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Entre el original y la copia siempre hay distinciones, pero vale la pena buscar semejanzas y diferencias entre el modelo fidelista y el chavista que lo ha pretendido emular. Todo por la desgracia, que hemos tenido los venezolanos, de soportar la mala imitación de un pésimo régimen que fracasó estruendosamente. Lo peor, para nosotros las víctimas, es que el original quiere rectificar y los imitadores, victimarios nuestros, insisten en la errática y criminal conducta.

Hugo Chávez, sin los “méritos épicos” de Fidel, quiso asumir una jefatura a imagen y semejanza de su delirante ídolo. Sobre todo en lo tocante a la idea totalitaria de imponer un partido político único, para él dirigirlo omnímodamente. Eso lo logró Fidel, con creces, a imitación de Stalin, Mao, Pol Pot y el coreano Kim Il Sung, sus ídolos. Ya vimos cuál es el resultado de toda dictadura: si es de derecha asesinan a sus oponentes, aunque no maten de hambre a su población; si es de izquierda, asesinan a sus oponentes y matan de hambre al resto de la nación. Diferencia sutil, aunque igualmente despreciable.

Ya denunciaba a la tiranía fidelista, no un “gusano”, sino nada menos que el héroe comunista español -de la resistencia anti fascista, preso en campos de concentración nazi- como fue Jorge Semprún, quien narra en su famoso libro Autobiográfía de Federico Sánchez, sus impresiones con Fidel en La Habana. Oigámoslo: “Le oí decir a Fidel en un mitin, en la Plaza de la Revolución de La Habana, este perla que me dejó estupefacto: ´El partido lo resume todo. En él se sintetizan los sueños de todos los revolucionarios a lo largo de nuestra historia: en él se concretan las ideas, los principios y la fuerza de la revolución; en él desaparecen nuestros individualismos y aprendemos a pensar en términos de colectividad; él es nuestro educador, nuestro maestro, nuestro guía y nuestra conciencia vigilante, cuando nosotros mismos no somos capaces de ver nuestros errores, nuestros defectos y nuestras limitaciones; en él nos sumamos todos y entre todos hacemos de cada uno de nosotros un soldado espartano de la más justa de las causas y de todos juntos un gigante invencible…´.
“Son palabras, nos dice Semprún, de Fidel Castro, primer Secretario del PCC; primer ministro, comandante en Jefe de los Ejércitos de tierra mar y aire; primer jugador de baloncesto, primer especialista en la vaca lechera, primer agricultor y machetero en el Primer Congreso del PC de Cuba. (…) Naturalmente, al sintetizar líricamente lo que es el Partido (la mayúscula es de Castro: también en esto se ajusta a la tradición), al glorificarlo y deificarlo, Fidel Castro silencia un aspecto esencial de semejante concepción de la vanguardia comunista: la necesidad de tener en la cúpula de la organización un jefe máximo, un gran timonel, un generalísimo, un primer secretario. En realidad, todas las virtudes que Fidel Castro atribuye al Partido son sus propias virtudes personales – reales o supuestas, pero en todo caso consustanciales a este tipo de dirigente carismático de la revolución- son sus primeras virtudes teologales. Cuando está hablando del Partido, Fidel Castro está haciendo su autorretrato imaginario: el Partido es su ego y su superego. El Partido lo resume todo y él resume y asume el Partido y en él el Partido se consume, o sea, es consumido y consumado”.

Habría que imaginar lo que opinaría este portentoso intelectual, quien sufrió en carne propia los extravíos estalinistas de la dirección del Partido Comunista español, si hubiese oído aquellas peroratas de Hugo Chávez cuando gritaba, él mismo, ante sus seguidores: Uh, ah, Chávez no se va”. O aquella otra: “con hambre y sin empleo con Chávez me resteo”. Aunque lo más grave es ver la melancólica estampa de Maduro imitando, de la peor y bufonesca manera, a su mentor hasta en aquellas interjecciones inexplicables del ¿eh?, ¿eh?, cuando quiere ponerle énfasis a algunos de sus disparates imitativos.

En algo nos diferenciamos ostensiblemente: el régimen cubano anda en tratativas con sus antiguos archienemigos yankis para rectificar el rumbo y, en cambio, estos mapletos (Ramos dixit) imitadores de pacotilla, insisten en mantener el error en la creencia que, corriendo la arruga, lograrán salvar su patrimonio mal habido y lograr la impunidad de sus delitos. No me canso de repetirlo, aunque no me oigan: ¡no cierren los caminos democráticos! no se mantengan siendo los tontos útiles de los cubanos, ahora de Raúl, quien torpedeando el diálogo venezolano gana tiempo para preparar su propia salida en paz, en su cama, como el que se fue. Es que en el interín pueden ser ustedes, los de aquí, los que pelen el borde de la cama. Esas caídas… suelen ser mortales.




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