Ana Zambrano hace un esfuerzo diario por sentirse como en casa, pero ella sabe que nunca lo será. Está en Ciudad de México desde septiembre de 2016, donde extrañar a su familia, amigos y a su tierra, se ha vuelto parte de su rutina.
Ella recuerda siempre la oración de una de las canciones de Franco De Vita: “el extranjero nunca tendrá patria”, que completa con: “y hay q aprender a vivir con eso”.
Las celebraciones decembrinas son otras desde que se fue. “Ahora pasamos Navidad mi hija y yo solas en casa, extrañando la presencia de los demás miembros de la familia”.
Como la comida mexicana de estas fechas es muy diferente a la venezolana, ella procura mantener las tradiciones y preparar los platillos que las hagan sentirse en casa. “El calor que se siente en las festividades venezolanas hay que construirlo uno mismo”.
La familia de Ana está regada entre Venezuela y Europa, por lo que la Navidad y el Año Nuevo los reciben en diferentes horas del día. “Siempre decimos que llegará el momento en que volvamos a estar todos juntos. Este año nos acompaña mi mamá en casa (vive en España) así que al menos en este 2022 tendremos una muy feliz navidad”.
Para Beatriz Oliva estar en Argentina en estas fiestas es muy diferente porque no hay tradiciones ni algún plato típico que haga sentir a la gente que llegó diciembre. “Es que ni la música… aquí se escucha reguetón y cumbias y se come asado como cualquier día del año. Y si hay una casa con luces y adornos, la gente dice que seguro es de un venezolano o de un colombiano”.
La decisión más difícil
No es fácil ser parte de los más de siete millones 500 mil venezolanos que han migrado desde 2013, según las cifras del Observatorio Venezolano de la Diáspora. Marycarmen Granados tomó la decisión hace cinco años y, cuando tenía siete meses de embarazo de su segunda hija, llegó a Santiago de Chile. “Ya no se conseguían vacunas, pañales, leche, entre otras cosas. La decisión radical vino porque mi hija mayor estuvo hospitalizada por una bacteria en el estómago y no se consiguió jamás el antibiótico, me lo enviaron de afuera y allí fue cuando supe que ya no podía estar más en el país”.
Para Ana fue una decisión progresiva. “A medida que la situación del país mostraba que no iba a mejorar iba creciendo la idea de irme hasta que finalmente lo hice”.
Beatriz no tenía hijos cuando se fue a Argentina, pero el sueldo que recibía no le alcanzaba ni para cubrir sus propias necesidades. “Si se me dañaba el carro tenía que dejar de comprar algo del mercado para poder arreglarlo, y era imposible comprarme unos zapatos, por ejemplo, y tampoco podía ahorrar”.
Cuando se despidió de los suyos en Venezuela dejó claro que iría solo como turista, y que si en tres meses o antes no se acostumbraba, se regresaba. Pero al ver que con el salario que recibía atendiendo clientes en una panadería podía compartir gastos con su hermano que la recibió en su casa y hasta ahorrar, no lo pensó mucho y se quedó.
Fue así como se convirtió en un venezolano más en uno de los 90 países del mundo que han recibido a migrantes, pese a los controles impuestos en diversos países, como la solicitud de visa que, según el del Observatorio Venezolano de la Diáspora, solo han ralentizado la salida de venezolanos, pero no la ha frenado.
Incluso, las medidas del gobierno estadounidense han provocado que quienes habían decidido irse a ese país norteamericano hayan cambiado de rumbo, los datos del Servicio Nacional de Migración (SNM) de Panamá así lo confirman . En noviembre pasaron por el Tapón del Darién 16 mil 632 venezolanos, mientras que en octubre el número fue de 59 mil 773, lo que significó una caída de más de 72%.
La respuesta se ha visto en un aumento de la migración de venezolanos a Trinidad y Tobago, Guayana, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Uruguay. Este último país solo en este año tiene 50 % más migrantes venezolanos al pasar de 16 mil a 30 mil, de acuerdo con los reportes del Observatorio Venezolano de la Diáspora que también indican que se ha incrementado el desplazamiento hacia Europa de quienes están en países como Argentina y Perú, como consecuencia de su inestabilidad política y económica.
Desde la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para los Refugiados, ACNUR, se habla de más de seis millones de personas refugiadas y migrantes de Venezuela, la mayoría de las cuales vive en países de América Latina y el Caribe, que ha convertido a este proceso en la segunda crisis de desplazamiento externo de mayor magnitud en el mundo.
El precio de ser parte de la estadística
Extrañar cosas sencillas como comerse una pasta con la salsa de su tía o salir a tomarse algo con sus amigas es de lo más difícil que le ha tocado enfrentar a Beatriz. Ella no se arrepiente de su decisión. "Fue la mejor de mi vida, pero fue como cambiar unas cosas por otras, por eso tengo el deseo de regresar pronto al país y disfrutar de todo lo que dejé".
Marycarmen tiene la suerte de que casi toda su familia también migró a Chile. Los tiene cerca y disfrutan juntos, no solo de la Navidad, sino de cada cumpleaños o celebración especial. “Somos tantos migrantes que los chilenos se han vuelto venezolanos, algunos ya compran hallacas y otros escuchan gaitas. En la fiesta de Navidad de las empresas ya ponen tambor y aprendieron del amigo secreto”.
Pero es imposible para ella no extrañar su gente y el clima. “Es duro dejar de ver a buenos amigos por años, Venezuela y su gente es única y acá lo comprobé”.
Yermain Arias se fue en 2018. Él es comerciante y lo que hacía al final del mes era solo para comprar comida, por lo que dijo que sí cuando le ofrecieron montar un negocio de comida rápida en sociedad en Ecuador y migró con su esposa y su hija de dos años.
Alejarse de sus dos hijas mayores fue muy duro para él y a sus navidades les faltaba el sabor y la calidez de su gente, por lo que eran días en los que simplemente se dedicaba a trabajar.
Volver a Venezuela
Dos años le bastaron a Yermain para hacer lo que estaba pensando casi desde el primer día como migrante. Se regresó a Venezuela. Lo hizo por múltiples razones. “Nos cansamos de trabajar para pagar alquiler y servicios, lo que se hacía era solo para pagar, y recordamos que era lo mismo que estábamos haciendo en Venezuela, trabajábamos solo para comer”.
Pero eso no era todo. Ellos no solo nunca se sintieron en casa, sino que la pasaron muy mal en Ecuador. “Para estar aguantando malos tratos, malas miradas e insultos, estar lejos de mis hijas mayores y que mi hija menor creciera con esa cultura, decidimos regresar y comenzar de cero”.
Integrarse al campo laboral, mientras se concretaba lo de la sociedad comercial fue muy difícil para él. “A los hombres no nos daban empleos, era más fácil que las mujeres consiguieran, sobre todo por ser venezolanos y si conseguía algo me explotaban y no me pagaban, se aprovechaban de la nacionalidad porque no podía poner denuncia en ningún lado por no tener visa aún, hacían lo que querían con uno”.
Ahora que salió de Ecuador se siente muy feliz. Montó su negocio nuevamente y está creciendo poco a poco. "Nos sentimos a gusto y de verdad no nos arrepentimos de la decisión que tomamos, ni de habernos ido, pues son experiencias adquiridas y así aprendimos a valorar lo que teníamos aquí. Y cuando digo lo que teníamos me refiero a mis hijas, las playas, el béisbol, entre otras tantas cosas".









