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Por más de sesenta años he venido escribiendo artículos de opinión. En aquel entonces no existía Internet y las computadoras eran como costosos escaparates, solamente utilizados por algunos bancos e industrias, y los artículos se “tipeaban” con máquinas de escribir. Dos hojas de papel: una para el original que debía ser llevado a las oficinas del periódico, y una copia al carbón para los archivos del escritor. Un error de tipeo significaba una tediosa tarea de borrado o arrojar lo hecho a la papelera y volver a comenzar. Dos cuartillas a doble espacio era el límite que tenía asignado para mi columna “Albersidades” en la edición de cada martes de El Carabobeño, donde comencé mi aventura de opinador. Cada domingo iba hasta la sede del periódico, en aquellos tiempos en el centro de Valencia, para cumplir con el compromiso. Luego escribí durante un tiempo para Notitarde, para luego regresar al primero.
No nací en Valencia, pero crecí con ella. Si bien mi crecimiento fue normal, el de Valencia fue vertiginoso: entre mi niñez y mi edad adulta Valencia pasó de ser, como solía decir mi padre, “un pueblo grande” a una ciudad de más de un millón de habitantes con una gran actividad industrial y comercial. Ese crecimiento generó una altísima demanda inmobiliaria, y Valencia vio nacer urbanizaciones para todas las clases sociales. Tal actividad económica generó apetencias desmedidas y codicias inconfesables, con algunos inversionistas inescrupulosos que maniobraban para obtener regalías sobornando a algunos funcionarios deshonestos y codiciosos. Nunca pertenecí a ningún partido político, ni tuve cargo público remunerado alguno, mas seguía con interés los aconteceres políticos y las actuaciones de los funcionarios públicos y sus decisiones, que afectaban la vida del país y la ciudad y sus habitantes. Y el conocimiento de algunos de esos casos era parte de la motivación que siempre tuve para escribir estas “Albersidades”. Pero otros aspectos del acontecer nacional, regional o local fueron temas para opinar sobre ellos a través de esas columnas que, con la llegada de la informática, se convirtieron en escritos virtuales, transmitidos vía Internet a los lectores con la intermediación de los diarios.
Durante todos esos años ejercí la arquitectura, primero en sociedad con mi hermano Hermann, después con mi hijo Luis. La llegada del “Socialismo del Siglo XXI”, con el consecuente deterioro de la economía venezolana y el cese de la industria de la construcción, me obligaron a tres cosas: El cierre de la oficina de arquitectura, el gratificante refugio temporal como profesor universitario (con una remuneración insuficiente para capear la galopante inflación) y nuestra final emigración al país natal de mi padre, en busca de la seguridad social y económica que en el mío, arruinado y saqueado por una dirigencia criminal y corrupta, no era posible.
La ausencia forzosa de Venezuela me impide vivir de cerca sus acontecimientos políticos y el devenir de su economía y de su vida social. La turbulencia política, la crisis financiera y el caos general que viven los venezolanos que aún sufren los desmanes de quienes detentan perniciosamente el poder, son acontecimientos difíciles de apreciar y calibrar con propiedad sus causas y consecuencias desde la distancia, y quienes vivimos apartados de esa realidad corremos el riesgo de opinar sobre esos aconteceres desacertadamente.
Vendrán tiempos mejores. Mientras tanto, es bueno un descanso en ese largo caminar de más de sesenta años.




