Las moscas aparecen con cada paso. Se levantan desde los montones de ladrillos rotos, cabillas retorcidas y pedazos de vida que todavía permanecen atrapados bajo la estructura colapsada de la OPP 26. Jonfre López, a quien todos conocen como “Topote”, camina entre los escombros como si llevara años haciéndolo, aunque hasta hace unas semanas era fisioterapeuta y nunca había participado en un rescate.
Llegó desde Barquisimeto el 26 de junio y desde entonces no ha abandonado las zonas afectadas por el terremoto en La Guaira. La tragedia lo convirtió en rescatista. “Hay demasiadas familias afectadas. Cuando te digo que lo perdieron todo, es más allá de sus objetos: perdieron familiares, su vida como la conocían”, cuenta mientras observa el lugar donde todavía continúan las labores de búsqueda.
El ambiente es tenso, dice. Las familias permanecen cerca de los edificios derrumbados esperando noticias, intentando recuperar pertenencias o simplemente acompañar el trabajo de quienes remueven escombros. Cada hallazgo cambia el ánimo de la zona. “El sábado 11 de julio sacamos a una muchacha con vida y ese viernes a un muchacho. Seguimos buscando porque no sabemos qué podemos encontrar. Hay demasiado dolor, pero mientras exista una posibilidad, tenemos que seguir”.
A "Topote" la tragedia lo convirtió en rescatista
El tiempo ha cambiado las prioridades. Si en los primeros días la urgencia era encontrar sobrevivientes y recuperar cuerpos, ahora surgen nuevos riesgos. Entre los escombros quedaron atrapados alimentos que comenzaron a descomponerse, generando un fuerte olor que se mezcla con el de los cuerpos que aún permanecen bajo las estructuras.
Otra etapa
Topote se detiene y mira cómo las moscas revolotean alrededor de los restos de concreto. Nunca había visto tantas. Son grandes, de tonos verdosos y azules, y cubren las cabillas, las paredes derruidas y las pertenencias de quienes ya no están.
“Aquí hacen falta muchísimas medicinas. Estamos en otra etapa. Hay niños y adultos mayores que se están enfermando, y hay personas con patologías de base que necesitan tratamientos específicos”.
El rescatista asegura que la emergencia va mucho más allá de los edificios colapsados. Menciona comunidades en los cerros de Caraballeda, Maiquetía y otros sectores donde, aunque no hubo derrumbes, la gente enfrenta interrupciones en el servicio de agua, dificultades para acceder a atención médica y afectaciones económicas por la paralización de la actividad comercial. “Esto no es para una semana o dos. Venezuela entera tiene que unirse. Nosotros queremos llegar más allá, pero somos pocos. Muchos voluntarios también tienen que trabajar para poder comer y eso limita la ayuda”.
La rutina comienza con una oración
Su rutina comienza cada mañana con una oración. Se encomienda a Dios porque no sabe con lo que se va a encontrar. Además siempre pone su vida en riesgo. Es un líder y antes de entrar a cada túnel le dice a sus compañeros que aguarden porque él debe verificar que todo sea seguro. “Prefiero que se pierda mi vida antes que la de los que me acompañan”.
Aunque no tiene formación en rescate, asegura que la experiencia lo obligó a aprender rápidamente. Dice que algunos especialistas le han comentado que la práctica en el terreno lo ha convertido en un rescatista más, aunque él prefiere no atribuirse títulos. “Yo nunca había conocido La Guaira y no me hubiese gustado conocerla así, pero aquí estamos dando la cara por quienes nos necesitan”.
Su recuerdo más difícil ocurrió durante la recuperación de un cuerpo. La familia le indicó el lugar exacto donde se encontraba una persona atrapada bajo una gran losa de concreto que solo podía moverse con maquinaria pesada. Cuando finalmente lograron retirar el obstáculo y él ingresó al espacio, encontró algo que nadie esperaba. “Vi dos niños atrapados. Estaban en cholas. Pensábamos que íbamos a encontrar muertos, pero estaban vivos, tenían pulso y les dimos agua”.
No importa cuántos días pasen, siempre hay esperanza
Desde entonces, Topote repite una idea que se convirtió en su motor para seguir caminando entre el polvo, el olor de la descomposición y el cansancio acumulado. “En cualquier hueco puede haber vida. No importa cuántos días pasen. Siempre hay esperanza y siempre hay que dar todo para ayudar”.
A su alrededor, las moscas vuelven a levantarse con cada paso. Él sigue avanzando entre los escombros porque, mientras quede una posibilidad, cree que todavía vale la pena buscar.









