La otra música del Mundial

La música que se escucha en las tribunas, en las calles, en las reuniones y en los balcones de las casas. La música que acompaña los mundiales sin que nadie la haya contratado para hacerlo

Ha comenzado la fiesta internacional del fútbol. En Venezuela se siente, por los momentos, con un entusiasmo empático al apoyar al equipo extranjero con el que uno más se identifica. Pero cuando uno habita en un país como este, Argentina, el fútbol es casi una religión, y más cuando en el anterior Mundial, cuando Argentina quedó campeón del mundo. El país se detiene, la gente camina orgullosamente con su atuendo futbolístico local, y los seguidores de los equipos locales se funden unánimemente para apoyar a la selección albiceleste. Durante los partidos, Buenos Aires se vacía. Se escuchan gritos de angustia o celebración temporal durante el juego, pero cada uno en su casa o en un café de estas callecitas. 

Por otra parte, y haciendo alusión al título de este artículo, cuando se habla de música y de mundiales de fútbol, casi todo el mundo piensa en las canciones oficiales. La Copa de la Vida, Waka Waka, Un'estate italiana y tantas otras forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Son un fenómeno fascinante por sus implicaciones culturales, económicas y de mercadeo. Millones de dólares, artistas internacionales, campañas publicitarias y audiencias globales giran alrededor de ellas. De hecho, muchas veces recordamos mejor estas canciones que a los propios campeones. Mucha gente puede cantar cualquiera de estos temas de memoria, pero no todos recuerdan necesariamente quién ganó esos mundiales. La música suele quedarse más tiempo que los resultados. Y eso ya dice mucho sobre el poder de las canciones; pero hoy no quiero hablar de eso. O al menos no principalmente.

Quiero hablar de otra música. De una música que rara vez aparece en los créditos de las transmisiones televisivas, pero que forma parte inseparable de la experiencia futbolística. La música que se escucha en las tribunas, en las calles, en las reuniones y en los balcones de las casas. La música que acompaña los mundiales sin que nadie la haya contratado para hacerlo. Porque los mundiales también tienen música de fondo. Y, reitero, no me refiero solamente a la oficial.

Cada generación recuerda un Mundial distinto. Algunos evocan España 82. Otros México 86. Otros Italia 90, Francia 98 o Sudáfrica 2010. Curiosamente, muchas veces no se recuerdan únicamente los partidos. Recordamos los hits del momento que sonaban exitosamente durante aquellos años. Las que escuchábamos en la radio mientras se disputaban los encuentros. Las que acompañaban reuniones familiares, celebraciones o derrotas. Las que terminaban asociadas para siempre a un momento de nuestra vida.

Al final, los mundiales también terminan formando parte de nuestra memoria musical. Pero existe otro fenómeno todavía más interesante: las hinchadas. Por citar un ejemplo, hace unos días me topé con un curioso video donde el equipo de Noruega es apoyado por su hinchada con un cántico ritualístico supuestamente vikingo, haciendo mímica y ruidos de imaginarios remeros de una barcaza milenaria. Pueden buscarlo en las redes. 

Como músico y director coral, siempre me ha llamado la atención observar una tribuna llena de aficionados. Miles de personas que, sin conocerse entre sí, son capaces de cantar juntas, mantener un pulso común, responder unas a otras y sostener una energía colectiva durante noventa minutos. Cambian las camisetas, cambian los colores y cambian las banderas, pero el fenómeno es esencialmente el mismo. Visto desde la música, una tribuna es una especie de coro gigantesco. Un coro sin partituras. Un coro sin ensayos. Un coro sin director. Y sin embargo funciona.

Hay entradas, respuestas, silencios, crescendos, repeticiones y estribillos. Hay momentos de máxima intensidad y momentos de calma. Hay liderazgo colectivo. Hay sentido de pertenencia. Hay emoción compartida. Y, como ocurre con toda manifestación musical popular, las melodías viajan. Viajan muchísimo.

Hace algunos años descubrí que muchos argentinos desconocían el origen de una de las melodías más famosas de las tribunas futbolísticas. Me refiero a ese canto que durante décadas ha resonado en la Bombonera y que miles de personas identifican inmediatamente con Boca Juniors. Lo curioso, para ellos, es que esa melodía nació en Venezuela.

Se trata de nuestro Moliendo Café, composición de Hugo Blanco que terminó recorriendo el mundo entero. Con el paso de los años fue adaptada, transformada y apropiada hasta convertirse en uno de los cantos futbolísticos argentinos más reconocibles del planeta. Algo realmente extraordinario, porque demuestra que la música tiene una capacidad única para atravesar fronteras.

Las canciones nacen en un lugar, pero rara vez permanecen allí. Viajan, cambian, se transforman, se adaptan. Se mezclan con otras culturas. Pierden nacionalidad y terminan perteneciendo a todos.

Quizás por eso me resulta tan emocionante escuchar una melodía venezolana convertida en parte de la identidad emocional de una tribuna argentina. Como migrante, encuentro allí una hermosa metáfora. Las personas viajamos. Las culturas viajan. Y las canciones también.

A veces pensamos que la música es algo que se escucha. Pero muchas veces es algo que une. Une generaciones. Une ciudades. Une recuerdos. Une personas que jamás se han visto.

Mientras el mundo vuelve a mirar un Mundial y los medios discuten resultados, estadísticas y figuras, yo no puedo evitar prestar atención a otra cosa. A ese inmenso coro espontáneo que aparece en cada estadio. A esas melodías que sobreviven más que los campeones. A esas canciones que nadie programó y que, sin embargo, terminan formando parte de la historia. Porque los mundiales también tienen banda sonora.

Dicho esto, pienso que la verdadera música del fútbol no está en el tema oficial, ni en los espectáculos de apertura ni en las listas oficiales de reproducción. Está en la gente, en las tribunas, en miles de voces cantando al mismo tiempo.

Y quizás allí resida una de las formas más hermosas de la música: cuando deja de pertenecer a un compositor para convertirse en emoción compartida. Porque, al final, detrás de los himnos, de las camisetas y de los resultados, como diría Serrat, detrás está la gente.

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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La otra música del Mundial

Juan Pablo Correa
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