La deuda externa de Venezuela pasó de 23 mil 300 millones de dólares en 1998 a 164 mil millones en 2024, un aumento de más del 600% en 26 años. Todo ese endeudamiento, advirtió el economista y profesor universitario José Guerra, fue contratado entre 2005 y 2016, en pleno boom petrolero, cuando el país tenía los recursos para no necesitar endeudarse y optó por hacerlo de todas formas.
Hoy, con esa deuda externa en incumplimiento de pago desde noviembre de 2017, el gobierno venezolano anunció este 13 de mayo el inicio formal de un proceso de reestructuración. Guerra celebró la decisión, pero advirtió que el camino será largo, complejo y lleno de obstáculos legales y técnicos.
Comunicados del gobierno
El anuncio llegó en dos comunicados. El primero, emitido durante el día, señalaba que Venezuela entraba en un proceso de reestructuración de la deuda externa para aliviar su carga financiera. Guerra matizó esa afirmación: no es del todo precisa, porque Venezuela no está buscando alivio de pagos que esté haciendo, sino que lleva años sin pagar. "Venezuela está en incumplimiento de pago de las obligaciones por deuda externa desde noviembre de 2017 y por tanto no está pagando la deuda", aclaró el economista.
Lo que sí es cierto es que la deuda externa existe, es impagable en sus condiciones actuales y procede una reestructuración.

El segundo comunicado, emitido en la noche y redactado en inglés, fue firmado por Calixto Ortega, vicepresidente del área económica, junto a la empresa asesora en materia de reestructuración contratada para el proceso. En ese documento el gobierno reconoció el sobreendeudamiento del país, mencionó el impacto del COVID y el fin del ciclo petrolero como factores agravantes, y habló de dos principios que guiarán el proceso: celeridad y sustentabilidad fiscal.
Para Guerra, ese reconocimiento es significativo: "El sobreendeudamiento de Venezuela fue reconocido por el mismo gobierno a través de Calixto Ortega."
¿Cómo se acumuló la deuda externa?
Para entender la magnitud del problema, Guerra contextualizó las cifras. En 1998, último año de la presidencia de Rafael Caldera y previo a la llegada de Hugo Chávez al poder, la deuda externa venezolana era de 23 mil 300 millones de dólares, un monto que representaba entre el 25% y 30% del Producto Interno Bruto (PIB) y que el economista calificó de "totalmente manejable".
Lo que ocurrió en las dos décadas siguientes es uno de los episodios más graves de gestión económica en la historia venezolana. Toda la deuda externa que hoy pesa sobre el país fue contratada entre 2005 y 2016, precisamente el período de mayores ingresos petroleros de la historia de Venezuela.
En lugar de usar esa bonanza para fortalecer la economía, los responsables de la conducción económica de ese período, que Guerra identificó como Rafael Ramírez, Nelson Merentes y Jorge Giordani, endeudaron al país en proporciones sin precedentes.
La deuda externa de 164 mil millones de dólares se distribuye así: el gobierno central debe aproximadamente 90 mil millones, Pdvsa acumula alrededor de 41 mil 600 millones, y el resto, unos 30 mil millones, corresponde a laudos arbitrales, contratos con proveedores, expropiaciones y otras obligaciones.
Un punto que Guerra subrayó con énfasis es que estas cifras no son oficiales: el Banco Central de Venezuela (BCV) y el Ministerio de Finanzas no publican los datos de deuda externa. Las cifras disponibles provienen de empresas calificadoras e investigadores privados. "Entren hoy a la página del BCV o del Ministerio de Finanzas y se van a encontrar que ni siquiera abre el cuadro de la deuda externa. No hay publicación", denunció.
Cuatro pasos para que la reestructuración sea real
Guerra consideró correcta la política de reestructurar la deuda externa, pero señaló que el anuncio por sí solo no basta. Para que el proceso sea serio, técnicamente sólido y reconocido por los acreedores internacionales, el economista plantea cuatro pasos concretos e imprescindibles.
El segundo paso es conformar un comité asesor técnico independiente, integrado por expertos financieros calificados, sin vinculación partidista, que conozcan en profundidad los mecanismos de reestructuración de deuda externa soberana. No se puede improvisar en un proceso de esta complejidad.
El tercero, y quizás el más urgente en términos prácticos, es solicitar una licencia al gobierno de Estados Unidos. La licencia 58 actualmente no autoriza la renegociación de la deuda externa venezolana, lo que significa que técnicamente cualquier negociación con acreedores está bloqueada por las sanciones. Sin esa autorización, el proceso no puede avanzar legalmente.
El primero es publicar las cifras oficiales. Sin datos confiables y verificables sobre el monto, la composición y los vencimientos de la deuda externa, cualquier negociación parte de una base frágil.
El cuarto paso es acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para que realice el análisis de sostenibilidad de la deuda externa, el documento que establece cuánto puede pagar Venezuela, en qué plazos y con qué descuento. "Ese análisis no lo puede hacer cualquier sector privado. El que va a valer es el del FMI, porque es una parte no interesada ni entre los bonistas ni en el gobierno. Es un análisis objetivo de la capacidad de pago del país", explicó Guerra.
Un proceso complejo que no será ni fácil ni rápido
Guerra no alimenta falsas esperanzas sobre los tiempos del proceso. La reestructuración de la deuda externa venezolana es técnicamente uno de los casos más complejos del mundo, por la diversidad de instrumentos financieros involucrados, la cantidad de acreedores distintos, fondos de inversión, bancos, gobiernos, proveedores, árbitros internacionales, y el hecho de que el incumplimiento de pago lleva ya más de siete años acumulando intereses moratorios y complicaciones legales.
"Entramos en un proceso que creo que no va a ser tan fácil ni tan rápido por la diversidad de instrumento financiero y la complejidad de un proceso de endeudamiento que está en incumplimiento de pago desde noviembre del año 2017", advirtió el economista. Pero también es enfático en que la complejidad no es excusa para seguir postergando. La deuda externa existe, no desaparece con el silencio y cada año que pasa sin reestructurarla hace más difícil y más costosa la solución. "Hay que comenzar de una vez", resaltó Guerra.









