Cuando el suelo dejó de moverse comenzó otra emergencia. Ya no eran los segundos interminables del terremoto ni el estruendo que hizo temblar edificios enteros en la costa carabobeña. El verdadero miedo apareció cuando cayó la noche y cientos de personas comprendieron que no podrían regresar a sus apartamentos.
Los ascensores dejaron de funcionar, las tuberías colapsaron en varios edificios, las paredes se abrieron con grietas profundas y el agua, la electricidad y el gas desaparecieron al mismo tiempo. En urbanizaciones enteras del municipio Juan José Mora, las familias improvisaron refugios en aceras, plazas y estacionamientos mientras esperaban un diagnóstico sobre unas estructuras que hasta esa tarde habían llamado hogar.
En medio de esa incertidumbre, cada familia comenzó a hacer cuentas diferentes. Unos pensaban en los medicamentos que habían quedado dentro de sus viviendas. Otros en las fotografías familiares, los muebles o los años de esfuerzo invertidos para comprar un apartamento. Había quienes únicamente daban gracias por seguir vivos.

"Pasamos de tenerlo todo a no tener nada"
Marioxis Chirinos todavía habla con la voz quebrada. Han pasado varias horas desde el terremoto, pero la imagen continúa intacta en su memoria.
Vivía junto a su esposo en el séptimo piso de Colinas de Mara II. Él había sufrido un infarto tiempo atrás y además es hipertenso. Cuando comenzó el movimiento ambos estaban separados dentro del edificio y el único objetivo de Marioxis fue llegar hasta él.
"Eran como las seis y media cuando escuchamos un eco grandísimo y todo empezó a moverse. Yo solo pensaba en mi esposo porque estaba solo. Bajé como pude por las escaleras mientras veía el desespero de toda la gente. Nadie sabía qué hacer".
Los ascensores habían quedado fuera de servicio y cientos de vecinos descendían al mismo tiempo entre empujones, llantos y gritos. Cuando finalmente logró reunirse con su esposo entendió que el apartamento ya no era un lugar seguro.
Una de las paredes que comunica con el pasillo quedó completamente fracturada. "Desde adentro puedes ver hacia afuera. Si alguien se apoya allí probablemente se venga abajo".
Después de 17 años viviendo allí, la pareja quedó en la calle sin saber dónde pasará las próximas noches.
"Hay adultos mayores, personas con discapacidad y niños. Somos 239 familias distribuidas en tres bloques que quedaron inhabitables. No tenemos un refugio, no sabemos para dónde ir. Lo único que pedimos es que no nos abandonen".
Mientras habla observa las ventanas abiertas de su edificio. Dentro permanecen muebles, electrodomésticos y recuerdos que quizá nunca podrá recuperar.
"Agradecemos a Dios porque fueron pérdidas materiales y no humanas. Pero uno siente que pasó de tenerlo todo a no tener nada".

Quince años de esfuerzo reducidos a escombros
A pocas cuadras de allí, Mirve Hernández camina lentamente por lo que hasta hace unas horas era la cocina de su apartamento.
Las baldosas están levantadas, hay trozos de concreto sobre el piso y cada paso produce un sonido distinto, como si la estructura recordara permanentemente que algo cambió para siempre.
Ella no estaba dentro de la vivienda cuando ocurrió el terremoto. Había salido a hacer ejercicio en unas escaleras cercanas y desde allí sintió cómo el suelo comenzó a sacudirse con violencia.
"Quedé paralizada. Bajé peldaño por peldaño porque no podía correr. Cuando llegué vi una nube de polvo saliendo de los edificios y pensé lo peor".
Lo que encontró después fue una escena difícil de olvidar. Personas llorando, vecinos abrazándose, adultos mayores desmayados por la impresión y familiares intentando comunicarse sin éxito con quienes aún permanecían dentro de los edificios.

"En unos minutos la vida cambió para todos". Hace quince años compró el apartamento en varias partes, pagando poco a poco hasta convertirlo en el hogar donde había invertido prácticamente todos sus ahorros.
Con el tiempo remodeló cada espacio. Hoy acaricia las paredes agrietadas como quien se despide de una etapa de su vida.
"Todo lo hice con muchísimo esfuerzo. Uno ve esto y siente que esos quince años desaparecieron en segundos". Ella y su familia decidieron no dormir allí.
Una amiga les ofreció alojamiento temporal, pero sabe que esa ayuda no será permanente.
La incertidumbre vuelve a aparecer en la conversación. "¿Y después qué hacemos? Esa es la pregunta que todos tenemos". También lamenta que, hasta ese momento, la asistencia oficial fuera insuficiente para la magnitud de la emergencia.
"No tenemos agua, no tenemos luz, no tenemos gas. Entiendo que hay problemas en muchos lugares, pero nosotros necesitamos ayuda".

Entre los muertos y los heridos
Mientras decenas de vecinos intentaban rescatar pertenencias, Ligia Mercedes Tolosa vivía una realidad completamente distinta. Es trabajadora del Hospital de Morón. Cuando comenzó el terremoto salía de su apartamento rumbo a la guardia.
Lo único que alcanzó a hacer fue dejar a salvo a su gato. "Lo protegí y salí corriendo. Todavía escucho ese ruido en mi cabeza. Era como cuando un río baja arrastrando piedras".
No volvió a pensar en su vivienda. Su prioridad era llegar al hospital. El panorama que encontró confirmó la magnitud de la tragedia.
Pacientes ingresando sin descanso, personas con fracturas, heridas abiertas, contusiones y familiares desesperados buscando atención. "Todo el hospital terminó funcionando prácticamente afuera. Se trasladó gran parte de la atención hacia el estacionamiento porque había temor de permanecer dentro".

Trabajó durante toda la noche. Vio fallecidos. Atendió principalmente a niños lesionados.
No fue sino hasta entregar la guardia, a las siete de la mañana, cuando pudo regresar a mirar lo que había quedado de su hogar. Entonces apareció otra preocupación. Comenzar de nuevo.
"Uno ya está en una edad en la que levantar otra vivienda parece imposible. Con el salario que tenemos uno apenas decide si compra comida o paga un servicio. Ahora hay que empezar desde cero".
Perder la casa para ayudar a otros
No todas las historias terminaron entre lágrimas. Algunas encontraron una forma distinta de enfrentar el dolor.
Génesis Fernández vive en Cumboto, Puerto Cabello. Su edificio quedó incluso más afectado que otros conjuntos residenciales del municipio.
Desde el noveno piso vio caer objetos, romperse tuberías e inundarse los pasillos mientras intentaba protegerse junto a su esposo. Cuando finalmente lograron salir comprendieron que habían perdido prácticamente todo.
Sin embargo, decidieron hacer algo que ni ellos mismos habían imaginado horas antes. Compraron alimentos, refrescos, agua y golosinas para repartir entre otras familias afectadas. "Si Dios nos dejó con vida era porque teníamos que ayudar".
Desde entonces recorren distintos sectores de Juan José Mora distribuyendo comida entre quienes permanecen en las calles. "Hay personas que no han comido en todo el día. A veces una lata de sardinas, una catalina o un vaso de jugo hacen una diferencia enorme".
Mientras sirve bebidas a varios vecinos insiste en que el terremoto le dejó una enseñanza. "Perdimos lo material, pero seguimos vivos. Ya eso es una victoria".
Su llamado ahora es a que más personas se sumen a las labores de apoyo.

La emergencia apenas comienza
Ahora la emergencia entra en una etapa distinta. Ingenieros deberán determinar cuáles edificios podrán recuperarse y cuáles tendrán que ser demolidos. Mientras eso ocurre, centenares de familias permanecen desplazadas, dependiendo de la solidaridad de vecinos, familiares o amigos para tener un techo donde dormir.
El desafío tampoco será únicamente reconstruir paredes. Habrá que reconstruir proyectos de vida.
Cada apartamento agrietado representa años de trabajo, créditos pagados durante décadas, remodelaciones hechas poco a poco y recuerdos imposibles de reemplazar. Detrás de cada puerta clausurada hay una historia similar a la de Marioxis, Mirve, Ligia o Génesis, venezolanos que en menos de un minuto pasaron de la rutina cotidiana a preguntarse dónde dormirían esa misma noche.
Cuando vuelva la calma y desaparezcan las cámaras, la emergencia seguirá allí. Porque los terremotos duran segundos, pero para quienes pierden su hogar, las réplicas más difíciles son las que continúan durante los meses y años posteriores.









