Magnífica Humanitas, 4

León XIV antes de abordar la cuestión de la técnica y su dominio, y recordar la grandeza de la persona humana “ante las promesas de la IA”, resume en su encíclica al desarrollo humano integral apelando a San Pablo VI

Junto a los fundamentos - el ser humano, creado a imagen de Dios, con igual dignidad a la de sus semejantes, y el altísimo valor de los derechos inherentes e inalienables que de esta se desprenden - y los principios cardinales de la doctrina social de la Iglesia que se apalancan sobre aquellos - bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia social - la encíclica Magnifica Humanitas confluye, como realidad que ha de contrastarse dentro de la historia, tamizándola, en la idea o el concepto ya citado del desarrollo humano integral. 

Lo entiende y para ello apela a la continuidad del magisterio al respecto, en planos diversos que interactúan a partir de su piedra angular o corazón, el de la dignidad de la persona como criatura hecha a imagen de su Creador, a saber, el referido a las condiciones reales de la vida humana; a la valoración de las instituciones institucionales o económicas sobre si sirven o no al señalado desarrollo integral; y el de la compatibilidad de sus límites, los del desarrollo integral, con los límites que le fija la misma Creación y su respeto.

León XIV antes de abordar la cuestión de la técnica y su dominio, y recordar la grandeza de la persona humana “ante las promesas de la IA”, resume en su encíclica al desarrollo humano integral apelando a San Pablo VI y a su encíclica Populorum Progressio. Afirma, así, que su autenticidad ha lugar sólo si es “integral”, es decir, si está dirigido a “promover a todos los hombres y a todo el hombre”; lo que, actualizándolo y en su relectura con vistas a las nuevas cosas o los tiempos nuevos, dice, por una parte, que es en el desarrollo integral donde adquieren su concreción histórica los fundamentos y principios de la doctrina social mencionados y, por la otra, que se trata, éste, de un proceso inclusivo de la persona y de toda persona sin descartes, como actora de su propia maduración y perfectibilidad, en todas sus expresiones y para alcanzar calidad de vida no sólo biológica sino humana. En “sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa Común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir”, reza Magnifica Humanitas.

El desarrollo humano integral implica, así, una visión que innova, pues ha de encontrar su verificación en los tiempos nuevos y en - así la llama - la “ecología integral”, a saber, la que muestra y permite medir su capacidad para mantener unidas, sin separarlas, “la justicia hacia las personas” - vida digna, acceso a los bienes, relaciones sociales justas” - y la “custodia de la Casa Común”, sin olvidar en modo alguno “a las generaciones futuras”.

En su encuentro reciente del 8 de junio de 2026 con los miembros del Parlamento español, en la sede del Congreso de Diputados, haciendo referencia a su citada encíclica, León XIV les muestra caminos y experiencias para que puedan ser operacionalizados los varios fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia, releídos por Magnifica Humanitas de cara a los grandes desafíos del siglo en curso; que no se limitan a la cuestión de la custodia de la persona humana dentro de la gobernanza digital y de la IA en avance franco.

Lo primero que les señala es que el parlamento, donde en teoría han de armonizarse las diferencias sociales y ordenarse hasta convertirlas en decisión compartida, es donde encuentra su “forma jurídica” la convivencia social. En efecto, cumple su elevado cometido democrático, y único que puede darle legitimidad a sus pronunciamientos normativos, cuando más allá de los sacramentos constitucionales, los representantes del pueblo tienen claridad sobre “qué concepción de la persona humana inspira las leyes”; además, sobre “qué tipo de sociedad construyen esas leyes”. ¿Las anima el desarrollo humano integral, según los términos antes enunciados?, se pregunta.

El Obispo de Roma, al discernir al respecto precisa ante su audiencia de Madrid que “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana” y ella, de suyo, así como “precede a toda concepción del Estado”, jamás puede subordinarse “a consensos sociales mudables”.

No huelga recordar que ese principio ordenador e invariable, apagado durante las dos grandes guerras mundiales y bajo los totalitarismos del siglo XX, insurgió desde las cenizas que dejara el Holocausto para volver a situarse como el eje vertebrador, no sólo de la Carta de San Francisco de 1945 que le da vida a Naciones Unidas sino del propio ordenamiento constitucional de la derrotada Alemania. Tanto que, la Constitución que esta se da en 1949 proclama que: “La dignidad humana es intangible. Respetarla y protegerla es obligación de todo poder público. El pueblo alemán, por ello, reconoce los derechos humanos inviolables e inalienables como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”, según rezan los numerales 1 y 2 de su primer artículo.

Naciones Unidas, sensiblemente, desde los años ’60 favoreció, con su regreso al territorio del realismo político la sobreposición de la soberanía e independencia de los Estados, relegando al principio integrador e imperativo de respeto y garantía universales de los derechos humanos, que es de orden público, relegándolo a un plano subsidiario o sectorial dentro del Sistema de la ONU. No por azar, se ha dicho y los hemos señalado en otras circunstancias - apelando a las afirmaciones del actual secretario de la Organización, que esta “se encuentra al borde del abismo”, dado el estado del mundo y el planeta, la crisis climática, los conflictos bélicos insolubles y las desigualdades crecientes. 

Sin mengua de lo invariable - como la dignidad eminente de la persona y de todas las personas - cabe preguntarle al orden institucional contemporáneo, al trasluz de Magnifica Humanitas, si acaso este sirve o no, hoy, al desarrollo humano integral.

Todo ordenamiento jurídico positivo, lo dice León XIV ante el Congreso de Diputados, debe estar orientado por “la dignidad inviolable de la persona humana”. En la práctica le recuerda lo que probablemente haya olvidado ese poder del Estado, a saber, que los derechos humanos se desprenden de dicha dignidad y pertenecen al hombre y a todos los hombres por ser lo que es, dada su naturaleza, “por el hecho mismo de existir”. La razón humana puede reconocerlos como “exigencia inscrita en la verdad del hombre”, precisa el Pontífice.

La dignidad humana no es un derecho en sí mismo, sino el fundamento último de todos los derechos humanos, por inherentes a la persona, cuya realización efectiva, la de esta, es indispensable para el desarrollo integral, ha sostenido, siendo consistente con la doctrina social de la Iglesia antes esbozada, la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 

Hay “una cláusula universal de protección de la dignidad, cuyo basamento se erige tanto en el principio de la autonomía de la persona como en la idea de que todos los individuos deben ser tratados como iguales, en tanto fines en sí mismos según sus intenciones, voluntad y propias decisiones de vida. Ahora bien, un aspecto central del reconocimiento de la dignidad constituye la posibilidad de todo ser humano de autodeterminarse y escoger libremente las opciones y circunstancias que le dan sentido a su existencia, conforme a sus propias opciones y convicciones. En este marco juega un papel fundamental el principio de la autonomía de la persona, el cual veda toda actuación estatal que procure la instrumentalización del individuo, es decir, que la convierta en un medio para fines ajenos a las elecciones sobre su propia vida, su cuerpo y el desarrollo pleno de su personalidad, dentro de los límites que impone la Convención”, es el dicta que consta en su sentencia I.V. vs. Bolivia de 30 de noviembre de 2016.  

El bien común, por consiguiente, como lo reitera León XIV ante el Congreso español, “es la forma social de la dignidad humana” y ordenarla, así se lo recuerda, es una “grave responsabilidad” de los legisladores. No es aquella, lo reitera a tenor de lo ya explicitado en su encíclica, una suma de intereses. Es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”, sostiene el Papa, apoyándose en Gaudium et Spes

Espacios y tiempo, frente a lo virtual e instantáneo

De cara al ecosistema digital y de la IA a tenor de la encíclica y su lectura, “se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios en los que las comunidades pueden seguir participando e interrogándose”. Con ello ilumina caminos, sobre todo aquellos concretos en los que la afirmación de la dignidad humana ha de dejar de ser una cuestión abstracta. Se trata, así lo creemos, de acompasarnos a las cosas nuevas pero anclados sobre un espacio en el que las raíces se afirmen con el paso del tiempo, en modo de que su dinámica no nos transforme en hojas secas que el viento arrastra a su paso y las abandona luego, dispersándolas por doquier.

El Cardenal Bergoglio, quien más tarde conocemos como Francisco, decía bien que “los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o síntesis de laboratorio que los diluya en lo común, lo global” (La nación por construir, 2005).

Ante la deconstrucción que inevitablemente propicia el fenómeno global y en boga, para que su edificio mantenga estabilidad - el de las plataformas - sin que implosione, la doctrina social de la Iglesia le ofrece como columna de sustentación, en primer término, a la familia, “realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”, apunta Magnifica Humanitas. Y es que esta, “escuela de humanidad”, sitio o lugar en el que fragua “la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”, adquiere su significación como experiencia en la valoración igual o superior del tiempo - el tiempo es superior al espacio, predicaba el mismo Francisco - y en la misma medida en la que “entrelaza generaciones” y trasmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad”, explica León XIV. 

La sociedad como nación y en su contenido trascendente, que luego modela a su imagen, a la plaza pública o la res publica, es justamente obra de la memoria. De allí la crisis contemporánea, en lo nacional y en lo internacional, obra de la amnesia colectiva inducida, provocada deliberadamente por los enemigos de la civilización occidental, pensamos.

El otro sitio en el que madura la personalidad de cada hombre, varón o mujer, y en el que se entrelazan lo lugareño con lo temporal, es la escuela. El Papa, ante el Congreso de los Diputados recuerda la importancia de que los padres “puedan elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos”, otra vez sustentando el valor de la familia como odre - piedra angular - y su prolongación intergeneracional a través del tiempo y de su valoración en el espacio.

Dado el coetáneo fenómeno global de las migraciones, que rompen el sentido del espacio, vuelve a recordar León XIV que en y desde las fronteras se “vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Lo que reclama no es un enfoque económico o estadístico o relacionado con la gestión de los flujos, sino otro, moral y jurídico, además de verlo como desafío que “ninguna nación puede afrontar por si sola”.

De modo que, y probablemente sea esta la más útil enseñanza que deja el Pontífice en su paso por Madrid, apertrechado con las ideas cardinales de la doctrina social de la Iglesia que días antes renovara en Magnifica Humanitas poniendo su mirada sobre el horizonte del siglo XXI, y retomando el camino que inauguró una centuria atrás su predecesor, León XIII. 

Aquel se refiere al lugar, al único lugar en donde puede germinar “una sociedad verdaderamente democrática”, como proceso que exige del “diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos”. “Se requiere de una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación, y una vida social capaz de sostener la amistad cívica”, son sus palabras admonitorias ante los españoles.

Tutelar el ámbito íntimo de cada persona, “su libertad de pensamiento, de conciencia, y de religión”, es la clave de lo anterior como columna vertebral de la libertad; que, al cabo, según lo precisa León XIV, “no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección: significa poder reconocer el bien y adherir a él responsablemente”. Ese bien encuentra su síntesis, insiste, en los fundamentos y principios ordenadores de la doctrina social de la Iglesia enunciados. De donde el Estado contemporáneo, si pretende ser la expresión de una sociedad verdaderamente democrática, “requiere también una justa delimitación del poder público”.

Al término, lo que redescubre el autor de Magnifica Humanitas, fiel discípulo de Agustín de Hipona y cuidador de su carisma es que al entenderse a la paz “como la tranquilidad del orden” (tranquillitas ordinis), es decir, armonía que resulta de que cada cosa, persona y ser ocupe el lugar que le corresponde dándole a cada uno lo suyo, recuerda que no se trata solamente de “una realidad política o institucional”. En efecto, nace la paz en la conciencia de cada uno, y cuando el odio, el rencor o la indiferencia ceden a la reconciliación.

A manera de epílogo sirvan de orientación dos ideas. Una, constante en nuestra más reciente relectura de El derecho humano a la paz (2023), a cuyo tenor observábamos que, habiendo cedido tras quiebre epocal 40.000 años de una historia en la que rige, unas veces, la explotación del hombre por el hombre a propósito de la materia y de su acumulación, y otras, la explotación del hombre por el colectivo con vistas a la misma materia y su redistribución autoritaria por el Estado; esa dialéctica milenaria que reditúa ideologías llegada la modernidad — liberales, capitalistas, socialistas, o marxistas — y asimismo formas de concebir el mando, sea para el sostenimiento de la convivencia doméstica o la internacional, ha perdido su sustento.  

Vivimos, entre tanto, en el mundo de lo relativo, de lo descartable, que en apariencia obvia la esencia de lo humano y fluye con pasmosa rapidez. Es incapaz de sostener la armonía social y política, tal y como la hemos conocido: hija del diálogo directo unas veces y, otras, cabe admitirlo, producto de los armisticios. La hora, en suma, es otra. De momento es anomia. En el pórtico del siglo XXI surge, no obstante, otra historia pendiente de hacerse y de escribirse.  He aquí el hondo sentido, ni qué dudarlo, de Magnifica Humanitas y del magisterio de León XIV.

La otra idea, que abordamos en nuestra Relectura de la democracia (2024), mirando sobre lo actual y muy pertinente con vistas a la fuerte fragmentación o el deconstructivismo social y la radicalización consiguiente del pluralismo identitario debido a la desestatización de la política y el predominio de lo digital, es la del límite mínimo de aquella y la de éste, en modo de que puedan procurar una «interacción social» posible y moralmente aceptable.

La respuesta o solución al complejo problema que plantean los derechos humanos como contenidos de la democracia y ésta como exigencia sin la cual aquellos carecen de garantías por vía del Estado de Derecho constitucionalizado y a la manera de un derecho humano totalizador, no la tenemos en lo personal; pero habría de ser, otra vez, la del ancla de una nave que puede moverse dentro de unos límites sin alejarse de su eje, como lo predica Lawrence Whitehead (Teoría y experiencia de la democratización, 2011). Esa ancla, por lo visto, y si ante el descampado cabe reconstruir y ha de hacerse sobre la base de lo que somos cada uno y todos, nos la ofrece, providencialmente y como sosiego ante la incertidumbre, León XIV, Robert Francis Prevost, el sucesor que ocupa la Cátedra de Pedro.

En dos planos, este, el Santo Padre, purgando los dogmatismos, sitúa el dilema del ancla. Uno, que “el modo concreto de vivir las relaciones sociales a la luz del Evangelio no está establecido de una vez para siempre”. Otro, que “el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo”.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Magnífica Humanitas, 4

Asdrúbal Aguiar
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