¿Qué esconden las momias? La nueva ciencia desvela el tesoro egipcio de Turín

Kha y Merit vivieron en el Egipto de hace más de tres mil años y ahora sus momias, custodiadas en Turín, han sido “desvendadas virtualmente” para revelar detalles de su remota vida, gracias a la ciencia y al progreso tecnológico.

Es solo un ejemplo de las piezas que el museo egipcio de Turín, considerado el más importante del mundo tras el de El Cairo, enseña en la muestra “Arqueología Invisible”, acerca de cómo los modernos métodos científicos permiten analizar cada vez con mayor detalle restos de hace milenios, desvelando páginas de historia aún veladas.

“La materia es como el CSI de la arqueología: recuperamos las historias de los objetos para después darles un nuevo significado como pieza para recomponer la historia”, explica a Efe Enrico Ferraris, comisario de la muestra, abierta hasta enero de 2020.

En la actualidad los expertos estudian las momias con métodos no invasivos, al contrario que en el pasado, cuando fueron presas del expolio, desenvueltas en estudios chapuceros e incluso pulverizadas para ser ingeridas como medicamentos de dudosa eficacia.

En la exposición destacan las de Kha y la de su esposa Merit, halladas en 1906 por el egiptólogo Ernesto Schiaparelli en su tumba intacta y repleta de un vasto ajuar funerario, en la zona de Deir el-Medina, cerca del valle de los Reyes, en la ribera del Nilo.

Gracias primero a los Rayos X y luego a la tomografía axial computerizada (TAC) y a un moderno software, se las ha “desvendado virtualmente” para revelar detalles de este matrimonio, aún envuelto entre las mismas tiras de lino en las que abandonaron este mundo.

Del varón se sabe que fue un reconocido arquitecto en la XVIII dinastía (1425-1353 a.C), según demuestra el collar de oro que el faraón otorgaba a sus funcionarios más preciados, murió con unos 60 años, tenía algún tipo de artrosis, catorce cálculos biliares y el codo inflamado, seguramente de trabajar en la cantera.

Bajo las telas aún conserva piezas de oro, así como un collar de un escarabajo en piedra con una inscripción en el dorso extraída del Libro de los Muertos, con la que se pretendía ganar el favor de Osiris en el juicio final.

Menos se conoce sin embargo de Merit. Murió joven, antes que su esposo, y viajó al más allá con una larga peluca y otra de repuesto hallada en su ajuar, así como con un bello collar de oro.

Además la TAC reveló que a ninguno de los dos se les extirparon las vísceras, como procedía en los ritos funerarios de entonces.

Pero la vida de los cónyuges no es el único resto que la ciencia ha reconstruido sino que la exposición enseña también qué deparaba a los animales, como un gato al que la TAC muestra esquelético bajo el vendaje y con dos objetos sin identificar en las cuencas oculares.

Esta “arqueología invisible” ha desentrañado estafas ancestrales, como el caso de un enorme cocodrilo momificado que fue vendido como “merchandising religioso”, para servir de ofrenda al dios Sobek, pero que en realidad dentro solo contenía un pequeño lagarto.

Otro ejemplo es el estudio del contenido de siete frascos de alabastro. Puede sospecharse que contengan los 7 aceites sagrados pero lo cierto es que están sellados y no pueden ser abiertos pues en arqueología, incluso ese cierre, es información valiosa.

Los Rayos X no revelaban su interior y, por ello, los tarros han sido estudiados con radiografías de neutrinos por expertos de Oxford, lo que permitió certificar que, en efecto, contienen algún tipo de sustancia oleosa, aunque se desconoce cuál. Ese es otro misterio que la ciencia venidera deberá desentrañar.

Por otro lado la nueva técnica permite documentar una excavación con la fotogrametría, que digitaliza un yacimiento para conservar de forma precisa los datos de los distintos estratos de tierra antes de retirarlos, como el museo hizo en el complejo funerario de Saqqara.

También se repasa el papel de la luz en el estudio del pasado, ya que con el examen multiespectral, que usa las frecuencias invisibles del espectro electromagnético, se puede adquirir mucha información sobre los restos y los pigmentos empleados en decorarlos.

En definitiva la muestra supone un ferviente alegato en favor del humanismo, la ciencia y la historia y, por ello, concluye con una advertencia del padre del método científico, Galileo Galilei.

En un escrito sostenía que para leer el “gran libro” del universo era preciso entender el lenguaje matemático y científico en el que está escrito pues, de lo contrario, mirar al mundo y a la historia de sus moradores pretéritos sería “como vagar en vano por un oscuro laberinto”. EFE




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