy delicados o delgados, salen de la frente y están cubiertos por cintas de colores. Danzan lento y acompasados con una música ceremonial.

Los diablitos de los Cuatro Templos recorren las iglesias del centro de Valencia. Foto Charlene Sirit

¿Qué es el Corpus Christi y por qué hay diablos danzantes?

El Corpus Christi es una festividad católica que conmemora la institución de la Eucaristía por parte de Jesucristo durante la Última Cena.

Esta tradición tiene un profundo significado religioso y cultural, ya que representa la lucha del bien contra el mal y la victoria del Santísimo Sacramento sobre el pecado. En líneas generales, celebra la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, bajo las apariencias de pan y vino.

La celebración incluye misas especiales en las que se expone el Santísimo Sacramento. En el caso de Yare y otras expresiones venezolanas, los diablos, que representan el mal, danzan en una procesión callejera para luego rendirse ante el poder de Jesús.

La fecha del Corpus Christi es movible, pues se celebra el noveno jueves después del Jueves Santo o, lo mismo, el jueves posterior al primer domingo después de Pentecostés.

Las expresiones venezolanas son las únicas que incluyen diablos danzantes en la representación. Este elemento las diferencia de otras celebraciones del Corpus Christi, incluso dentro del país, donde también existen los tucusos y los vasallos.

Es una expresión cultural compleja y rica en simbolismos, que ha evolucionado a lo largo de los siglos y combina elementos religiosos, culturales y ancestrales.

 

Las cofradías y sus claves en Venezuela

Los diablos danzantes de Corpus Christi son una expresión cultural viva y en constante evolución, por lo que su número puede cambiar cada año.

Estas cofradías se caracterizan por la presencia de personajes que representan al diablo, quienes bailan y realizan diversos actos durante la procesión del Santísimo Sacramento. Además asumen los valores de la región donde se practican, por lo que a pesar de las similitud y propósito general, tienen sus diferencias. 

Siendo geográficamente cercanas y en el mismo municipio, por ejemplo, Patanemo y San Millán son expresiones diferentes.

Cada cofradía de diablos danzantes tiene sus propias características distintivas, como sus trajes, máscaras, coreografías y cantos. Por ello, la de Yare y la de Tinaquillo coinciden en el rojo como color predominante, pero las máscaras muy elaboradas de los primeros contrastan con las del segundo.

 

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