Migrantes venezolanos y la travesía del Darien hacia Colombia

Migrantes venezolanos sortean los riesgos del Darien en su camino hacia Colombia, huyendo de la crisis en busca de esperanza
(Foto: Agencias)

Suben a las lanchas en grupos de 12, cargando niños en brazos y bolsas negras con sus pertenencias, en un rincón del Caribe colombiano. Entre la selva y un mar turquesa que parece de postal, se encuentra una de las puertas de entrada a Suramérica, el lugar que muchos abandonaron por el Darien y al que ahora se ven obligados a regresar.

Josué Vargas salió de Venezuela hace un año y cuatro meses, buscando escapar de la prolongada crisis económica, social y política de su país. Su meta era llegar a Estados Unidos con la esperanza de «una mejor vida».

El joven, que hoy tiene 18 años, atravesó siete países en apenas un mes hasta llegar a Ciudad de México, donde esperó la respuesta de su solicitud de asilo por la aplicación CBP One, creada por el gobierno de Joe Biden. Sin embargo, todo cambió en enero, cuando Donald Trump asumió la presidencia, cerró la aplicación y reforzó las políticas migratorias.

Sin pasaporte y con los ahorros obtenidos de vender fruta en México, Vargas decidió regresar y en agosto emprendió el viaje de retorno junto a su esposa y su padrastro, esta vez con destino a Bogotá, donde tienen un negocio familiar.

Desde la llegada de Trump, más de 14.000 personas, en su mayoría venezolanas según Naciones Unidas, han optado por regresar al sur. Este fenómeno, conocido como ‘flujo inverso’, ha evitado que crucen a pie el tapón del Darien, una selva densa y peligrosa en la frontera entre Colombia y Panamá, considerada una de las travesías más peligrosas del mundo.

«Fue una tortura, no se lo recomiendo a nadie», recuerda Vargas. «Muchos muertos, personas heridas, pasando hambre». Hoy, la alternativa es lanzarse al mar.

Bordear el Darien por mar

Al salir de México, Vargas y su grupo alternaron autobuses y caminatas hasta llegar a la costa panameña. Allí protegieron su equipaje en bolsas negras y pagaron cientos de dólares por un puesto en embarcaciones que bordean el Darien, navegando en mares a veces agitados y siempre con riesgos latentes.

En febrero, una niña venezolana de ocho años murió ahogada al naufragar el bote en que viajaba junto a otras veinte personas en aguas panameñas.

Desde Panamá, algunos migrantes toman la ruta por el océano Pacífico hacia Buenaventura, en Colombia, pero la mayoría, como el grupo de Vargas, se desplaza por el mar Caribe, de playa en playa, hasta La Miel. Esta bahía de arena blanca y palmeras marca el último tramo panameño antes de entrar al país vecino.

En La Miel, EFE observó a decenas de migrantes desembarcando, escoltados por militares, para luego subir por un sendero resbaladizo que conecta en veinte minutos con Sapzurro, el primer caserío colombiano accesible solo por mar o a pie.

Sapzurro, parada en la ruta

El grupo de Vargas fue el segundo en llegar a Sapzurro ese día. Este caserío pertenece al municipio de Acandí, en el Chocó, una de las regiones más pobres y olvidadas de Colombia.

Al final del sendero los esperaba una mujer que los contaba y anotaba 23 personas en su libreta: familias con niños y jóvenes viajando solos. Mientras esperaban instrucciones, los pequeños jugaban con piedras y algunas mujeres se lavaban los pies en charcos.

Pronto apareció un guía que los condujo por las cuatro calles sin asfaltar de Sapzurro, donde casas y hostales de madera con techos de calamina carecen de electricidad. En el muelle, las mismas lanchas usadas por turistas transportan a los migrantes hacia Capurganá, mientras a pocos metros, visitantes comen pescado y toman cerveza.

El paso rápido por Sapzurro responde al temor de sus poco más de 570 habitantes: el flujo inverso podría afectar el turismo, su principal sustento. Actualmente, entre 50 y 150 migrantes pasan por el pueblo a diario.

Enio Zúñiga, marinero y lanchero de 60 años, describe la bahía como un «tesoro» de la comunidad. Bajo su liderazgo, los vecinos se organizaron para apoyar a los migrantes y evitar que se aglomeren en la playa, aunque esto los enfrentó con la Armada en abril pasado, cuando los primeros grupos fueron trasladados a Capurganá.

El viaje hacia Necoclí y el cierre del ciclo

La lancha de Vargas zarpa de Sapzurro antes del mediodía y, en quince minutos, llega a Capurganá. Allí realizan un control migratorio antes de abordar una embarcación más grande que, por 25 dólares cada uno, los cruza al otro lado del golfo de Urabá hasta Necoclí. Este punto marca el inicio o final de la peligrosa ruta del Darien, dependiendo del sentido del viaje.

Vargas hizo su travesía al norte con su madre, quien decidió quedarse en México hasta obtener su pasaporte y volar a Bogotá. «Ella no quería pasar por esto», explica. A pesar de todo, asegura que no les fue «muy mal» en México y no descarta intentar nuevamente llegar a Estados Unidos si dentro de tres o cuatro años las condiciones cambian.

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Migrantes venezolanos y la travesía del Darien hacia Colombia

(Foto: Agencias)
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