Foto Archivo

Sabía que arriesgaba la vida, pero Lucy, nombre ficticio de la protagonista de esta historia, estaba decidida a reencontrarse con su hijo luego de cinco años sin verlo. No tenía visa ni esperanzas de obtenerla. La mayor sorpresa de su travesía fue cuando el Coyote se acercó al muro y, sin más, le permitió el paso abriendo una puerta, reseñó El Pitazo en un trabajo especial

 

No hubo ningún contratiempo en la llegada de Lucy a México. Al fin había decidido moverse y viajar desde Medellín hasta el país azteca después de perder las esperanzas de obtener la visa norteamericana en la Embajada de Estados Unidos en Bogotá.

“Puedo decir que comencé a migrar desde 2018. Ese año me negaron la visa en la Embajada de Caracas. No me imaginé que eso pasaría porque había tenido visa desde los 16 años. El funcionario me invitó a hacerlo de nuevo cuando mis condiciones cambiaran”, cuenta Lucy.

Aunque no le quedó claro lo que quisieron decirle, refiere que si hablaban de su situación económica, lejos de mejorar, empeoró. Y para el 24 de enero de 2019 comenzó el desmantelamiento de la Embajada norteamericana en Venezuela. Con esta realidad aplastándola y sobreviviendo en Maracaibo, una ciudad que se le había hecho hostil, decidió irse a Mérida, donde permaneció por dos años.

Pese a todo, la realidad política venezolana, la falta de gasolina y de trabajo, la imposibilidad de obtener la visa desde Venezuela y de que el país más cercano para lograrlo era Colombia, la lleva a migrar nuevamente. Esta vez se fue a Medellín.

De Mérida a Medellín

Lucy llegó “por las trochas” a Medellín. “Me fui con la esperanza de que al estar más cerca de Bogotá y quizás tener información más a la mano, pudiera conseguir lo que buscaba desde hacía dos años: renovar la visa norteamericana.

“Pero no fue así. Estando allá me entero de que debido a la pandemia las citas para las visas están pautadas para año y medio de espera, como mínimo, porque durante este tiempo está en cola la gente que ha hecho las solicitudes previamente. Con suerte, yo tendría cita para septiembre de 2022, y con el riesgo de que no me la aprobaran”, relata Lucy.

Estando allá (Colombia) me entero de que debido a la pandemia las citas para las visas están pautadas para año y medio de espera, como mínimo… Con suerte, yo tendría cita para septiembre de 2022

En marzo comienza a escuchar que la gente está llegando a Estados Unidos pasando por México y que muchos lograban salir de los albergues. “Lo conversé con mi hijo, Federico, y lo primero que pensamos era que viajaría hasta México, inicialmente, no con el propósito de pasar de una vez, sino de al menos estar más cerca de Estados Unidos y aprovechar que tenía gente conocida donde quedarme. Llegué a pensar que quizás podría solicitar la visa desde ese país o que, en todo caso, era más fácil para Federico viajar hasta allí para que nos viéramos. Teníamos cinco años sin vernos”.La meta entonces fue llegar a México y ver qué pasaba. “Estaba clara en que para Venezuela no me iba a devolver”, agrega con firmeza.

De Medellín a México

Lucy no tuvo ningún contratiempo al llegar a México. Llevaba consigo una carta de invitación de unas amigas que vivían en Puebla y, en su mente, al país azteca como un destino final posible.

Al cumplir siete días en Puebla, la realidad cambió. La oportunidad llamaba a la puerta. Había el dinero y los controles en la frontera eran mínimos. Su hijo le dice que es el momento, lo acuerdan y da el primer paso: llama al “Taxista” –nombre que utiliza para referirse al “Coyote”– luego de obtener el contacto por un familiar que había llegado felizmente a Estados Unidos.

“El Taxista resultó ser un venezolano. Es más, era maracucho. Fue música para mis oídos. Cuando lo contacté me dijo que no me iba a pasar por Arizona, por donde había pasado a mi familiar, porque estaban devolviendo a la gente. Me sugirió que comprara un boleto para Hermosillo y hablaríamos otra vez cuando llegara allí”.

Y así lo hizo Lucy. Compró de inmediato el boleto por avión; por tierra hubiese significado un trayecto de 23 horas.

“Estaba muy asustada, porque cada cuento que escuchaba era peor que el otro: ‘¡Que te pueden secuestrar’, ‘Que te puede picar una culebra’, ‘Que te puedes ahogar en el río…!’. A todas estas, una no sabe por dónde va a pasar ni cómo es el territorio por dónde vas a hacerlo. Una no pregunta eso. Una pone la vida en manos del “Taxista”. Una cosa sí tenía clara en medio de todo el drama y el susto que estaba viviendo: eso no tenía vuelta atrás. Yo iba a exponerme a lo que fuera, porque pa’trás ni para coger impulso. Yo sé que hay gente que se muere, que la secuestran, pero bueno…, pa´lante”.

En marzo comienza a escuchar que la gente está llegando a Estados Unidos pasando por México y que muchos lograban salir de los albergues. “Lo conversé con mi hijo, Federico, y lo primero que pensamos era que viajaría hasta México, inicialmente, no con el propósito de pasar de una vez, sino de al menos estar más cerca de Estados Unidos

Y Lucy no preguntó. Cuando llegó a Hermosillo hizo lo indicado. Contactó a su “Taxista-Coyote” por whatsApps. “Ya puedes pagar”, le indicó. Esto significaba la transferencia por Zelle de 900 dólares. No hay rostros ni recibo ni aval. Solo la disposición por parte del “empresario” de que el trabajo debe quedar bien hecho para garantizar un buen servicio. Tal y como concluye Lucy: estás en sus mano“De Hermosillo tomé un bus para Mexicali. Al llegar allí nos llevaron a un hotel. Era 5 de mayo. Nos dijeron que íbamos a dormir allí porque no había posibilidades de pasar ese día. Una hora después de llegar al hotel, como a las 6:30 pm, tocaron la puerta de la habitación. Era la muchacha contacto del “Taxista” (la segunda “Coyote”). A ella le dimos los 400 dólares en efectivo”.

–Vamos a pasar esta misma noche. Tienen una hora para prepararse. A las ocho llegará la Vans. Bajen y caminen hasta el estacionamiento –les indicó.

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