Foto archivo

Alfredo Fermín nació dos veces y murió dos veces. Un caso increíble, pero muy cierto. Pero su muerte final, la física, nos ha llenado de una amarga tristeza que nos obliga a soltar lágrimas, aún cuando escribo esta nota sobre un ser maravilloso y genial, figura esencial del periodismo carabobeño.

Con Alfredo me unió una amistad de años. Quizás esa camaradería que surgió tan pronto nos conocimos, fue porque veníamos de la misma tierra, el oriente venezolano. Él de Porlamar y yo de El Tigre, pueblo petrolero fundado por margariteños.

Otro punto que nos unió fue narrar historias de nuestras madres, que vivieron y llevaron comida a sus hogares trabajando en los fogones. Su mamá trabajó en hogares de familias pudientes de Margarita, donde ganó buena reputación de excelente cocinera.

La mía laboró como asistente del chef, el maestro Quarry, en el comedor ejecutivo de los estaounidenses, en el campo petrolero de San Tomé, estado Anzoátegui, donde aprendió platos y postres impensables para sus hijos como pie de manzana, lomito strogonoff, chateaubriand, entre otros.

Eramos, pues, amantes de la buena mesa, y “buenos dientes” como coloquialmente llaman en el país a los de buen apetito.

Por eso, en la fiesta de fin de año de la redacción, en mi casa y la mayoría de las veces en su apartamento, era motivo de reuniones en medio de tragos para planificar el menú. Casi siempre preparaba el pernil, el pavo o el asado negro, pero con instrucciones de Alfredo. “Nico, este año vamos a rellenar el pavo con ciruelas y castañas”. Y así lo preparamos, sin consultar el gusto de los demás.

Alfredo era como nuestro guía en todo. Igual pasaba en el periodismo. En la mañana ya había leído el periódico y también detallaba lo que habíamos escrito. “No vuelvas a escribir esto… no es así, hay que ser cuidadoso”. También mostraba su alegría cuando la nota estaba bien.”Te quedó buena esa noticia”.

Fermín amó la profesión como ningún otro y mientras muchos hicimos mutis, debido a diversas situaciones, él perseveró durante 40 largos años en El Carabobeño, que es mucho en una profesión tan estresante. Y eso fue mermando sus condiciones físicas.

Fue buen bebedor de whisky y cerveza, con la particularidad de hacerlo a diario. Hizo un esfuerzo sobrehumano hasta que logró superarlo. Eso nos preocupó a todos, pero nos hizo felices, a los que bebíamos con él, pero después hacía falta su presencia para reír sus chistes y la conversación de altura.

Alfredo Fermín fue el alma de la redacción. Y cada día, entre 3 y 4 de la tarde, los periodistas hacían un paréntesis para escuchar y reír con sus anécdotas y cuentos. Algunas veces era tal el estruendo de las risotadas que Salvador Castillo, jefe de redacción, abandonaba su oficina para llamarnos la atención: “¡barco parao no gana flete!”

Y volvíamos al ya viejo traqueteo de las máquinas de escribir Remington. Aún no estábamos en el tiempo de las computadoras. Por eso, las redacciones de antaño sonaban diferentes con el tecleo y el sonido incesante del teletipo de la UPI o Reuters.

Fermín tuvo que batallar con la nueva tecnología y pudo dominarla. A mi me pasó lo mismo cuando regresé al periodismo en ABC de la semana y no sabía una papa de computación. Gracias a Margiorie Fiaschi y María Angelica Pulido, periodistas de la nueva generación, pude entrar en el carril.

A Alfredo le pasaría igual como a muchos colegas que vivieron esa transición. Una vez Alfredo recibió la Orden Andrés Bello en Primera Clase de manos del presidente Carlos Andrés Pérez y Castillo me encomendó entrevistarlo. Él mismo escogió el sitio: el bar Las Mercedes, un negocio modesto que estaba a la vuelta de la esquina, a escasos metros de El Carabobeño.

En ese momento me enteré que Alfredo volvió a nacer en la Maternidad Los Colorados, donde el doctor Corradi, eminente neurocirujano, preparó el quirófano y él mismo adquirió en el exterior el instrumental necesario para operarlo de un aneurisma que le dificultaba la existencia desde sus años mozos.

Ese tipo de intervención quirúrgica jamás se habia practicado en Venezuela. Era un riesgo enorme, pero su mama adoptiva, la señora Concha Ordaz, una mujer de temple, decidió correrlo. Entonces llevó a Alfredo ante el altar de la Virgen del Socorro, en la Catedral de Valencia, y ambos oraron y pidieron un milagro. Y el milagro se cumplió en las manos benditas y el conocimiento del doctor Corradi. Allí, nuestro buen amigo nació por segunda vez. La primera fue en Porlamar en el año 1944.

Alfredo siempre soño con Valencia desde que le preguntó a su madre ¿A dónde se dirigen los pajaros que se van de Margarita? Eso lo preguntó montado en un árbol de Guayacán desde donde veía en lontananza a la bandada de aves. “Ellas van al Lago de Valencia huyendo del calor de Margarita. Allá, en Valencia, hace más fresco”, fue la respuesta que recibió.

Ese momento fue clave para radicarse en la ciudad que llegó a amar más que muchos valencianos. Y, una vez terminada su carrera en la UCV, llegó a Valencia con un traje de cuadritos, una recomendación enviada por Elezar Díaz Rangel a Salvador Castillo y acompañado de Héctor Cipriano Villalobos, uno de los mejores dirigentes gremiales del periodismo venezolano.

Salvador Castillo lo hizo esperar y comenzó a sudar, nervioso. Luego lo llevó a una máquina de escribir y le pidió que escribiera una nota periodística. Villalobos no lo quería desamparar y comenzó a darle consejos para iniciar el texto. Pero no contaba con que Castillo lo estaba observando.

Una llamada de atención dejó a Alfredo solo con la cuartilla en blanco en la máquina. No le quedó más que concentrarse y fajarse con la redacción. Castillo dijo que le avisaría, ya que debía revisar el escrito. Poco después lo llamaron y lo enviaron a trabajar.

Nicomedes Boada Mendoza




Estimado lector: El Diario El Carabobeño es defensor de los valores democráticos y de la comunicación libre y plural, por lo que los invitamos a emitir sus comentarios con respeto. No está permitida la publicación de mensajes violentos, ofensivos, difamatorios o que infrinjan lo estipulado en el artículo 27 de la Ley de Responsabilidad en Radio, TV y Medios Electrónicos. Nos reservamos el derecho a eliminar los mensajes que incumplan esta normativa y serán suprimidos del portal los contenidos que violen la Constitución y las leyes.