Ser preso político en Venezuela es de por sí una tragedia. Pero cuando esa experiencia la compartes con un familiar, el drama es aún más doloroso. Es la historia de Alexander Fernández y su hijo Santiago, ambos detenidos el 30 de julio en Naguanagua, durante las protestas postelectorales. Más triste aún es el hecho de que ninguno estaba protestando. El primero salió a ver qué ocurría en la calle y el segundo a buscar a su padre cuando le perdieron la pista.
Ese martes, dos días después de que Elvis Amoroso, presidente del Consejo Nacional Electoral, dijera delante de todo el país que Nicolás Maduro había ganado las elecciones, las calles se llenaron de indignación, coraje, frustración. Miles de venezolanos protestaron, la inconformidad estaba a flor de piel. "Sabemos que mintió", decían muchos en la calle.
Alexander Fernández, abogado de profesión y ex fiscal tributario en la Alcaldía de Naguanagua hasta la gestión de Alejandro Feo La Cruz, había llegado al país unos días antes. Migrante por obligación, salió en busca de un mejor futuro para él y los suyos. Regresó temporalmente para estar con su familia y votar o, al menos, esa era su intención.
El calvario de Alexander Fernández
Pero esa temporalidad se extendió hasta hoy y de ese tiempo, casi seis meses los pasó entre la sede de la Policía Nacional Bolivariana, en la vía a Los Guayos, y en los dos penales del Internado Judicial Carabobo, en Tocuyito: Hombre Nuevo Libertador y el Sistema de Especialidades para la Gestión Penitenciaria y Máxima Autoridad, el temible Sesma Carabobo, "acondicionado" para albergar a cientos de detenidos durante las protestas postelectorales.
Él mismo cuenta su historia: "Llegué al país el 24 de julio y el 28 fui a votar. También participé en el resguardo de las actas electorales y en la noche me retiré a mi casa. El lunes no salí, pero el martes quise dar una vuelta para ver cómo estaba la situación en la calle". Ese día lo detuvieron.
Salió a la avenida Universidad y, cerca de El Carabobeño, unos funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana lo detuvieron, lo bajaron de su moto, y lo trasladaron al conscripto. Asegura que fue por presiones de unos colectivos que lo reconocieron por los 17 años que trabajó en la Alcaldía de Naguanagua, a la cual renunció porque no quería trabajar con el oficialismo.
El encuentro con su hijo en el Fuerte Paramacay
Cuando pudo hacer una llamada, le pidió a su esposa que no le permitiera a su hijo, Santiago, salir a la calle. Pero ya era tarde, una hora después ambos coincidieron en el Fuerte Paramacay, sede de la 41 Brigada Blindada. El joven había salido a buscarlo y cuando se enteró de que estaba detenido, la frustración lo llevó a las calles.
Fernández supo que su hijo fue golpeado por un militar y varios colectivos en el baño del fuerte. La impotencia nunca lo abandonó.
A él lo trasladaron a la sede de la Policía Nacional Bolivariana, en la vía a Los Guayos, y a su hijo también, pero allí nunca se vieron. Luego lo llevaron a Hombre Nuevo Libertador y al joven a la policía de Naguanagua.
Lo primero que recuerda de la cárcel "nueva" de Tocuyito fue la pésima comida que les sirvieron: les pidieron que estiraran la mano y les pusieron una arepa, que cree que era de Mercal por lo dura que estaba. Sobre ella, con un cucharón, echaron un poco de "agua de carne molida", que Alexander no comió porque pensaba que pronto saldría de allí. "Creí que ese trauma acabaría pronto".
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No fue así. Al día siguiente, fuertemente escoltados, "como si fuéramos delincuentes", los llevaron al Sesma, donde vivió terribles experiencias. No solo escuchó los gritos de hombres a los que torturaban. El también fue maltratado por custodios empeñados en hacerles creer que pasarían tras las rejas, al menos, 30 años.

Sesma: torturas a la orden del día
En su narración describe como colgaban a los hombres de las rejas de las celdas, con unas esposas y los dejaban al menos 24 horas. "Allí hacían incluso sus necesidades fisiológicas".
Recuerda el caso de un joven al que torturaban sistemáticamente, porque pedía libertad. Eran tan fuertes las torturas que incluso llegó a romper las rejas de la celda y tuvieron que llevarlo a otro sitio. Lo mantenían sedado con Risperidona y Alprazolam, como a todos.
Fueron estas situaciones las que lo llevaron a alzar su voz para señalar que ese trato a los detenidos no era adecuado. A uno de los custodios no le gustó el planteamiento, lo llevó al tigrito y lo colgó de un tubo con unas esposas. Así estuvo 40 minutos hasta que otro de los custodios pasó por el lugar y ordenó que lo llevaran a su celda.
Risperidona y Alprazolam cada noche
A raíz de ese momento, las hernias que tenía en dos vértebras se complicaron y los dolores en los brazos, hombros y la cervical de Fernández se hicieron insoportables. "Empecé a ver borroso, a veces me faltaba la respiración y gritaba. Me llevaban a la enfermería, me atendían, me daban calmantes y me devolvían a la celda". A Fernández lo colgaron dos veces.
Precisamente sobre esos medicamentos, que Fernández creía que eran para el dolor, supo después que siempre los insertaban en la cena para mantenerlos sedados. Optó por buscarlos en la comida y sacar las pastillas, que guardaba en una bolsita.
Papá nos vemos esta noche en la casa
Aún recuerda con claridad cuando el menor de sus hijos varones, de 13 años, le dijo al despedirse el 28 de diciembre de 2024, durante una visita que la nueva directora del penal les había permitido: "Papá, hoy nos vemos en nuestra casa". Ese día Fernández y sus compañeros jugaron dominó y al terminar escuchó su nombre. Preguntó y le confirmaron que había llegado su boleta de excarcelación.
Lo que recuerda es que salió corriendo, sin camisa y sin chancletas. Un guardia le dijo: así no se puede ir, pero su respuesta fue concreta: "Yo no me devuelvo, porque capaz que me devuelvo y se va la luz, se echan para atrás o se arrepienten y me quedo ahí adentro. Yo no vuelvo".
Sus compañeros le tiraron la franela y las chancletas y pasó al proceso de revisión, al término del cual llevaron a los 14 excarcelados de ese día hasta el terminal del Big Low. Alexander salió con 28 kilos menos y con muchos traumas, con paranoia y temor.
En el Big Low los dejaron sin dinero y sin nada, pero les indicaron que con esa boleta de excarcelación llegarían a cualquier parte.
Fernández y un compañero de Apure al que le daría alojamiento hablaron con un mototaxista y se comprometieron a pagarle al llegar a la casa. Allí encontró primero a su hermano, pero luego a su hijo pequeño, el único que estaba despierto, esperándolo. El reencuentro con familiares y vecinos es algo que aún hoy le arranca sonrisas.
Mi anhelo, ver a mi hijo Santiago
No hubo mucho tiempo para descansar. Su anhelo era ver a su hijo Santiago, recluido en la PM de Naguanagua. Le permitieron verlo. Lo abrazó, lo besó y le dio fuerzas. "El tiempo de Dios es perfecto, porque un mes después se lo llevaron a la cárcel de Tocorón".
Cada viernes Alexander Fernández y su esposa viajaban a Tocorón. Tenían que tomar cuatro autobuss e ida y el mismo número para el retorno. Salían a las 5:00 de la mañana de la casa, pero entraban a ver a su hijo cerca de las 1:00 de la tarde. Cada viaje sumaba entre 80 y 100 dólares al maltrecho presupuesto familiar.
Siempre logró verlo, pues estaba permitido el ingreso de hombres al penal. Pero un día decidieron chequearlo y, al darse cuenta de que era expreso postelectoral, lo metieron en un cuarto junto con su esposa durante cinco horas. Al final los soltaron, pero les suspendieron la visita durante cuatro meses.
Casi al finalizar esos cuatro meses, recibieron la mejor noticia. El 31 de diciembre de 2025, a las 12:00 de la noche, su hijo Santiago recibió la noticia de su excarcelación. El joven quería darles la sorpresa a su familia, pero la intuición de su papá no se lo permitió. Cuando Alexander se enteró de que había excrcelaciones se fue, cerca de las 4:00 de la mañana, hasta el Big Low con toda su familia. Allí, caminando con una bolsita, vio a su hijo. Los abrazos aún se sienten.
Tanto Alexander como Santiago se sienten hoy fortalecidos. También la esposa y mamá de la familia, que debió hacer frente a la prisión de ambos y a la manutención de una casa donde había dos menores de edad. "Si creían que nos iban a callar, al contrario, más bien lo que hicieron fue un daño para ellos mismos, porque a todos los que reprimieron hoy piensan con convicción".









