(Foto Referencial)
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Cecilia Bello pasó con su esposo e hijos el Año Nuevo en Cartagena. Se fue el 28 de diciembre por tierra, un viaje relativamente tranquilo y costoso. De regreso a Valencia la experiencia fue diferente.

“Pasamos por cuarenta alcabalas entre Paraguachón hasta el paso fronterizo, a través de una trocha. A cada 10 pasos te paraban y tenías que pagar vacuna porque si no te podían robar o quién sabe si hasta matar. Ahí te encuentras a niños, adultos, mujeres y hombres con pistolas, ellos sostienen una cuerda en medio del camino: si pagas, pasas”.

La primera de esas alcabalas, en Colombia, era un inmenso portón con candado, cuya llave solo apareció cuando pagaron la vacuna.

Los carros viejos abundan en las desoladas zonas: caprices, malibúes y camionetas antiguas custodiadas por hombres encapuchados que van montados en el capó. “A esos no hay ni que mirarlos ni contradecirlos, son peligrosos”, recordaba con temor Cecilia. “Le pagamos a cada uno entre 500 y mil bolívares”.

mafias se encargan de los cambios monetarios

Cecilia Bello cree que la frontera está cerrada porque abrirla no le conviene a nadie, por las mafias que se encargan de los cambios monetarios y de aquellas que controlan la entrada y la salida de las personas. “Eso es algo que está la vista de todos pero ningún gobierno se mete.

Antes de llegar al esperado paso no pudo evitar recordar lo que vivió 10 días antes, del otro lado. Ese guardia que custodiaba como centinela la frontera fue lo primero que mencionó: les cobraba cinco mil bolívares para poder entrar al territorio colombiano. “Ese dinero no lo recibió él. No, no, no. Lo agarró un testaferro que le hace ojos al guardia y se metió el dinero en el bolsillo, eso está prohibido”. El conductor los dejaba en la estación fronteriza, desolada y polvorienta. Ellos cruzaron bajo los ojos expectantes de los uniformados, quienes los dejaron pasar después de pagar. De allí a Cartagena no hubo inconvenientes, pero ahora estaba a punto de cruzar a su país, Venezuela.

 

Una requisa inhumana

Maltrato, humillación, abusos. Fueron las palabras de Cecilia cuando narró su llegada al paso fronterizo, mientras destacaba la educación mostrada por los efectivos colombianos, que los trataron con respeto.

Bello tiene 3 hijos. La mayor, de 21 años; el del medio, de 19; y la menor de 10, la que sufrió más en una requisa. Su equipaje llamó la atención de los guardias al captar algo brillante, posiblemente un objeto metálico. Una de las uniformadas preguntó con violencia a quién le pertenecía, a lo que la niña respondió con un poco de temor. El ambiente se tensaba mientras la madre miraba con cautela y enojo a la mujer guardia, que zarandeó y maltrató de forma verbal y física a la niña, por no abrir la maleta en el tiempo que ella quería que lo hiciera.

Las cosas quedaron regadas por el suelo, las franelas, los pantalones. El objeto era un chocolate de envoltura brillante. La madre protestó, por lo que una funcionaria de la Defensa del Menor tomó datos de la uniformada y regresó a su puesto de trabajo. Bello sabía que ese papel desaparecería y no habría sanción alguna. Ya estaban en Venezuela, la dimensión de lo posible.

 

Gastos y gastos

Al comenzar su travesía, los problemas eran parte de lo cotidiano. Reflejo de la realidad de miles de venezolanos que intentan viajar a Colombia. Las fechas próximas a año nuevo dificultaron un Big Low abierto, pero facilitaron la estafa que sufrió al comprar boletos de un autobús inexistente, lo que la llevó a pagar cinco tickets a 8 mil 500 bolívares cada uno, para poder abordar un bus que la llevara a Maracaibo.

En la ciudad del Sol Amada, un carrito por puesto fue la única alternativa para la familia que quería llegar a Colombia. 20 mil bolívares por persona la acercaron más a la incierta frontera y en total el viaje llegaba a un costo de 145 mil 500 bolívares. La cifra subiría. Entre la ida y el regreso gastaron 500 mil bolívares.

Cecilia Bello concluyó con una afirmación: “No dejaría jamás mi país, no lo cambio por nada, lo que tenemos aquí no lo tienen otros, nosotros podemos aguantar un poquito, pero afuera siempre serás extranjero, te tratarán mal, además de estar rayados en todos lados, sólo me iría por el futuro de mis hijos, pero sigo con un inmenso amor por mi Venezuela”.




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