Soldados ucranios en una trinchera en Dnipró. Foto cortesía: Clodagh Kilcoyne/Reuters

Los ucranianos celebran su segundo Año Nuevo en medio de ataques rusos, y la determinación de mantener la defensa del país se mezcla con el dolor y la preocupación por el destino de sus seres queridos.

Cuando el sol comienza a ponerse en Leópolis, cientos de pequeñas luces iluminan el cementerio militar de la ciudad. Las guirnaldas festivas parpadean, repartidas alrededor de pequeños árboles de Navidad y quedan reflejadas en las fotografías de unos 500 soldados, en su mayoría hombres de entre 20 y 50 años, enterrados aquí.

Para cientos de sus familiares, las visitas cotidianas a las tumbas de sus hijos, maridos y padres se han convertido en una parte inalienable de su vida, una forma de aliviar el dolor.

El último día de 2023, marcado por alarmas aéreas e informes de misiles y drones rusos atacando ciudades en todo el país, no era una excepción.

Nochevieja en un cementerio

«Me siento mejor aquí, con mi hijo», explica una mujer mientras mira la tumba cuidadosamente decorada de un joven.

Taras Chaika, un exitoso abogado, se ofreció como voluntario para alistarse en el ejército el primer día de la invasión rusa, cuenta a EFE su madre Alla. Un oficial de 29 años y héroe de Ucrania, fue asesinado cerca de Limán, en la región de Donetsk, mientras dirigía a sus hombres en una misión.

El tiempo pasa pero el dolor tras 677 días de guerra no va a menos, comparte Alla.

Sigue llegando más gente y ella saluda a su sobrina Adelina, de un año. Algunos se sientan en silencio. Otros encendieron las velas y comparten su experiencia de un reciente ataque con drones.

«Este no es como cualquier otro cementerio. Aquí nunca te sientes asustado o inseguro, ni siquiera en la oscuridad. Porque estos son nuestros defensores», dice Alla.

Todo el mundo debería apoyar a los soldados ucranianos, afirma, para que menos madres tengan que sentir su dolor. «Mi único deseo para 2024 es que por fin ganemos y que haya paz», enfatiza.

No hay celebración para familias separadas

La Nochevieja era inusualmente silenciosa en Leópolis y las calles estaban vacías a la espera del toque de queda a medianoche.

Quienes podían entrar al 2024 en sus propios hogares tenían pocas ganas de celebrar. Muchos esperaban ansiosamente un breve mensaje de sus seres queridos en primera línea, un simple «+» (utilizado por los soldados para comunicar que están vivos) o «estoy bien».

«En casa no hay árbol de Navidad. No siento nada hoy. No es vida», dice Katerina, cuyo marido se encuentra en la llamada zona «cero» del frente, a sólo cientos de metros de las posiciones rusas.

Quienes esperan el regreso de miles de prisioneros de guerra ucranianos no pueden ni siquiera pensar en recibir un breve mensaje de sus seres queridos, que permanecen en completo aislamiento en algún lugar de Rusia.

«Recuperé mi libertad en 2023. Mi único deseo para 2024 es que todos los demás la recuperen», escribe Valeria Subotina, que fue capturada en la planta metalúrgica de Azovstal en Mariúpol junto con casi 2.500 soldados e intercambiada en la primavera pasada.

A otros se les unen por internet sus familiares desplazados del extranjero. Una alarma aérea sirve como recordatorio de por qué millones de personas no pueden regresar a casa a pesar de que el ejército ucraniano logra repeler a los rusos en el este y el sur.

Pavló, que vive en el distrito suburbano de Bilogorshcha, poco puede hacer cuando suena una alarma antiaérea a altas horas de la noche. No hay ningún refugio cerca y los lugareños ya no se inmutan por los cientos de veces que escucharon las sirenas.

Unas horas después de terminar la cena de Nochevieja, se despierta con el sonido de una explosión cercana. Sus hijos y su esposa sólo pueden esperar lo mejor mientras Pavló se apresura a aparcar el vehículo de la familia más lejos para protegerlo.

Varios minutos más tarde suena otra explosión, esta vez mucho más fuerte, cuando el edificio cercano, un museo, es alcanzado por drones rusos.

El humo sigue siendo visible a sólo uno o dos metros de distancia, cuando Pavló y otros voluntarios se disponen a limpiar los escombros. Nadie parece conmocionado.

«Nadie está herido. Todo lo demás se puede solucionar”, explican a EFE con determinación.

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