Desde el 24 de junio, muchas casas de Carabobo volvieron a tener electricidad, agua y parte de la rutina que se interrumpió durante el terremoto. Sin embargo, para cientos de personas el movimiento no terminó cuando dejó de sacudirse el suelo. Continúa de noche, en el cuerpo, en los sonidos de los edificios y en la sensación de que cualquier vibración puede anunciar una nueva emergencia, un nuevo trauma.
Hay quienes no han vuelto a dormir profundamente. Otros se despiertan varias veces durante la madrugada, convencidos de que la cama se mueve. Algunos mantienen una mochila con documentos, medicamentos, ropa y dinero junto a la puerta. También hay personas que tiemblan sin poder controlarlo cuando escuchan el paso de un camión, el ruido de una moto o el crujido de una pared.
Las consecuencias materiales del terremoto son visibles en grietas, frisos desprendidos, viviendas desalojadas y edificios sometidos a inspecciones. Las consecuencias emocionales, en cambio, ocurren puertas adentro, ahí se gesta el trauma. Son más difíciles de medir, pero están presentes en familias que intentan retomar sus actividades mientras el miedo se instala en la rutina.
Dormir con los zapatos junto a la cama
El teléfono de María Antonieta Jorge suena a las 3:30 p.m. La llama un alto ejecutivo de una reconocida tienda de línea blanca. Necesitan sus servicios como psicólga porque una gerente sufrió uan crisis nerviosa y debe aplicar Primeros Auxilios Psicológicos (PAP).
La especialista estuvo al menos dos horas atendiendo a la mujer, quien tenía un cuadro severo de ansiedad y la perenne sensación de que iba no solo a temblar, si no que el movimiento telúrico sería igual o más devastador que el que arrasó con La Guaira.
Jorge, aunque lleva una larga trayectoria en manejos de traumas y crisis nerviosas, admite que le ha costado autoregularse, pero tiene todas las herramientas a la mano para ayudar a otros.
En Valencia los daños son leves, como lo señaló el estudio del Colegio de Ingenieros, exceptuando las zonas de Puerto Cabello y Morón. Para el carabobeño promedio lo vivido fue suficiente para desarrollar un trauma prolongado en el tiempo y que se ha exacerbado con cada réplica que se siente, dice Jorge. Para ella, la información difundida en redes sociales más que informar está alimentando temores y paranoías.
A Jorge le costó más de lo normal estabilizar a su paciente. No bastó solo con aplicar PAP, sino que tuvo que desarrollar una terapia para que la mujer pudiera expresar todo su sentir y canalizar las emociones.
Carmen Páramo vive en el edificio Bella Vista, evacuado durante las primeras horas posteriores al terremoto. Cada noche deja los zapatos deportivos al lado de la cama. También mantiene un bolso con sus documentos personales, medicinas y algo de ropa.
Dice que no lo prepara porque crea que el terremoto ocurrirá nuevamente, sino porque necesita sentir que está lista si algo vuelve a pasar. "Cuando cierro los ojos escucho otra vez los gritos de la gente. Recuerdo las lámparas moviéndose, las puertas golpeando y a los vecinos bajando por las escaleras. A veces me despierto pensando que todo está temblando, pero luego me doy cuenta de que no pasa nada".
El silencio de la madrugada se volvió especialmente difícil. Antes, los ruidos normales de un edificio pasaban desapercibidos. Ahora cada sonido tiene otro significado. Una tubería, un ascensor, una puerta cerrándose o el movimiento de un vehículo en la calle pueden convertirse en una señal de alerta. "Uno empieza a mirar las paredes, a revisar si hay grietas nuevas, a preguntarse si el edificio está bien. Es agotador porque el cuerpo está acostado, pero la mente no descansa".
Cuando el cuerpo sigue temblando
En Naguanagua, Aurora Hernández experimenta otra forma de miedo. Ella vivió el terremoto fuera de su apartamento, mientras hacía las compras en el supermercado a unas cuantas cuadras de su edificio. Cuando el terremoto empezó vio botellas caer al suelo y por momentos sintio que todo un anaquel la aplastaría.
Asegura que desde entonces siente temblores en el cuerpo, incluso cuando todo alrededor permanece quieto. "Me tiemblan las piernas y las manos. A veces estoy sentada y siento como si el piso se estuviera moviendo. Miro a los demás para ver si ellos también lo sienten, pero nadie reacciona. Ahí entiendo que es mi cuerpo, mí trauma".
La sensación suele aparecer de manera inesperada. Algunas veces mientras conversa con familiares, otras cuando intenta dormir o cuando escucha el ruido de una gandola en la calle. El temor no solo está relacionado con la posibilidad de otro sismo, sino con la memoria de lo que vio después del primero. "Uno queda con la imagen del polvo, de la gente llorando, de las paredes abiertas. Es como si el cuerpo no entendiera que ya pasó".
Hernández evita permanecer en espacios cerrados por mucho tiempo. Cuando visita a alguien busca sentarse cerca de una puerta o una ventana. Dice que necesita saber por dónde saldría si vuelve a ocurrir una emergencia.
La alarma que se activa con cualquier ruido
Oriana Rojas no supera lo ocurrido y dice estar hipersensible. Trabaja en el área administrativa de una oficina en la Avenida Bolívar y explica que esta mañana cuando llegó un empleado ella no sintió el movimiento, pero cuando lo vio pasar soltó un grito y se abalanzó contra la mesa. "Siento que cualquier cosa que pase de sorpresa es una alerta que me hace estar al borde del colapso".
En un solo día Rojas ha vivido tres episodiso similares. Dos horas después su jefe veía un video y en este sonó una alarma muy similar a la que sonó en su celular el 24 de junio durante el sismo. De inmediato Rojas se levantó de la silla y corrió hacia la salida de la oficina con las lágrimas en el rostro. Fue una compañera la que la detuvo y le dijo que todo estaba bien.
Rojas dice sentirse hasta como idiota, porque puede parecer ante los demás como melodramática, pero el temblor despierta una de sus peores fobias, la claustrofobia. "No me imagino solo la muerte, sino tratando de luchar para escaparme de los escombros.
El sueño se ha vuelto una tarea difícil desde entonces, porque tiene pesadillas y despierta siempre creyendo que tiembla. Su esposo le pone la mano en le pecho y le dice. "Todo está bien", pero aunque sabe que es verdad, ella no lo termina de creer.
El cerebro después de una amenaza
La psicóloga clínica María Fernanda Araujo explica que estas reacciones son frecuentes después de vivir un evento potencialmente mortal como un terremoto. Durante el sismo, el cerebro activa de inmediato los mecanismos de supervivencia y prepara al cuerpo para huir, esconderse o protegerse.
En ese proceso aumenta la producción de adrenalina y cortisol. El corazón se acelera, la respiración cambia, los músculos se tensan y la atención se concentra en identificar cualquier señal de peligro. El problema es que, una vez termina el evento, el cuerpo no siempre logra desactivar esa alarma de manera inmediata.
"Muchas personas quedan en un estado de hipervigilancia. Eso significa que el cerebro continúa buscando amenazas, aunque ya no exista un peligro real en ese momento. Por eso un ruido fuerte, una vibración o un crujido pueden activar nuevamente la respuesta de miedo".
La especialista señala que la dificultad para dormir, las pesadillas, los sobresaltos, las tembladeras, la irritabilidad, la sensación de que el suelo se mueve y el deseo de mantenerse cerca de una salida son respuestas que pueden aparecer durante los primeros días o semanas después de una catástrofe. "No se trata de debilidad. Es una reacción del sistema nervioso frente a algo que rompió la sensación de seguridad. El cuerpo intenta protegerse, aunque a veces lo haga de una manera que afecta la vida diaria".
Niños que no quieren dormir solos
El miedo también se instaló en los niños. En varias familias de Carabobo, padres relatan que sus hijos comenzaron a pedir dormir acompañados, se niegan a permanecer solos en una habitación o preguntan constantemente si el edificio puede caerse. Algunos han vuelto a mojar la cama. Otros dibujan casas partidas, personas corriendo o edificios inclinados.
Para los psicólogos, estas conductas son formas de expresar una angustia que los niños no siempre pueden explicar con palabras.
Araujo recomienda no minimizar sus preguntas ni responder con frases que prometan que nunca volverá a ocurrir un terremoto. Considera más útil explicarles que los adultos están pendientes, que existen medidas para protegerse y que pueden hablar sobre lo que sintieron. "Los niños necesitan recuperar las rutinas. Comer a la misma hora, volver a clases cuando sea posible, jugar y dormir con horarios establecidos ayuda a que el cerebro entienda que la emergencia terminó".
También aconseja evitar que los menores permanezcan expuestos durante horas a videos de edificios derrumbados, noticias sobre muertos o imágenes repetidas del momento del terremoto.
Cuándo buscar ayuda
La especialista aclara que sentir miedo durante las primeras semanas no significa necesariamente que una persona desarrollará un trastorno psicológico. Sin embargo, recomienda buscar atención profesional cuando los síntomas se mantienen o empeoran con el paso del tiempo.
No poder dormir durante varias noches, sufrir ataques de pánico frecuentes, evitar salir de casa, negarse a entrar a edificios, consumir alcohol o medicamentos para calmar la ansiedad, tener recuerdos intrusivos constantes o sentir que no se puede retomar la vida cotidiana son señales que requieren acompañamiento.
"El trauma no depende solo de cuánto duró el terremoto. Depende de lo que cada persona vivió. No es igual para alguien que sintió un movimiento desde su casa que para quien vio caer una pared, perdió a un familiar, quedó atrapado o tuvo que salir corriendo con sus hijos". La atención psicológica puede ayudar a procesar la experiencia antes de que el miedo se convierta en una condición permanente, agregó la especialista.
Las grietas que no se ven
Mientras tanto, un centenar de psicólogos en redes sociales ofrecen consultas gratuitas como una manera de prestar una labor social. Ernesto Santos es uno de ellos, es psicoterapeuta y en su whatsapp colgó un flyer con la invitación. Desde entonces no ha descansado.
"Son consultas gratuitas de 30 minutos. Puede volverse abrumador porque caes en cuenta en que hay demasiada gente en el país con una sensación de vulnerabilidad profunda. Puedo atender hasta 15 personasen un solo día y como profesional es imposible no sentirse drenado. Yo también he hecho terapia porque nosotros también absorbemos toda esa carga emocional y esas son grietas que no se ven".









