Yamamoto encontró la redención con Dios entre los escombros de La Guaira

La gente aquí agradece antes de pedir ayuda. Eso me marcó profundamente."
Yamamoto viajó desde Sao Paulo en Brasil a La Guaira para tener un encuentro cercano con Dios y en medio del sufrimiento lo ha logrado. Fotografía: Armando Díaz.

Roberto Yamamoto no llegó a Venezuela como ingeniero, bombero o rescatista profesional. Cruzó el continente impulsado por una necesidad mucho más difícil de explicar. Sentía que llevaba demasiado tiempo buscando una respuesta espiritual y creyó encontrarla en el lugar donde nadie querría estar: un país destruido por los terremotos del 24 de junio.

Mientras miles de venezolanos trataban de rescatar familiares atrapados entre montañas de concreto, el brasileño tomó un avión desde Ilhabela, en el estado de São Paulo, convencido de que debía formar parte de aquella tragedia. Dice que no fue una decisión racional. Habla de una voz interior, de una intuición imposible de demostrar.

"Venía buscando una paz espiritual. Sentía que Dios me hablaba y que me decía que la iba a encontrar aquí, en medio de este caos, de tanta destrucción y de tanta tristeza".

Desde entonces, cada mañana comienza exactamente igual. Antes de tocar una pala o entrar en un edificio colapsado, abre dos libros. El primero es Un Café con Dios Padre, un devocional cristiano escrito por Junior Rostirola con reflexiones para cada día del año. El segundo es un cuaderno donde escribe lo que vive, lo que siente y aquello que teme olvidar cuando todo termine.

La página correspondiente al 30 de junio quedó marcada por una frase que, para él, terminó describiendo lo que encontraría en Venezuela.

"Mientras muchos desvían el foco del sufrimiento, siempre habrá quien elija ir al encuentro de él para extender la mano. Es en esa elección que el amor se vuelve real."

Dice que esa reflexión dejó de ser una lectura para convertirse en una experiencia cotidiana.

Sin falta, Roberto Yamamoto escribe en su diario una oración y una frase breve pero poderosa de su experiencia diaria. Fotografía: Armando Díaz.

La fe también se encuentra debajo de los escombros

Yamamoto reconoce que nunca recibió entrenamiento para participar en un desastre de semejante magnitud. No hizo cursos de rescate urbano ni pertenece a cuerpos especializados de emergencia. Lo que sabe proviene de una vida dedicada a los trabajos manuales.

Es mecánico. Sabe soldar, manejar maquinaria pesada, trabajar con estructuras metálicas, construir, pescar y sobrevivir en condiciones difíciles. Cuando vio por televisión las imágenes de Venezuela llamó a dos amigos y les propuso viajar.

Uno de ellos era Alejandro, venezolano radicado en Brasil. El otro, Carlos, fotógrafo. Ninguno dudó demasiado.

"Yo les dije que quería venir y ellos aceptaron de inmediato. Sentí que este era el lugar donde debía estar."

Al llegar se incorporó a las labores organizadas por la fundación Cadena de Favores. Lo sorprendió encontrar un campamento perfectamente organizado, con médicos, medicamentos, distribución de alimentos y cientos de voluntarios trabajando sin descanso.

"Yo venía pensando que encontraría solamente destrucción, pero encontré personas entregándolo absolutamente todo por ayudar."

Yamamoto ha sido un trabajador incansable en este proceso de rescate. Sin experiencia más allá de sus variadas habilidades se ha transformado en un topo brasilero. Fotografía: Armando Díaz.

El silencio que existe dentro de un edificio colapsado

Hay algo que Yamamoto intenta explicar y reconoce que nunca logra hacerlo completamente.

Habla de los túneles abiertos entre vigas partidas, columnas dobladas y enormes bloques de concreto. Dice que desde afuera parece que los rescatistas sienten miedo constantemente, pero asegura que ocurre exactamente lo contrario.

"Cuando uno entra allá abajo deja de pensar. No piensas en el peligro, no piensas en tu familia, no piensas en nada. Solo existe el trabajo que tienes enfrente."

Mientras avanza entre escombros escucha el sonido de martillos hidráulicos, cortadoras, excavadoras y barras metálicas golpeando concreto. Todo ocurre al mismo tiempo y, sin embargo, él describe una extraña sensación de tranquilidad.

"Sientes una paz enorme mientras partes hierros, quitas pedazos de concreto y sigues cavando. Es difícil explicarlo, pero yo sentía la presencia de Dios durante todo ese tiempo."

Cuenta que muchas familias observaban con desconfianza la llegada de personas desconocidas. Después de varias horas compartiendo el esfuerzo, esa distancia desaparecía.

"Ellos entendían que uno estaba allí para ayudar. Te ganas su confianza trabajando, no hablando."

Yamamoto y uno de sus compañeros en la OPP26 uno de los conjuntos de la GMVV más afectados en la región. Fotografía: Armando Díaz.

"Ellos me ayudaron más a mí"

Mientras otros describen las labores de rescate como un sacrificio personal, Yamamoto sostiene exactamente lo contrario. "Realmente es más lo que ellos me ayudaron a mí que lo que yo pude ayudarlos."

Explica que durante semanas convivió con personas que acababan de perder familiares, viviendas y prácticamente toda una vida construida durante décadas. Sin embargo, la actitud que más encontró fue la gratitud.

"Uno llegaba agotado y siempre aparecía alguien con un café, con un vaso de agua o simplemente preguntando si necesitabas algo. La gente aquí agradece antes de pedir ayuda. Eso me marcó profundamente."

Dice que esa solidaridad transformó por completo la manera en que entiende la fe.

"En medio de tanta destrucción uno mira alrededor y descubre que existe un orden. Hay personas repartiendo comida, otras rescatando, otras consolando a las familias. Ahí es donde yo veo la presencia del Espíritu Santo".

Cinco horas en promedio es el tiempo que Roberto Yamamoto y sus acompañantes pasan en los túneles de la OPP26 para tratar de conseguir vidas. Fotografía: Armando Díaz.

Cuatro cuerpos y una cámara

Durante las jornadas de búsqueda, Yamamoto terminó desempeñando una labor inesperada.

Utilizaba una cámara de inspección capaz de introducirse entre pequeñas aberturas para verificar si existían sobrevivientes o localizar cuerpos atrapados bajo las estructuras.

Gracias a ese equipo ayudó a identificar cuatro víctimas.

Recuerda especialmente una escena.

Después de confirmar que habían encontrado a una persona fallecida, uno de sus familiares comenzó a llorar desconsoladamente. Yamamoto le mostró las imágenes obtenidas con la cámara para que pudiera reconocerla.

"La tristeza seguía ahí, pero al mismo tiempo apareció una calma muy grande. Poder identificar a un ser querido también hace parte del proceso de despedirse."

Dice que ese instante le permitió comprender que rescatar cuerpos también significa aliviar el sufrimiento de quienes permanecen esperando respuestas.

Siempre, antes de empezar una jornada hace un circulo con sus compañeros y dedica una oración en portugués, por lo general es un Padre Nuestro, la oración universal. Fotografía: Armando Díaz.

Un padre lejos de casa

Mientras permanecía en Venezuela, su hijo seguía cada día las noticias desde Brasil.

Habían pasado fechas importantes que normalmente compartirían juntos. Hablar por teléfono se convirtió en la única forma de mantenerse cerca.

"Él me decía que me extrañaba mucho, pero cuando le contaba que estábamos ayudando a personas que habían perdido a toda su familia, se sentía orgulloso."

Yamamoto sonríe al recordar esas conversaciones. Dice que regresará a Ilhabela con una mochila llena de herramientas, pero sobre todo de aprendizajes.

"Quiero enseñar todo lo que vi aquí. No solamente cómo se trabaja en una emergencia, sino cómo un pueblo puede mantenerse de pie incluso cuando parece haberlo perdido todo."

Luego de salir de los túneles Yamamoto no solo busca agua para beber sino para echarla en su cuerpo como forma de refrescamiento y de limpiar todo rastro de escombros de su cuerpo. Fotografía: Armando Díaz.

Una redención inesperada

Después de un mes de trabajo, Yamamoto y su equipo preparan el regreso a Brasil.

No se lleva reconocimientos ni busca protagonismo. Dice que llegó a Venezuela creyendo que venía a ofrecer ayuda y terminó descubriendo que también necesitaba ser rescatado.

"Soy un pecador como cualquier otro. Vine buscando una transformación y creo que la encontré aquí."

Cuando cierre su cuaderno por última vez antes de abordar el avión, las últimas páginas ya no hablarán únicamente de edificios destruidos, personas rescatadas o familias en duelo. Hablarán de una búsqueda personal que comenzó mucho antes del terremoto y que, contra toda lógica, encontró respuesta precisamente entre los escombros de una de las mayores tragedias que ha vivido Venezuela.

Porque Yamamoto está convencido de que Dios no lo esperaba en un templo ni en una iglesia. Lo esperaba dentro de un túnel abierto entre toneladas de concreto, rodeado de personas que, aun después de perderlo casi todo, seguían ofreciendo un café, un abrazo o una palabra de esperanza a quienes habían llegado desde tan lejos para tenderles la mano.

Únete a nuestros canales en Telegram y Whatsapp. También puedes hacer de El Carabobeño tu fuente en Google Noticias.

Newsletters

Recibe lo mejor de El Carabobeño en forma de boletines informativos y de análisis en tu correo electrónico.

Yamamoto encontró la redención con Dios entre los escombros de La Guaira

Yamamoto viajó desde Sao Paulo en Brasil a La Guaira para tener un encuentro cercano con Dios y en medio del sufrimiento lo ha logrado. Fotografía: Armando Díaz.
[code_snippet id=10 php format]