La jornada apenas comenzaba cuando Samira Asprilla abrió la nevera de su pequeña fuente de soda en Los Colorados y sintió el golpe de realidad que ya se ha vuelto frecuente durante los últimos meses. La energía eléctrica se había ido nuevamente. Luego de varias horas sin servicio, la nevera estaba sudada y con muchas cosas descongeladas. La temperatura interna del refrigerador había aumentado lo suficiente para comprometer buena parte de los alimentos que utilizaría durante el día.
Hígado, arroz, pollo, jamón, queso, jugos, salsas y algunos postres terminaron como desechos. Pero cada comida que termina en la basura representa una cuantiosa pérdida económica. Samira regenta un restaurante modesto que ofrece almuerzos a las personas de la zona, comerciantes principalmente. Elementos como el alquiler y los servicios hacen que su ganancia se reduzca considerablemente como para tener que reinvertir en materia prima. "No es solo la comida que pierdes. Es el dinero que invertiste, las ventas que no haces y los clientes que no regresan porque no tienes qué ofrecerles".
En zonas como Los Colorados el servicio eléctrico se suspende en dos bloques principalmente. El de las 9:00 a.m. y el otro el de las 2:00 p.m. El primero significa una paralización desde el inicio de la jornada y el segundo adelanta la hora de cierre, aunque normalmente mantienen las santamarías abiertas ante una leve y remota esperanza.
El pasado 03 de junio el servicio no fue suspendido, lo cual fue un alivio en el restaurante de Asprilla. A las 3:00 p.m. el local lucía vacío. Mucha gente en las calles vive alerta ante los cortes y eso aleja la clientela.
Una historia repetida
Historias como la suya comienzan a repetirse en distintos puntos de Valencia, donde los cortes eléctricos diarios se han convertido en una amenaza constante para restaurantes, cafeterías, panaderías, fuentes de soda y pequeños establecimientos de comida.
Lo que para algunos ciudadanos representa horas sin ventiladores o sin internet, para estos negocios significa alimentos dañados, equipos averiados y pérdidas económicas que se acumulan semana tras semana.

El enemigo invisible dentro de las neveras
En restaurantes y fuentes de soda la cadena de frío es fundamental. Carnes, embutidos, productos lácteos, vegetales, bebidas y postres dependen de temperaturas controladas para mantenerse aptos para el consumo. Cada interrupción eléctrica obliga a los comerciantes a tomar decisiones rápidas.
Algunos intentan trasladar productos a otras neveras. Otros recurren a hielo o plantas eléctricas. Muchos simplemente cruzan los dedos esperando que el corte no se prolongue demasiado.
A Asprilla en el lapso de un año se le han dañado neveras, lo más reciente fue una licuadora. Una de sus trabajadoras la muestra y recuerda que es la más nueva. La estrategia de cambiar la comida a otro congelador no funciona porque no hay espacio.
Desde la perspectiva de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el impacto es contundente. La cadena de frío es la columna vertebral que permite que los alimentos perecederos mantengan su estabilidad microbiológica.
Cuando la temperatura de almacenamiento o transporte se eleva por encima de los umbrales de seguridad, se desata una carrera contra el tiempo. El aumento de apenas unos grados es suficiente para acelerar drásticamente el crecimiento de bacterias, hongos y la degradación enzimática. El resultado no es solo un producto con apariencia marchita o sabor alterado; es un alimento que, aunque pueda parecer aceptable, puede albergar patógenos peligrosos.

Cifras de un desperdicio alarmante
La magnitud del problema es global. La FAO estima que cerca de 1.300 millones de toneladas de alimentos —aproximadamente un tercio de la producción mundial destinada al consumo humano— terminan en la basura cada año.
Un segmento crítico de estas pérdidas se atribuye directamente a las deficiencias en la refrigeración durante la cadena de suministro. Para los productores, esta ruptura no es solo un problema técnico; es una pérdida económica directa que encarece los productos finales y reduce la disponibilidad de alimentos en los mercados locales. En contextos de alta inflación, como el que afecta a diversas regiones, la ineficiencia logística en la cadena de frío se traduce inevitablemente en escasez y encarecimiento de la canasta básica.
La OMS explica que, a diferencia de un alimento podrido que el consumidor rechaza por su olor o textura, los productos que han sufrido una "ruptura térmica" pueden no presentar signos evidentes de deterioro. Se convierten así en vehículos silenciosos de enfermedades de transmisión alimentaria.
Pero esto se ha vuelto casi irremediable. De ahí que Asprilla opte por desechar la comida, para ella no hay margen de error, prefiere eso a enfermar a su clientela y que esta no vuelva.
Además, los apagones se vuelven impredecibles explica Carlos Rodríguez, propietario de una hamburguesería en la parroquia San José. "El problema es cuando se va dos, tres o cuatro veces al día y nunca sabes cuánto durará".

Durante las últimas semanas, los cortes han comenzado a producirse en horarios distintos.
Desde la gobernación de Carabobo se notificó que algunos teléfonos celulares recibirían un mensaje de Corpoelec notificando que el servicio sería suspendido como parte de la programación de carga.
A Rodríguez a veces el texto le llega una vez ocurre el apagón, otras pocas hasta cinco horas antes. Eso solo le permite estar preparado para que pase lo irremediable.
Antes, los apagones ocurrían principalmente durante la tarde o la noche. Ahora pueden presentarse en plena hora de almuerzo, durante la preparación de alimentos o incluso cuando los locales están llenos de clientes. "Nos ha pasado que estamos cocinando, se apagan las campanas, se detienen los puntos de venta y los clientes terminan molestos. Algunos se van sin consumir".
Aunque Rodríguez tiene planta eléctrica, dice que eso no garantiza que las ventas se den. A muchos les molesta el simple hecho del ruido de la máquina y el humo que suelta.
Pero cuando no hay gasoil o no se consigue, las neveras de Rodríguez sufren las consecuencias de los apagones. "El día que hubo el rollo en San DIego aquí se fue como cinco veces en intervalos pequeños. Esas variaciones hicieron que se me dañara la carne para las hamburguesas".

Electrodomésticos bajo amenaza
Neveras industriales, congeladores, exhibidores refrigerados, licuadoras, hornos, cafeteras, freidoras eléctricas y sistemas de aire acondicionado trabajan bajo condiciones cada vez más inestables.
En una cafetería ubicada en la avenida Bolívar Norte, una subida de tensión dañó recientemente el compresor principal de una nevera exhibidora. La reparación costó varios cientos de dólares. "Uno termina trabajando para reponer equipos en lugar de crecer", explica su propietario.
Muchos comerciantes aseguran que los daños suelen ocurrir cuando el servicio regresa después de varias horas de interrupción.
Las variaciones repentinas de voltaje afectan tarjetas electrónicas, motores y sistemas de refrigeración. Son componentes cuyo reemplazo suele ser costoso y difícil de conseguir.
Plantas eléctricas: una solución que no todos pueden pagar
Ante la incertidumbre, algunos negocios han optado por invertir en plantas eléctricas. Sin embargo, la alternativa está lejos de ser accesible para todos. Una planta con capacidad suficiente para mantener operativa una cocina comercial puede costar varios miles de dólares, además del gasto permanente en combustible y mantenimiento.
Para pequeños restaurantes y fuentes de soda familiares, esa inversión resulta prácticamente imposible. "Si apenas logramos mantenernos abiertos, ¿cómo vamos a comprar una planta?", pregunta una comerciante en Santa Cecilia.
Por ello, muchos negocios operan dependiendo exclusivamente de la red eléctrica y de la suerte.
Luz para el comercio
De ahí que la Cámara de Comercio apueste por su proyecto "Luz para el Comercio", con el que casi nueve mil comerciantes de todo el país podrían conseguir financiamiento para generadores eléctricos. Así podrían paliar la crisis eléctrica, al menos de forma temporal.
Los comerciantes reconocen que la situación eléctrica afecta a toda la población, pero advierten que para el sector gastronómico las consecuencias son especialmente graves. Rodríguez, por ejemplo, admite que ante lo reiterado de los apagones y los riesgos a los que se exponen, ha preferido disminuir los volúmenes de comida, incluso desconecta los electrodomésticos.










