Foto archivo AFP

Luisa y Carla viajaron a Colombia, el siete de marzo, para un taller que realizaría la empresa en la que trabajaban. Apenas se instalaron en el apartamento de 40 metros cuadrados de la amiga que les ofreció alojo, la ciudad entró poco a poco en cuarentena en respuesta a la pandemia por coronavirus. El taller se suspendió y Luisa entró en una prolongada espera: el problema ahora era cómo regresar.

Con las fronteras cerradas, ocupó un mes haciendo reclamos por redes sociales, solicitando al régimen venezolano un vuelo humanitario. Los papás de Carla, adultos de la tercera edad residenciados en Caracas, dependían de ella para cualquier trámite: hasta para hacer mercado. La mamá de Luisa, lo mismo. Ambas pretendían regresar a su país con medicinas para ellos.

Después de un mes, se mudaron al apartamento desocupado de otra amiga. Estuvieron más cómodas, pero apenas lograban espantar el aburrimiento: no se hallaban a sí mismas. Sentían que allá no tenían propósitos. Al no estar residenciadas en Colombia, no podían comprar una línea de teléfono; en consecuencia, no tenían Internet. Solo disponían de los pocos megas que ofrecían los chips para turistas. Entraron a un grupo de WhatsApp creado por otros venezolanos en su misma situación. Alrededor de 300 coterráneos desesperados por volver a sus casas.

Había rumores. Se decía que, en San Antonio del Táchira, la régimen había armado una suerte de campos de concentración en los que recluían a los venezolanos que regresaban desde Cúcuta. Una noticia contaba que un bebé de menos de un año había fallecido por malnutrición en una de esas mazmorras improvisadas que, según Maduro, eran para evitar que el virus se propagara.

En el grupo de WhatsApp se comentó que había opciones más seguras. Que, al parecer, la frontera con Arauca era un paso sin tantas complicaciones. Que capaz les tocaba permanecer una semanita en un refugio, pero ¿qué era eso versus las ansias de dormir en sus camas?

El 22 de mayo, las cuatro camionetas, cada una a la mitad de su capacidad por temas sanitarios, salieron desde Bogotá a las cuatro de la mañana dispuestas a hacer un recorrido de 15 horas. En ellas iban los 16 venezolanos que se habían anotado en el subgrupo que armó una odontóloga de Valencia con los que estaban dispuestos a hacer el viaje. Al finalizar la tarde de un viernes se detuvieron a las puertas de Arauca sin poder entrar.

Se apearon frente a una tiendita mientras decidían qué hacer. En Arauca era feriado: todo iba a permanecer cerrado hasta el lunes siguiente. Un par de policías se aproximaron a los venezolanos para preguntarles qué hacían ahí. Luego de una hora de conversación, los llevaron a un sitio para rociarlos de desinfectante y posteriormente instalarlos en un hotel en el pueblo.

Las pocas personas que se veían usaban tapabocas. El alcohol, cloro y antibacterial eran la regla. En el hotel solo estaba un muchacho que hacía las labores de encargado y una mujer que aparecía a las horas de cocinar.

En la mañana del sábado, el dependiente les notificó que dos de los viajantes habían salido temprano. Más tarde, uno de ellos se despidió por WhatsApp. Envió la foto de un amanecer y dijo que, por motivos de seguridad, debía abandonar ese grupo. Como en las peores películas, los personajes comenzaban a desaparecer.

(Foto Referencial)

El lunes les abrieron el puente para que cruzaran hacia Venezuela. Los 14 viajantes se unieron a decenas de coterráneos que emprendían el retorno. Los tapabocas se humedecían con el sudor de una temperatura por encima de los 35 grados. ¿Les estaba costando regresar? Luisa arrastró su equipaje sin saber que esa sería la parte más sencilla del relato.

Esperaron varias horas, hasta que al mediodía los recibieron un alcalde y diferentes guardias. ¡Bienvenidos a la patria querida, el mejor de los mejores países del mundo! ¿Por qué, si no, se animarían a volver?

—¡Estamos filmando un documental! —celebró el alcalde.

La idea era mostrar el retorno feliz de los que se encontraban en Colombia.

—¿Por qué no mandaron un avión a buscarnos? —murmuró Luisa.

Los productores decidieron el orden de quienes pasarían a desinfectarse, mediante criterios difíciles de entender. Todos fueron rociados con líquidos apestosos mientras los aupaban a desplegar sus mejores sonrisas. Los autobuses rojos que los trasladarían a la siguiente estación esperaban al final del proceso.

En el Seniat de El Amparo —una especie de galpón gigante con un estacionamiento de dimensiones superiores en medio de la absoluta nada—, les realizaron la prueba rápida de coronavirus: la de sangre. Después le extendieron a cada uno una pastilla desparasitante y los despacharon a un área de espera. Como en todos los procesos desde que habían entrado a Venezuela, el distanciamiento social sólo existía en las recomendaciones orales. Pasó un rato y unos funcionarios llegaron buscando a una de las muchachas del grupo de 14. Al parecer había dado positivo en la prueba rápida: la tomaron por los brazos. Ahora eran 13.

La odontóloga tenía un contacto militar. En Venezuela, como Roberto Carlos, todos quieren tener un millón de amigos: uno que sea policía, otro fiscal, un contador, un juez y así.

Un subalterno del amigo de la odontóloga les dio la primera noticia que los hizo sonreír sin que una cámara los enfocara: les habían conseguido un autobús solo para ellos 13. Rodaron por unos minutos, hasta que el carro se detuvo frente a una escuelita rural. El subalterno pasó un par de horas subiéndose y bajándose, hablando con otros militares. Los viajeros habían recibido la orden de quedarse como en una canción de Shakira: ciegos, sordos y mudos. Solo entonces recordaron que el 13 era un número de mala suerte.

—Aquí es donde se van a quedar —anunció el militar.

Luisa y Carla se sobresaltaron.

—Sin peros. Es aquí. Tienen que pasar una cuarentena. En algún momento se les hará la PCR, que es la prueba de diagnóstico efectivo. La que se usa para saber si tienen o no coronavirus. Después podrán irse. Lo único que pudimos hacer por ustedes es que les asignaran un salón solo para los 13.

—¿Un salón? —preguntó alguien.

—Sí. Dormirán en los salones que fueron acondicionados para eso.

Mientras se apeaban, veían a decenas de personas ingresar a la escuelita.

—170 ciudadanos —notificó el militar.

En el camino hacia el salón/habitación, les mostraron los baños. Dos sitios, cada uno con dos pocetas para un total de cuatro retretes. Solo servían tres.

—¿No hay más? —preguntó Carla.

—¿Más qué?

—Más baños.

—No.

El salón/habitación tenía dos enchufes. Cada quien tomó una colchoneta del grosor de su ánimo. Bastó que el primero se sentara para que se diesen cuenta de que quizá sería mejor dormir en el suelo. Al menos no tenía resortes que pudiesen cortarlos.

—Bueno, aquí van a estar unos 15 días —dijo el militar, cerrando la puerta tras de sí.

La palabra que más se escuchó dentro del salón fue no. Todos presionaron botones de sus teléfonos con la esperanza de dar con el amigo que pudiera conectarlos con un futuro más amable. Se dieron cuenta de algo en lo que todavía no habían reparado: no había señal.

Las 170 personas estaban divididas en siete salones, siendo el de Luisa el que menos gente tenía. Su grupo era el único que viajaba con maletas, puesto que los 13 se encontraban en una situación parecida: se habían quedado varados, luego de un viaje que en principio iba a ser de turismo/trabajo/visita/ocio. El resto de las personas que fueron puestas en cuarentena cargaban grandes sábanas, devenidas en sacos, llenas de su vida: los objetos que retrataban quiénes eran o quiénes habían sido. Migrantes que habían abandonado su país por carretera y, ante la incertidumbre que desató la covid-19, volvían a las precariedades de las que habían huido.

Según Luisa, el sustantivo adecuado para el lugar era campo de concentración. Estaban bajo el poder de un teniente y de cuatro sargentos de la Marina. No les permitían salir de la escuela, debían permanecer siempre con tapabocas y seguir al pie de la letra las órdenes.

—Vengo del baño —dijo uno de los 13 que no aguantó las ganas de orinar—. Les tengo malas noticias.

—Coño, ¿más? —preguntó Luisa.

—Se hace una cola horrible —dijo la odontóloga.

—Sí, pero no es a eso a lo que me refiero —suspiró el hombre.

—¿Entonces? —lo empujó Carla.

—No hay agua. No llega agua por las tuberías.

—¡Mierda! —gritó alguien.

—Exacto: eso es lo que más hay.

El campo estaba compuesto por una cocina, los dos baños, las respectivas celdas, un patiecito frontal y uno trasero que era bastante grande, una cancha multiuso y una caseta que resguardaba la bomba de agua. A esta última la encendían dos veces al día para que se pudiera cocinar y para que las personas se bañaran. La caseta, aparte de la bomba, contenía los tanques. Cuando accionaban el sistema, uno de ellos se rebosaba sobre un techito de zinc. Se formaba un chorrito que arrastraba todo en su camino hacia el piso. Debajo de él se ponían las personas para bañarse, cosa que debían hacer vestidos. Luisa escogió su ropa más feíta y la bautizó como su nuevo traje de baño.

Las colas para asearse eran más largas y lentas que las que se formaban para defecar, pues nadie quería estar demasiado tiempo en la poceta. Ambas requerían paciencia. La luz, por otra parte, no se iba: llegaba. En los periodos cortos en los que había energía eléctrica, quienes podían cargaban sus teléfonos. Después, pasaban el día caminando en busca de señal para poder enviar un mensaje de texto o hacer una llamada llena de interrupciones. Pensar en cualquier cosa que demandara Internet era torturarse con lo imposible. La vida suele escupir las ironías en la cara de sus protagonistas: Luisa había huido de Bogotá, entre otras cosas, porque no podía estar sin hacer nada.

El desayuno con el que se encontraron la primera mañana estaba compuesto por dos bollitos duros y secos, con mortadela rallada. ¿La cantidad de mortadela? Cuando Luisa unía las yemas de sus dedos pulgar e índice, se hacía una circunferencia mayor a la que ocupaba el embutido sobre el plato.

El almuerzo constaba de una porción de arroz junto a algo parecido a carne molida, en una cantidad similar a la que servían de mortadela. La cena era el mismo plato (a veces los dos bollos solos) de la mañana. Durante la primera semana hubo un desmayado por día: el rugir de los estómagos era la banda sonora de las habitaciones.

La primera vez que alguien cayó al piso, la odontóloga que había organizado al grupo de Luisa y una colega que viajaba con ella atendieron a la persona en cuestión. A los pocos minutos, una niña dijo sentirse mareada. Luisa tenía algo de azúcar y una medicina que le ofreció. Así se corrió el rumor de que, la celda tres, la única en la que no se dormía apretado, estaba integrada por doctores.

Al día siguiente, en la celda dos, una mujer se puso a revisar el teléfono de su novio. Vio conversaciones comprometedoras. Decidió, con una hojilla, hacerle un corte de más de 15 centímetros en el muslo. Antes de que el agredido terminara de ofrecer la primera excusa, se había desmayado.

La ambulancia tardó tanto, que se hicieron apuestas sobre el momento en que el hombre moriría: si antes de que lo subieran al vehículo, durante el viaje o en el hospital. Al anochecer, ya le habían dado de alta.

—No puede ser que se haya salvado —comentó Luisa a Carla.

—Mira el tamaño de la herida, los puntos: esa vaina se le va a infectar.

Menos tiempo que el que le llevó ser atendido empleó la víctima para reconciliarse con su pareja. Dijo que todo había sido un accidente. Hasta pidió perdón. En la celda dos, esa noche, los ojos que se mantuvieron abiertos esperando una nueva agresión. Amanecieron incrédulos: víctima y victimaria durmieron abrazados sin inmutarse.

Este es un trabajo de Lizandro Samuel en el marco del proyecto de Prodavinci y el Centro Pulitzer: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela.
Lee el trabajo completo en Prodavinci



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