Hay un cansancio muy particular que mucha gente no termina de entender del todo. No es solamente físico. Tampoco aparece necesariamente después de cargar peso, correr kilómetros o trabajar bajo el sol. Es otro tipo de agotamiento. Más silencioso. Más invisible. Más difícil de explicar. Y es que muchos músicos vivimos cansados.
Y no siempre porque durmamos poco, aunque eso también nos ocurre. El cansancio del músico suele venir de otro lugar. De una especie de hiperactividad emocional y mental que rara vez se apaga por completo. Como si la sensibilidad permaneciera encendida incluso cuando todo parece en calma.
La mayoría de las personas oye música. El músico, en cambio, muchas veces no puede dejar de escucharla y analizarla inconscientemente. Y eso cambia profundamente la relación con el mundo.
Mi querida amiga Adina Izarra, extraordinaria compositora y generosa docente, nos dijo hace casi cuarenta años una frase que jamás olvidaré: “cuando uno empieza a analizar la música que escucha, esa música no sirve, no te mueve”. Y aunque probablemente lo decía con humor e ironía, encerraba una verdad muy profunda. La razón: muchos músicos desarrollamos esa costumbre involuntaria —casi un reflejo nervioso— de analizar todo lo que oímos, en lugar de soltar y simplemente disfrutar de la música. Escuchamos una canción y enseguida aparece el impulso automático de identificar armonías, reconocer modulaciones, detectar errores, anticipar acordes o descubrir cómo está construida la pieza. A veces pareciera que el cerebro musical nunca termina de apagarse del todo.
Hace poco vi en Instagram un reel muy gracioso que parodiaba justamente eso. “La lavadora del músico”, creo que se llamaba. En el video, un muchacho escucha el patrón melódico de una lavadora al finalizar su actividad y, casi sin pensarlo, corre inmediatamente hacia su instrumento para tocar aquella secuencia de sonidos y comenzar a hacer variaciones musicales sobre ella. Lo divertido es que la escena resulta exagerada… pero no tanto. Muchos músicos viven así: encontrando melodías en los ventiladores, ritmos en los limpiaparabrisas, armonías en los motores o intervalos musicales en una sirena de ambulancia. El oído termina convirtiéndose en una especie de laboratorio permanente del que cuesta muchísimo salir. El problema es que el oído no descansa fácilmente.
Escuchar música para relajarse, por ejemplo, no siempre resulta tan sencillo para nosotros los músicos. Mucha gente coloca una canción para descansar. Nosotros, en cambio, incontables veces terminamos trabajando sin querer mientras escuchamos. Los ojos pueden cerrarse. La mirada puede apartarse. Pero el oído permanece abierto incluso mientras dormimos. Tal vez por eso la música tiene esa capacidad misteriosa de entrar donde otras cosas no llegan.
Con los años, muchos músicos desarrollamos además una relación obsesiva con el detalle. Escuchamos pequeñas desafinaciones, respiraciones, tensiones rítmicas, errores mínimos que probablemente nadie más percibe. Y aunque eso puede ser maravilloso para el arte, también puede convertirse en una fuente permanente de agotamiento mental. El músico rara vez escucha pasivamente.
De allí nace el cansancio del perfeccionismo. Ese compañero silencioso pero incómodo que acompaña a muchísimos músicos desde muy jóvenes. La sensación permanente de que siempre falta algo: estudiar más, afinar mejor, tocar más limpio, llegar más alto, sonar más profundo, parecer más profesional. En la música, rara vez aparece la sensación de “ya es suficiente”. Incluso después de un buen concierto o de una gran clase, muchos músicos regresan a casa pensando en los pequeños errores, en lo que pudo haber salido mejor, en aquello que todavía no logran alcanzar. Y esto cansa.
Y a todo esto se suma algo todavía más complejo: la sensibilidad. La música suele atraer personas particularmente sensibles al mundo. Gente que percibe intensamente los ambientes, los silencios, las emociones ajenas, los cambios de ánimo. Y vivir sintiendo demasiado puede ser hermoso… pero también demoledor. Muchos músicos no solamente escuchamos mucho. También sentimos mucho.
Por eso algunos terminan emocionalmente drenados después de un concierto, un ensayo o incluso una clase. Porque hacer música no consiste únicamente en ejecutar sonidos correctos. Implica exponerse emocionalmente de manera constante. Hay conciertos donde uno siente que dejó partes de sí mismo sobre el escenario.
Quizás allí se esconda una parte importante del cansancio. Porque el músico suele convivir con una autoexigencia constante. Una especie de diálogo interior que casi nunca se calla. Mientras otros disfrutan la música simplemente como experiencia, muchos músicos la viven también como evaluación permanente. Escuchan, comparan, corrigen, se cuestionan. A veces incluso les cuesta disfrutar plenamente algo sin analizarlo al mismo tiempo.
Y es que, a pesar del agotamiento, hay algo profundamente luminoso en la música. Algo que sigue justificando el esfuerzo. A veces basta un ensayo extraordinario, una armonía perfectamente afinada o un instante verdadero de conexión con el público para que todo vuelva a tener sentido. Son momentos breves pero enormes.
Quizás por eso tantos músicos siguen adelante incluso cuando las condiciones emocionales, económicas o físicas no son las mejores. Porque la música tiene una capacidad extraña de devolver energía al mismo tiempo que la consume. Desgasta… pero también alimenta. Y tal vez allí exista una de las grandes contradicciones de la vida musical. La música cansa porque exige presencia absoluta. Pero justamente por eso también puede hacernos sentir profundamente vivos.
juanpablocorreafeo@gmail.com




