Casi 1.800 muertos y contando. Médicos y rescatistas en el estado La Guaira ven con escepticismo, a medida que pasan los días, la posibilidad de encontrar personas con vida. Mientras tanto, La Guaira es un escenario apocalíptico en donde la ruina ahora es parte del paisaje y, con él, un olor fétido a muerte que se esparce con cada soplido de brisa.
Son las 11:14 a.m. y los gritos de una mujer se escuchan en la avenida principal de Playa Grande. Sus familiares la sostienen mientras ella se debate entre correr y gritar con más fuerza mientras mira hacia una montaña de escombros. Desde allí hombres y mujeres vestidos con trajes desechables de seguridad de color azul bajan con el cuerpo de un muerto envuelto en una bolsa negra. Es su marido.

Ya hay una carroza fúnebre esperando junto a ella y no le da el tiempo ni de ver a su familiar; lo meten dentro y la mujer golpea los vidrios del carro mientras sufre una descompensación y la sientan en una silla. Ella aún aguardaba la posibilidad de que su marido sobreviviera, pero es uno de los más de 1500 muertos que esta tragedia ha dejado.
Y es precisamente la esperanza lo que mantiene en pie a muchos guaireños, pero otros ya están resignados y el mismo shock postraumático los hace responder a las preguntas de El Carabobeño con suma calma. "Me entregué a Dios", es la respuesta de José Manuel Díaz, un funcionario público que está trabajando de forma incansable en las residencias Luisa Cáceres de Arismendi con el único objetivo de llegar hasta el cuerpo de su hijo muerto.

Mientras jugaba básquet
Tenía 8 años, el edificio le cayó encima mientras jugaba básquetbol. No alcanzó a llegar hasta la calle aunque se sabe que corrió, sin embargo, fue un sacudón tan fuerte que desplazarse era una odisea.
El edificio Luisa Cáceres de Arismendi es uno de los tantos proyectos de la Gran Misión Vivienda Venezuela. Una parte del edificio colapsó, pero otra está inclinada en dirección hacia el oeste de manera peligrosa. La brisa y los pasos de helicópteros y aviones hacen que las bases ya comprometidas crujan, mientras la cara oriental del edificio perdió casi todas sus paredes, dejando a la vista cocinas y habitaciones en donde aún hay enseres y muchos muertos esperando ser liberados de esa prisión de escombros.
Díaz tenía solo cinco años viviendo en el complejo con su esposa y sus dos hijos. Habitaban en el piso 11 y él no se encontraba en la vivienda al momento de la catástrofe, estaba en Caracas.

Su esposa estaba en la bodega comprando comida cuando el temblor la alarmó . De inmediato corrió hacia la cancha de básquet para buscar a su hijo menor y salvarlo. "Cuando llegó, todo estaba sepultado por los escombros".
El terremoto ocurrió a las 6:05 p.m. y fue a la 1:00 a.m. cuando Díaz se enteró de lo ocurrido, la pérdida de la señal impidió que se enterara a tiempo. Fue un mensaje de WhatsApp y eso desencadenó una oleada de desesperación en su interior. Empezó a trabajar para rescatar a vecinos y también cuerpos de otros muertos.
Aunque el cuerpo de su hijo no ha sido rescatado, ya no duda en que la muerte sea la realidad del menor. "Son muchos días".

Muertos a la espera
Lo único que quiere es que le entreguen el cadáver del niño para poderle dar sepultura. Muestra una enorme empatía al decir que ahora miles de venezolanos viven una enorme tristeza. "Yo perdí uno, pero hay quienes perdieron hasta cuatro miembros de la familia".
Brayner Díaz es el nombre del pequeño fallecido y, con melancolía, este padre de familia reporta que siempre le enseñó a su hijo lo que se debía hacer o no en casos de terremotos, pero se sincera y dice: "Todo fue muy rápido, no había oportunidad".
El olor cuando se pasa por el frente del Luisa Cáceres de Arismendi es el mismo queque en otras áreas de la región.

Esto también se repite en el complejo de la GMVV Hugo Chávez. Al menos unas 2.000 viviendas fueron inauguradas en 2012 por el difunto Hugo Rafael Chávez Frías.
Cuando la noche cae, las labores se paralizan y la penumbra inunda cada calle mientras las personas arman campamentos improvisados con colchones en el suelo y algunos enseres que lograron sacar de las casas. Algunos duermen frente a sus edificios y otros simplemente donde hay espacio.
"Saquen a esa gente de ahí, ya huelen mal. No es justo", reporta una mujer frente a la torre H1. Prefiere no dar su nombre, pero mientras funcionarios del Dgcim iluminan hacia dentro de uno de los inmuebles se ve una figura de una mujer muerta, cubierta por una sábana que exhibe una mancha de sangre. Son las 11:33 p.m. y es a las 9:44 a.m. del domingo 28 de junio cuando funcionarios de la Guardia del Pueblo y de la Policía de Maiquetía rescatarán el cuerpo.
Casas marcadas
El Carabobeño conversó con los funcionarios, quienes revelaron que se trataba de una mujer de 72 años. Ahí también falleció su nieta de 17 años, pero su cuerpo debe esperar más tiempo para ser rescatada. Se necesita mayor maquinaria porque la menor quedó aplastada y la mitad de su cuerpo sigue en los escombros. "Le cayó una viga encima", se lee en una de las paredes por donde operan los funcionarios. Ahí se ve el nombre de la septuagenaria, es Yubisay, no hay apellido visible y sobre él se lee el nombre Zahir Jazil con una nota que aclara que es "mi hermana". La hermana de una sobreviviente que esta redacción no pudo encontrar.
Las labores para trasladar a los cadáveres son lentas. El cuerpo de Yubisay se lo lleva el Senamecf en un camión de carga sin barandas, sin esperar por más cuerpos de muertos, lo que molesta a algunos miembros de la Guardia del Pueblo: "Hay más gente que necesita ser llevada a la morgue y de paso se llevan las bolsas".

Se refiere a las bolsas para meter a los cadáveres. Por culpa de esa acción, al menos cinco muertos más deberán esperar a que localicen a la comisión para que entregue los implementos y así poder trasladar más muertos.
Los funcionarios trabajan en grupos que no superan los 10 y se dividen en varios sectores. Un grupo es de Carabobo, informó un militar en la zona del desastre a El Carabobeño; son al menos 177. No tienen formación en rescates de esa magnitud, pero sirven de apoyo para los rescatistas profesionales. Sostienen los cuerpos y ayudan como pueden mientras una forense entra y revisa el estado de los cuerpos: "No lo muevan mucho mientras llega la bolsa porque eso explota y ahí sí viene el olor y las vísceras".

Sin equipos para rescatar cuerpos
Hay unos que ni siquiera pueden ser liberados porque todo el peso de una vivienda cayó sobre ellos. Enderson Chacón le pide ayuda a un grupo de unos 10 médicos para que reporten a las autoridades que una mujer de 37 años está tapiada y solo su brazo quedó visible. El color y la forma del miembro ya no es el de un brazo normal y el olor indica el acelerado proceso de descomposición producido por el sol guaireño y por un proceso natural. "A ella hace poco se le había muerto el abuelo y aunque su esposo escapó con su hijo, el hombre murió de un infarto; es una tragedia".

Enderson Chacón se salvó y logró también salvar a su familia. En un profundo sentido de comunidad, ayuda a localizar cuerpos, pero las labores son lentas. Los trabajadores piden por más insumos y maquinaria, pero no es fácil.
Precisamente por la falta de materiales es que el cuerpo de Kerfedi Campos, de 41 años, debe esperar. Quedó aprisionado entre la puerta y la nevera, solo se ve una de sus piernas y, ante la dificultad, los rescatistas lo cubren con una sábana a la espera de una nueva solución.
Un GNB se persigna al ver la escena y dice: "Hoy llevamos solo cinco, ayer fueron siete y lo peor fue que, de esos siete, cuatro eran una familia completa, un niño de 7 años y otro de 11. Esto es una desgracia".










