La vía Valencia – Tucacas no es la misma. Está llena de carros, camionetas y motos, la mayoría llena de agua, comida, ropa, medicinas y demás insumos necesarios para quienes están afectados por los terremotos del 24 de junio. Pero, hasta el llamado camino a la felicidad, se siente distinto. El mar sigue azul a la derecha, las palmas siguen ahí, pero algo en el aire pesa diferente. No es el calor, que también aprieta. Es otra cosa. Una densidad. La imagen se ve como en sepia, como si alguien hubiera bajado la saturación del mundo justo antes de llegar a Boca de Aroa.
Cuando el pueblo aparece, lo primero que se ve son los niños. Decenas de ellos en la calle, corriendo, jugando, peleando con palos, riendo. Viviendo la tragedia a su manera, que es la única manera en que los niños saben vivirla: sin entenderla del todo, con el cuerpo todavía lleno de energía, aunque la casa ya no tenga techo. Los adultos los miran desde afuera de lo que quedó de sus viviendas, sentados en sillas o colchones que sacaron a la acera porque adentro el piso se mueve solo.

El callejón Mariño de Boca de Aroa siempre fue un lugar de encuentro de vecinos y familiares. En estos cuatro días no ha sido la excepción, pero se volvió un lugar donde el tiempo parece haberse detenido el miércoles 24 de junio a las 6:04 de la tarde.
"Se sintió como un montón de caballos trotando"
Wolfang Chirinos tiene 65 años y toda la vida viviendo en Boca de Aroa. Se define como el fundador de este lado del callejón. Es pescador. El miércoles trabajó desde las 7:00 a. m. de la arreglando piezas de chinchorro bajo el garaje de su casa, como hace todos los días. A las 6:00 p. m. el reloj sonó y Wolfang decidió descansar. Pero le faltaba un poquito para terminar. Así que siguió.
"A las 6:04 sentimos que venían como caballos, como un montón de caballos trotando. Yo estaba parado y se levantó un pedazo del piso y me dejó caer para el otro lado."

Se levantó. En ese mismo instante, el techo se vino abajo. Lo golpeó. La mata de mango del patio empezó a caer también. Su hijo salió por otro lado y le gritó: "La mata de mango te va a caer encima, papá." Wolfang salió corriendo por el lado contrario.
"Cuando salimos vimos la calle agrietada toda y que respiraba por ahí tierra, agua caliente y salía un ruido enorme también."
Su esposa había salido minutos antes. Wolfang da gracias por eso con una insistencia que dice todo sobre lo que podría haber pasado. Una vecina lloraba y gritaba por él porque pensaba que había quedado enterrado bajo el techo. "Gracias a Dios, salí antes."

La gente corrió hacia la playa. Es el instinto de los que viven en la costa: alejarse de las paredes, buscar el mar abierto. El mar al menos no se cae encima.
Casas afectadas
En el callejón Mariño, Wolfang cuenta con los dedos: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho casas afectadas. En todas hay daños que van de las grietas profundas en pisos y paredes hasta secciones de techo y muros que se derrumbaron. Algunas viviendas tienen el piso hundido de forma visible, con fracturas que corren de una pared a la otra como cicatrices. Otras tienen paredes que se inclinan hacia adentro con una geometría que no existía antes del miércoles.
Dentro de las casas, los que se atreven a entrar dicen que el piso se siente vivo. Una vibración sorda, casi imperceptible pero constante, que recuerda que la tierra no terminó de asentarse. Por eso la decisión colectiva es no entrar mucho. Sacar lo necesario y quedarse afuera.

"Nos retiramos de las casas y casi no entramos para las casas. Eso es lo que hacemos", explicó Wolfang con la calma de alguien que ya procesó el miedo y lo convirtió en protocolo de sobrevivencia.
También tomaron otra decisión: no dejar pasar carros por el callejón. "Las calles se hundirían más", dijo. El peso de un vehículo sobre ese suelo fracturado podría ser suficiente para terminar de colapsar lo que quedó.
Cuatro días sin luz, sin agua y sin que llegue ninguna autoridad
Han pasado cuatro días desde el terremoto. En Boca de Aroa no hay electricidad porque varios postes cayeron. No hay agua. Y, según Wolfang, no ha aparecido ningún funcionario.
" voy a ser sincero: aquí ha llegado mucha ayuda humanitaria, muchos voluntarios. Pero bomberos, funcionarios, cosas así no he visto. Ni siquiera he visto al alcalde ni al gobernador."
La Cruz Roja llegó recién este sábado por la mañana para hacer un censo. Nadie ha ido a decirles si los van a reubicar, si habrá un refugio, si el Estado tiene algún plan para ellos. Las más de 80 familias afectadas en Boca de Aroa están durmiendo donde pueden: en casa de vecinos, en casa de familiares, algunos directamente en la calle, en sillas sacadas a la acera bajo el cielo abierto de Falcón.

Lo único que no falta es comida. Los voluntarios llegan con ollas, con bolsas, con cajas. Pero la comida no repara una pared. La comida no devuelve el agua. La comida no le dice a una familia de cinco personas dónde van a vivir.
Las réplicas siguen, y el miedo también
El terremoto del 24 de junio no fue el último. Desde ese día, Boca de Aroa ha sentido varios movimientos, más suaves, pero suficientes para que cada vez que la tierra tiembla la gente salga corriendo otra vez, con el mismo instinto del miércoles, buscando el espacio abierto, alejándose de las paredes que ya no inspiran confianza.
Boca de Aroa sigue ahí, entre el mar y la montaña, con sus niños jugando en la calle y sus adultos mirando lo que quedó. El camino de la felicidad sigue existiendo en los mapas. Pero, después de los terremotos, la vía lleva a lugares que transmite sentimientos de tristeza, impotencia y desolación.









