El pequeño salón de clases que Anargelis arregló en casa está vacío. (Foto AFP)

El pequeño salón de clases que Anargelis arregló en casa está vacío. Su amor por la enseñanza la acompañó en su lucha contra el cáncer, pero la llegada del nuevo coronavirus a Venezuela la hace sentir abandonada: “Estamos desamparados”.

“Si nos sale una ronchita (en la piel) no podemos esperar hasta que termine la cuarentena, el cáncer no espera”, lamenta Anargelis García.

Aunque no cuestiona las medidas de confinamiento declaradas en el país, esta maestra de 42 años piensa que el gobierno, enfocado en el boom del coronavirus, relega a pacientes crónicos como ella.

“¿Cómo hacemos con esta patología que tenemos si nadie nos toma en cuenta?”, dice a la AFP resguardada en un colorido barbijo de tela.

En 2015 le diagnosticaron un carcinoma mamario. Aún así siguió recibiendo a sus “pequeñines” en el espacio con pupitres y un pizarrón que armó apoyada por vecinos. Multicolores letras del abecedario de papel están pegadas en las paredes.

Extraña la algarabía de los 70 niños a los que daba clases particulares, ayudándolos con sus tareas, así como el dinero extra que hacía en un hogar integrado por su esposo, la menor de sus dos hijas, sus ancianos padres, un tío con esquizofrenia y su perrito ‘Bince’.

Se las ingenia para dictar lecciones por internet, por las que cobra “lo que puedan” darle, incluso “un paquete de arroz”. “Enseñar es mi mundo”, dice con voz quebrada.

Las muertes por cáncer aumentan en Venezuela de la mano de la crisis económica. Unos 28.000 pacientes oncológicos fallecieron en 2019, 10% más que en 2018, según la Sociedad Anticancerosa local.

– “¿Dónde está su salvoconducto?” –

Para evitar que el cáncer haga metástasis, Anargelis viaja una vez por mes a Caracas desde la vecina ciudad de Los Teques (estado Miranda) buscando un fármaco que le dan, cuando lo hay, en el hospital oncológico Luis Razetti.

Sus citas por tamoxifeno, medicamento de alto costo que debe tomar durante 10 años, son impostergables.

Pero el 13 de abril, al cumplirse un mes del anuncio de los primeros casos de COVID-19 en Venezuela, donde se han confirmado casi 300 contagios y 10 fallecidos, no llegó a tiempo por una caja con 30 pastillas.

Alcabalas policiales y militares rodean Los Teques y faltan autobuses por la escasez de gasolina. Un militar la bloqueó a la entrada de una estación de tren. “¿Hacia dónde se dirige? ¿Y su salvoconducto?”, le preguntó el uniformado. “A Caracas a buscar una medicina”, le respondió Anargelis mostrando una carpeta con informes médicos y radiografías.

Tras una larga espera subió a un atestado vagón. Tardó casi cuatro horas en llegar al hospital. Antes le tomaba unos 45 minutos, pues la familia tenía auto, pero debió venderlo para costear tratamientos médicos.

Su esposo, Orlando, llega a viajar unas 20 horas por tierra hasta Cúcuta, Colombia, por medicinas, que “cuesta un mundo” encontrar, para ella, sus padres y su tío. Empleado de una gasolinera, no ha vuelto a hacerlo por la cuarentena.

El cáncer marca el árbol genealógico de Anargelis, hija única. Seis de sus once tíos murieron por la enfermedad.

– “Queremos vivir” –

Afortunadamente, una amiga que llegó al hospital de madrugada le reservó uno de los 50 cupos disponibles ese día para recibir su medicina. “Gracias a eso pude tener mi pastilla”, dice.

Allí vio “personas que pegaban gritos de dolor” por falta de tratamiento. “Salí muy triste porque había mucha gente peleándose (por una ampolla): ¡póngamela a mí!”.

En un grupo de WhatsApp, donde Anargelis interactúa con sobrevivientes de cáncer y pacientes recién diagnosticados, hay personas con cuadros delicados, aisladas por la pandemia.

“Los pacientes oncológicos también tenemos derecho a vivir”, clama. “Queremos vivir”.




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