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En los momentos más álgidos de la historia contemporánea de Venezuela, Acción Democrática ha tenido que asumir costos políticos que otros eluden y no es porque seamos un partido de lerdos, sino por tener consciencia de nuestra responsabilidad con la sociedad. Otros pueden ver hacia otro lado, nosotros estamos condenados a cumplir nuestra parte sin esquivar los costos políticos.

Henry Ramos Allup ha sintetizado lo que pretendo relievar con una frase sencilla, pero pedagógica: “preferimos sacrificar en popularidad lo que podemos ganar en respeto y credibilidad”. Rómulo Betancourt también lo decía con su particular fraseo: “la demagogia es un animal de patas muy cortas, tarde o temprano la gente sabe a quién creerle”.

En el año 1945 hicimos una revolución para abrir las puertas, por vez primera en nuestra historia, al ejercicio de la soberanía popular conculcada desde nuestra génesis como nación. Sin embargo, siempre cargamos con el fardo de la mentira histórica, según la cual, habíamos derrocado un gobierno democrático cuando ocurrió exactamente lo contrario. Ahora es cuando los historiadores unifican criterios que dan la razón a quienes produjeron el cambio que nos abrió las puertas de la democracia y la modernidad.

En la década de los años 60, los Presidentes adecos Rómulo Betancourt y Raúl Leoni tuvieron que combatir la guerrilla castro-comunista derrotándola política y militarmente; sin embargo, AD fue acusada, durante años, de represiva y haber violado derechos humanos de quienes se habían alzado en armas asesinando soldados y policías. Es decir, quienes defendían con sus vidas los derechos humanos de la mayoría, eran acusados de atentar contra una minoría que no lanzaba confetis (Petkoff dixit) a las fuerzas del orden público. Con los años, los historiadores han vuelto a dar la razón al partido del pueblo y a la actitud de aquellos gobernantes que salvaron la democracia de las garras de Fidel Castro.

Más recientemente, cuando fueron convocadas las elecciones parlamentarias de 2005, todos los llamados “poderes fácticos” lograron montar la matriz de opinión, convenciendo a casi toda la sociedad civil opositora, de que abstenernos era la panacea para salir del régimen de Chávez. Todos los partidos opositores caímos en ese error y aunque AD fue la última organización en pronunciarse por ese camino, es a los militantes del partido del pueblo a quienes la opinión pública les achaca, injustamente, esa decisión. Exonerando, así, a todos los demás que la compartieron.

El relato viene a cuento, debido a los últimos incidentes que han rodeado la vapuleada “Mesa de Diálogo”, la que ha recibido la andanada de golpes más variopintos de que se tenga memoria. Acción Democrática tenía decidido no sentarse, mientras no concurrieran todos los integrantes de la MUD o, al menos, los cuatro principales partidos; y como VP no se decidía, tampoco nosotros queríamos hacerlo. Concurrimos, a última hora, por dos consideraciones políticas: primero, por la exigencia vaticana, cuyos representantes nos dijeron, con razón, que quedaríamos muy mal, ellos y nosotros ante la comunidad internacional, si después de venir a Venezuela el representante del Papa Francisco, por petición nuestra, apareciéramos con tan contradictoria conducta. El CEN de AD decidió, entonces, también participar por la razón adicional, no menos importante, de la necesidad de quitarle la careta al gobierno ante la comunidad internacional para que no quedaran dudas de su conducta antidemocrática.

Aunque, a decir verdad, nunca imaginamos que se la quitarían (la careta, digo) con tanta desfachatez. Los sobreestimamos. La respuesta que dio Diosdado Cabello, principal saboteador del diálogo, a la carta del Estado Vaticano es de un talante tan burdo y escatológico que no necesitamos ningún esfuerzo, adicional, para explicar nuestra parada de esa mesa inútil hasta ahora y retomar nuestra agenda de calle.

No hay dudas que sopesamos el costo político que ello implicaba, pero nuestra inveterada responsabilidad histórica nos llevó a correr el riesgo: porque abrir un canal humanitario, lograr la liberación de los presos políticos y establecer un cronograma electoral valían la pena el esfuerzo. Aunque, la verdad sea totalmente dicha, sabíamos que este gobierno dictatorial no iba a cumplir con ningunas de nuestras incuestionables exigencias y nos iba a permitir descubrir su juego farsante ante el mundo, En consecuencia, nos alivió el peso de este fardo que creímos mucho más pesado que los anteriormente narrados.

Que nos perdone la iglesia católica la irreverencia, pero permítasenos exclamar: Gracias Diosdado, por favor recibido.




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