El tema del terremoto sigue siendo tema de comentarios y críticas. Un balance libre de pasiones políticas arrojaría un saldo en rojo.
En la columna de los haberes estarían la labor de los rescatistas de organizaciones como la Cruz Roja Venezolana, y la Media Luna Roja (IFRB) o Cáritas Venezuela, que activaron sus mecanismos de respuesta con personal, miles de voluntarios y centros de acopio de donaciones, junto a otras organizaciones no gubernamentales, que hicieron todo lo que estaba a su alcance para ayudar a las víctimas del terrible sacudón.
En la columna de los débitos estaría la estructura gubernamental, si es que se la puede llamar “estructura”, que brilló por su ausencia, incapacidad e inacción a la hora de ayudar a la ciudadanía afligida. No podemos negar la actuación de funcionarios que tal vez ayudaron espontáneamente y por iniciativa propia en la ayuda de los que la necesitaban, pero la imagen general, transmitida por los medios de comunicación y las redes sociales, fue la de un plan perverso de los jerarcas del régimen para recuperar riquezas mal habidas escondidas en los edificios reducidos a escombros, ignorando a los atrapados bajo ellos, impidiendo incluso el acceso de rescatistas voluntarios a esas zonas sospechosas de ser de escondites de bultos repletos de billetes y metales preciosos.
Lo mandatorio era rescatar de inmediato a los atrapados vivos bajo los escombros para evaluar su estado de salud y transportar a los necesitados de asistencia a los centros hospitalarios, y recuperar los cuerpos sin vida para que sus familiares los enterraran o cremaran según sus credos y costumbres, para luego remover los escombros y disponer de ellos, clasificándolos para un posible reciclaje o para definitivamente amontonarlos en un sitio que no comprometa al medio ambiente. Karen Brewer y Susana Raffalli, expertas en ecosistemas y en nutrición infantil respectivamente, por ejemplo, podrían ser tomadas en cuenta. Pero en lugar de ello nos llegan noticias e imágenes de palas mecánicas empujando indiscriminadamente esos escombros al mar, posiblemente con cadáveres ocultos entre trozos de concreto y cabillas, vidrio, cables y tuberías, todo revuelto y desprendiendo nubes de polvo, con el consiguiente daño a la fauna y la flora marinas. Una irresponsable acción que ratifica el desdén de los mandatarios de turno por el territorio al cual expolian, y el desprecio hacia sus habitantes, que una vez creyeron en sus cantos de sirenas y sus taimadas ofertas de un mundo feliz donde todo caería del cielo en abundancia.
El 24 de junio de 1821 marcó el inicio del fin del colonialismo español, de la esclavitud de aborígenes traídos de otras tierras, del despojo de nuestras riquezas naturales por el régimen opresor; exactamente 205 años después, el 24 de junio de 2026 marca el inicio del fin del colonialismo de ras-Putin, de los fidelistas y de los ayatolás con quienes se aliaron los que vendieron a inocentes venezolanos una entelequia llamada “Socialismo del Siglo 21”, que sólo ha servido para el enriquecimiento ilícito de aquellos y la miseria de estos. No harán falta, como en 1823, una nueva “Batalla de Maracaibo” ni un nuevo “Asedio y Toma de Puerto Cabello” para sellar definitivamente la Independencia de Venezuela de dictadores y serviles lacayos de regímenes extranjeros.
Sólo nos falta quitarnos de encima al prepotente Mr. Trump y sus codiciosos títeres, y que regrese al país quien quiere, puede, y tiene cómo para darles el último empujoncito...




