Del metaverso al planeta real

Convertirse en estado cincuenta y uno no es automático, pero ¿nos convendría? 

En este mundo y en este tiempo uno no debe subestimar la posibilidad de que alguna idea, por inverosímil que parezca, viaje de su metaverso imaginario a este planeta que habitamos con linderos permeables entre realidad y ficción. Por segunda vez este año, el presidente de los Estados Unidos ha dicho que Venezuela podría convertirse en su estado número 51.

Admiro a los Estados Unidos. Creo, con el historiador Paul Johnson , que “La creación de los Estados Unidos de América es la más grande de todas las aventuras humanas.” Dicho sin desconocer sus problemas y errores, algunos muy grandes. El sentido crítico no lo pierdo, ni siquiera con nuestro propio país o con nosotros mismos. 

Dado lo que hemos vivido, es comprensible que a muchos compatriotas les pueda parecer atractiva la posibilidad de convertirnos en estado de la Unión. Respetuosamente, no estoy de acuerdo.   

Constitucionalmente, en Venezuela tal cosa es imposible, desde el artículo 1 que proclama una tradición que arranca en el Acta del 5 de Julio de 1811. Y en Estados Unidos, llegar a la estadidad es un proceso largo y complejo, léase la sección tercera del artículo IV de su Constitución. Requiere participación del Congreso, ley habilitante al Presidente estableciendo condiciones, Convención Constitucional o sea asamblea constituyente que dicte una constitución aceptable, un referendo de la población e invariablemente, un período de dominación territorial.

Que las normas constitucionales son muy relativas, aquí y últimamente, aunque no a este punto, incluso allá. Pero ya alegar esa flexibilidad normativa es un mal comienzo, pues precisamente, la inseguridad jurídica es causa de muchas de nuestras dificultades actuales y de las complicaciones para afrontarlas con éxito. 

La anexión es idea de tiempos pasados, de la época de los imperios. Los estados cuarenta y nueve y cincuenta son Alaska y Hawaii, convertidos en tales en 1959, hace sesenta y siete años, pero su proceso se remonta mucho más atrás. Alaska fue comprada a Rusia en 1867, se convirtió en estado noventa y dos años después. Hawaii anexada en 1898 como territorio, pasó sesenta años para ser estado.

Estados libres asociados son Puerto Rico e Islas Marianas. A consecuencia de una guerra en 1898. En Puerto Rico se han hecho varios referendos y no ha sido posible la estadidad que recién, el Presidente Trump ha dicho que “sería un desastre”.

Convertirse en estado cincuenta y uno no es automático, pero ¿nos convendría? 

Entiendo lo del pasaporte y ganar en dólares, pero habría que ponderar que el nivel de vida no es igual en todo el país. O que hay leyes federales y leyes (y tribunales) de cada estado, en lo penal, civil y mercantil. En veintisiete estados hay pena de muerte, a nivel federal para ciertos delitos y permanece en la justicia militar, aunque no se utiliza desde 1961. El servicio militar desde 1973 ya no es obligatorio, pero Presidente y Congreso pueden declarar emergencia y ordenar recluta.

Analicemos los efectos sociales y económicos de la anexión. Por ejemplo, la migración interna, de las regiones más pobres hacia las que ofrecen más oportunidades, y la emigración ¿cuánto se multiplicarían si todos tuviéramos pasaporte americano? ¿Cuántas empresas estarían en condiciones de competir con las norteamericanas? Y no sólo en la industria, el comercio o las finanzas, sino en la agricultura y la cría. Por ejemplo ¿Qué cadena de supermercados aguantaría el embate de Wallmart?    

Soy venezolano y quiero seguir siéndolo. Finalmente, les confieso. Sí hay un 51 que admiro, respeto y agradezco. Ese es Robert Pérez, que llevó con grandeza el dorsal 51 en su camisa de Cardenales.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Del metaverso al planeta real

Ramón Guillermo Aveledo
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