Allegro ma non troppo

Nadie disfrutaría una conversación con una persona que hablara sin parar durante una hora a toda velocidad

Hace poco estuve, una vez más, pensando en una paradoja medio trillada pero que no deja de ser interesante. Nunca, en la historia de la humanidad, habíamos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo. Tenemos teléfonos inteligentes, mensajería instantánea, videollamadas, calendarios digitales, asistentes virtuales y hasta sistemas de inteligencia artificial capaces de realizar en segundos tareas que antes podían ocuparnos durante horas. Sin embargo, rara vez escucho a alguien decir que le sobra tiempo.

Más bien ocurre lo contrario. Vivimos repitiendo que no llegamos, que no alcanzamos, que estamos corriendo, que la agenda nos persigue. Muchas amistades parecen resumirse hoy en encuentros breves y casuales: un abrazo rápido, unas pocas palabras intercambiadas en la calle y la inevitable promesa de “un día de estos nos tomamos un café”. Lo curioso es que casi siempre esa frase está cargada de sinceridad. Queremos ver a esa persona. Queremos conversar. Queremos compartir ese café. Lo que parece faltar no es la voluntad, sino el tiempo... o quizás la capacidad de hacerle espacio a lo verdaderamente importante.

Muchos de nosotros comenzamos el día mirando una lista de tareas pendientes y terminamos mirando lo cumplido y lo por cumplir. Saltamos de una reunión a otra, de una llamada a otra, de un compromiso a otro, de una clase a otra. Tenemos tres trabajos simultáneos en la pantalla y jugamos ping-pong con ellos. Respondemos mensajes mientras caminamos, almorzamos frente a una pantalla y descansamos sintiéndonos culpables por no estar produciendo algo en ese momento. Pareciera que hemos convertido la velocidad en una virtud y la ocupación permanente en una especie de medalla invisible.

Como siempre, la música tiene algo que decir sobre todo esto.

Durante siglos, los músicos hemos utilizado distintas palabras italianas para indicar aspectos relacionados con la interpretación —pero esa es una historia que merece un artículo aparte—. Palabras como Allegro, Andante, Presto, Largo... algunas sugieren calma; otras, movimiento. Pero existe una indicación que siempre me ha parecido particularmente sabia: Allegro ma non troppo. Es decir: rápido, pero no demasiado.

No deja de parecerme una maravillosa filosofía de vida.

Y es que la música necesita movimiento. Necesita energía. Necesita dirección. Pero también necesita respiración. Incluso las obras más veloces requieren espacio para que las frases tengan sentido, para que las emociones aparezcan y para que el oyente pueda asimilar lo que está escuchando.

Nadie disfrutaría una conversación con una persona que hablara sin parar durante una hora a toda velocidad. Tampoco disfrutaríamos una comida servida a la carrera o una caminata en la que no hubiera tiempo para mirar alrededor. Sin embargo, muchas veces vivimos exactamente así.

Los músicos conocemos bien un aparato pequeño y curioso llamado metrónomo. Ese artefacto piramidal con una varilla pendular que hace "tic-tac" y que ha pasado más de doscientos años encima de los pianos ayudando a mantener el tiempo. Su función es simple: recordarnos que existe un pulso.

El problema es que, a veces, pareciera que alguien hubiera colocado un metrónomo gigantesco sobre nuestras cabezas.

Más rápido.

Y más rápido.

¡Y más rápido!

Y entonces aparecen las agendas. Los horarios. Las aplicaciones que organizan el tiempo. Las notificaciones. Las alarmas. Las tareas pendientes. Herramientas creadas para ayudarnos que, en ocasiones, terminan convirtiéndose en pequeños capataces digitales que nos recuerdan constantemente todo lo que todavía no hemos hecho.

No estoy en contra de la organización. Todo lo contrario. Los músicos sabemos muy bien que cierta disciplina resulta indispensable. Ninguna sinfonía se hizo sola. Ningún grupo o coro ensambla por generación espontánea. Ningún instrumentista aprende una canción únicamente por inspiración.

Pero también sabemos algo más: que el metrónomo es una herramienta, no un amo.

Cuando un estudiante comienza a tocar piano, suele depender mucho de él. Y está bien que así sea. Ayuda a desarrollar precisión y estabilidad. Sin embargo, llega un momento en que la música debe respirar por sí misma. Las frases se expanden y se contraen como un bandoneón, se detienen un instante y avanzan nuevamente. La emoción modifica el tiempo.

Los grandes intérpretes no son esclavos del metrónomo. Y quizás los seres humanos tampoco deberíamos serlo.

Pienso mucho en la música folklórica. En la tonada llanera que nace, junto al amanecer, mientras el horizonte comienza a despertar. En el tango seductor, que parece recordarnos que algunas emociones importantes necesitan tiempo para decirse. O en el flamenco, donde el compás convive con una libertad profundamente humana, como si cada cantaor recordara que las emociones importantes no entienden de agendas y que las palmas no son solo ritmo sino pasión. En tantas expresiones populares nacidas mucho antes de que existieran las aplicaciones para administrar el tiempo. Es música profundamente humana. Sonidos que siguen la respiración de quien canta, el impulso de quien baila, la emoción del encuentro.

La música popular y folklórica parece comprender algo que nosotros hemos olvidado: que la vida no ocurre solamente cuando somos productivos. También ocurre cuando conversamos sin mirar el reloj. Cuando compartimos una comida larga. Cuando escuchamos una historia que nos atrapa. Cuando cantamos con amigos. Cuando nos detenemos. Cuando disfrutamos de un paisaje, de una calle linda, de un simple detalle, sin la imperiosa necesidad de tomar una foto y subirla a las redes. 

Quizás por eso mucha de esa música sigue produciendo una sensación tan particular de libertad. Porque nació para acompañar la vida, no para perseguirla. Allegro ma non troppo. Sin prisa, pero sin pausa.

A veces me pregunto si el verdadero problema de nuestro tiempo no será la falta de tiempo, sino la manera en que nos relacionamos con él. Hemos ganado velocidad, pero no necesariamente tranquilidad. Hemos ganado eficiencia, pero no siempre serenidad. Hemos multiplicado las herramientas para organizarnos, pero seguimos sintiendo que el día tiene menos horas de las que necesitamos.

Hay diez minutos que pasan volando y hay diez minutos que recordamos durante años. Hay conversaciones breves que cambian vidas y reuniones interminables que no dejan absolutamente nada. Hay una canción de tres minutos capaz de acompañarnos durante décadas. Por eso me gusta tanto el Allegro ma non troppo.

Avanzar, moverse, trabajar, soñar, construir… pero no demasiado rápido. No al punto de perderte el paisaje, como decía el padre Ignacio Larrañaga. No al punto de olvidar a las personas. No al punto de convertir la vida en una carrera cuyo destino desconoces. A veces también hay que detenerse a vivir.

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Allegro ma non troppo

Juan Pablo Correa
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