El sueño de competir en a nivel nacional suele construirse con disciplina, madrugadas de entrenamiento y una voluntad férrea de superación. Para muchos karatecas, y otros deportistas venezolanos, ese anhelo también depende de factores ajenos al tatami.
En el kárate carabobeño, el talento y la constancia no siempre son suficientes. La posibilidad de asistir a un campeonato está condicionada, en gran medida, por la capacidad de reunir los recursos económicos necesarios.
José Colmenares, sensei del dojo que lleva su nombre y con más de 35 años dedicado a esta disciplina, enfrenta nuevamente esa realidad. Cinco de sus atletas infantiles han logrado clasificarse para el Campeonato Nacional Infantil, que se celebrará en Mérida entre el 14 y el 18 de abril.
La cercanía de la fecha añade presión a una situación ya compleja. El equipo necesita aproximadamente 2.500 dólares para cubrir gastos de transporte, inscripción y hospedaje. En promedio, cada niño debe aportar alrededor de 450 dólares, una cifra que para muchas familias representa un desafío considerable.
El esfuerzo no se limita únicamente a los atletas. Los instructores también deben acompañar a los competidores, lo que incrementa los costos logísticos.

La meta a lograr
Hasta ahora, cerca del 60 % de los gastos ha sido cubierto por los propios representantes, quienes han recurrido a colectas y otras actividades para intentar garantizar la participación de los niños. “Cada aporte es un granito de arena para poder cumplir el objetivo”, explica Colmenares, quien observa con preocupación cómo estas estrategias de financiamiento se han convertido en una constante dentro del deporte nacional.
El sensei recuerda que esta realidad contrasta con décadas anteriores, cuando el respaldo institucional era más frecuente. Según su experiencia, la disminución del apoyo gubernamental comenzó a hacerse evidente hace al menos diez años. Ante esta ausencia, los entrenadores han buscado alianzas con el sector privado, aunque la respuesta no siempre ha sido favorable. “Hay empresas que ni siquiera responden”, señala, lo que evidencia la dificultad de sostener proyectos deportivos en medio de un entorno económico adverso.
A la par de este desafío, el dojo enfrenta otro compromiso de gran envergadura. José Daniel Colmenares, destacado atleta y múltiple campeón, se prepara para participar en un evento centroamericano de alto nivel a finales de mes. Sus gastos ascienden a 4.500 dólares, una cifra que incluye traslado, hospedaje y logística de competencia. A diferencia del caso de los atletas infantiles, aún no se ha logrado reunir financiamiento para esta participación, lo que incrementa la incertidumbre.

Octavo campeonato
José Daniel suma ya su octavo campeonato internacional como karateca, y su trayectoria ha estado marcada por el mismo patrón de autogestión. En más de una ocasión ha tenido que viajar solo para representar al país, una situación que, aunque demuestra su determinación, dista de las condiciones ideales para un atleta de alto rendimiento. “Lo ideal es que el equipo completo pueda acompañarlo, como ocurrió en un torneo en Recife. Al final, la prioridad es el atleta”, enfatiza el sensei.
El joven atleta es hijo del sensei, por ende desde los dos años practica la disciplina, hoy porta un cinturón de color marrón y sabe bien lo estresante que es tener que hacer colectas. Lo primero que dice es que es complejo. "No es como muchos creen que tú vas a la alcaldía y pides el dinero y ya. No, siempre hemos tenido que hacer rifas, pero casi siempre se ha logrado".
José Daniel recuerda las dos veces que no lo logró. Fueron momentos duros, pero solo ocurrieron al principio.
La falta de recursos y patrocinantes es casi el día a día de la mayoría de los deportistas en Venezuela. Más aún porque buena parte de las disciplinas deportivas no gozan de la popularidad que otras como el béisbol o el fútbol tienen, pero como José Daniel dice. "Nada me ha impedido seguir luchando".

Para ganar más títulos
Con orgullo el karateca comenta que ha obtenido títulos de campeón panamericano y suramericano. A él le hubiese gustado participar en esas dos competiciones que se le escaparon de las manos por no tener el dinero. Se trató del Panamericano en Chile y el Centroamericano en Nicaragua, pero todo eso le sirvió para fortalecer su espíritu y no dejarse llevar por la preocupación que significa pensar en si se llega o no a la meta.
Aún recuerda que en aquel momento se sintió embargado por la tristeza. "Era mi primera vez en una competencia de gran envergadura".
Una realidad que al joven le preocupa es que la falta de recursos se normalice tanto. Lo dice porque en muchas disciplinas los deportistas hacen potazos bajo los semáforos. Esta conducta es incluso condenada por las federaciones deportivas, pero no dejan de resaltar la profunda crisis que viven los jóvenes que le dedican su vida a un deporte.
"La gente no entiende que no todo el mundo te va a dar dinero". Esa realidad es un peso fuerte para un deportista promedio. Él recuerda que otro deportista que practicaba Jiu Jitsu tuvo que hacer una colecta en la calle. "Hay que abrir los ojos y entender que hay un gran esfuerzo detrás de todo esto, que va más allá de ejercitarse. Es una demostración de lo persistentes que somos para lograr ese sueño".
Esta realidad pareciese ser exclusiva de Venezuela, o al menos así lo precisa el karateka quien ve cómo en otros países estos temas no se presentan. "Es algo que ocurre aquí".

El caso del dojo Colmenares refleja una realidad más amplia del deporte venezolano. Allí el talento y la perseverancia conviven con la necesidad constante de gestionar recursos. Cada viaje, cada uniforme, cada par de guantes o protectores implica un esfuerzo económico significativo que recae, en gran medida, sobre las familias y entrenadores.
Más allá de las medallas o los resultados, estas historias revelan el compromiso de una comunidad que se resiste a abandonar sus sueños deportivos. En cada rifa, en cada aporte solidario y en cada entrenamiento se construye una red de apoyo que permite a los atletas seguir adelante. El camino hacia la competencia no solo se mide en puntos o combates ganados, sino también en la capacidad de superar obstáculos que van mucho más allá del tatami.









