Foto cortesía Prodacinvi

Cuando Gabino González entró a terapia intensiva, su compañero de sala estaba por morir. Nadie lo sospechaba. Gabino estaba en peores condiciones. Las placas mostraban sus pulmones moteados de blanco, le costaba tomar aire y la fiebre no cedía. A su compañero le dio un derrame pulmonar sorpresivo justo el día que lo iban a extubar porque estaba “evolucionando”. Gabino permanecía intubado con un pronóstico complicado.

Había llegado a la Policlínica Metropolitana el 29 de marzo. Dos personas vestidas con trajes especiales lo habían trasladado en ambulancia. Habían pasado 16 días desde que se anunciaron los primeros casos de covid-19 en Venezuela. Gabino era el tercero en ingresar a la clínica.

Durante los primeros días de la hospitalización, respiraba con mayor dificultad. Los médicos de Gabino sabían que era necesario intubar cuando hubiese bajos niveles de oxígeno en la sangre. Gabino estaba cerca, así que decidieron llevarlo a terapia intensiva. Era 2 de abril. Habían pasado cuatro días desde que llegó.

Hasta el 29 de marzo de 2020, según la revista científica The Lancet, el 12% de los casos positivos en Italia, uno de los países más afectados, requirieron terapia intensiva. El criterio para ingresar a esa área es estar gravemente herido, infectado, o necesitar ciertos cuidados postoperatorios. No todos los casos de covid-19 ameritan cuidados en terapia intensiva. Solo aquellos que presentan dificultad respiratoria grave.

Nuestros pulmones son como dos arbustos repletos de cerezos. Tienen ramificaciones y subramificaciones. Al final de esos pasajes ramificados están los alvéolos, unos pequeños sacos que se llenan del aire que inhalamos. Cuando respiramos, los alvéolos se inflan, conducen el oxígeno hacia los vasos sanguíneos y al resto del cuerpo. El dióxido de carbono también fluye por los alvéolos antes de ser expulsado.

El coronavirus puede dañar los alvéolos provocando que se interrumpa el proceso de oxigenación. Además, puede causar coágulos en la sangre (trombos), obstaculizando el flujo del oxígeno. “Estos trombos viajan y se alojan en la circulación pulmonar –dice Érika Medina, especialista en Medicina Interna y Cuidados Críticos y médico tratante de Gabino–. Para recibir oxígeno y eliminar dióxido de carbono de los pulmones, necesitas que la sangre llegue desde el corazón hasta los pulmones. Pero la sangre que debería viajar está bloqueada por trombos”. Por eso algunos pacientes de covid-19 requieren asistencia respiratoria. Los médicos introducen un tubo en la tráquea del paciente y lo conectan a un ventilador que genera el volumen de aire que viaja hasta los pulmones.

La ventilación asistida ha sido esencial durante las epidemias. En el siglo XX, la poliomielitis golpeó duramente en Estados Unidos y Dinamarca. Como la covid-19, el polio es causado por un virus. Si los pacientes con covid-19 no pueden respirar porque sus pulmones están dañados, en el caso de los pacientes con polio más graves era al revés: tenían pulmones sanos, pero el virus provocaba parálisis en los músculos que se encargan de inhalar y exhalar. A esta condición se le llamaba polio bulbar con insuficiencia respiratoria. Pronto, como ha sucedido con la pandemia de covid-19, los hospitales se vieron abrumados por la cantidad de contagiados con polio.

En esa época los pacientes eran asistidos con pulmones de hierro, un aparato cilíndrico, sellado por dentro, parecido a un tanque cisterna. El paciente permanecía acostado dentro, con la cabeza fuera de la cámara. El pulmón de hierro provocaba los movimientos musculares del pecho y del diafragma que necesitamos para llevar y sacar el aire del cuerpo. Era un aparato que “respiraba” por el paciente.

En Copenhague, no había suficientes aparatos respiratorios y los contagiados con polio eran cada vez más numerosos. En el pico de la epidemia, ingresaban 300 pacientes por semana. Morían 85 a 90% de los que padecían polio bulbar con insuficiencia respiratoria. Algunos de los sobrevivientes presentaron parálisis de por vida y tuvieron que ayudarse con muletas o sillas de rueda. Incluso, hay quienes viven todavía en pulmones de hierro. Estos aparatos dejaron de utilizarse, pero recientemente se ha considerado diseñar una versión moderna para combatir la pandemia de covid-19.

Alexander Lassen, médico jefe del Hospital Blegdam de Copenhague, estaba desesperado. Veía morir a la mayoría de sus pacientes con parálisis bulbar. Necesitaba encontrar una manera de salvarlos, así que se reunió con el anestesista Bjørn Ibsen para buscar una solución. Ibsen pensó en la ventilación manual, una práctica que existía pero no era común. Ibsen comprobó que era posible: ventiló a niña contagiada con polio bulbar a través de un tubo de traqueostomía, el cual estaba conectado a una bolsa de goma que cuando se apretaba enviaba aire que proveía un tanque. Lo siguiente fue practicar traqueostomía a los pacientes que lo requerían y contratar a 1500 estudiantes de Medicina y Odontología. A diario iban 250, cada uno estaba a cargo de un paciente. En turnos de seis a ocho horas, apretaban intermitentemente las bolsas que llevaban aire a los pulmones de los pacientes. La ventilación manual se hacía durante las 24 horas. Esta estrategia redujo la tasa de mortalidad en Copenhague de 80% a aproximadamente 40%.

El anestesista Ibsen pensó que este tipo de pacientes necesitaba un cuidado de mayor atención. Dispuso que los llevaran a una sala especializada, donde cada paciente tenía su propia enfermera. Este enfoque de cuidados intensivo se venía desarrollando desde 1850Muchos consideran a Ibsen el padre de los cuidados intensivos.

El principio de ventilación mecánica, como la que recibía Gabino, es el mismo que se utilizó en Copenhague.

Gabino, de 61 años, llevaba alrededor de 10 años trabajando como transportista particular. El 10 de marzo, recogió a un cliente habitual en el aeropuerto de Maiquetía. Venía de España, en un vuelo de Iberia. Los primeros casos confirmados por covid-19 en Venezuela serían anunciados tres días después. Según la información del gobierno, los contagiados también viajaron desde España con Iberia, pero el 7 y 8 de marzo.

El 11 de marzo, Gabino lo llevó a distintos lugares de Caracas. El cliente estornudó varias veces en el carro. Cuando Nicolás Maduro anunció el cierre de vuelos provenientes de Europa y Colombia el 12 de marzo, el cliente compró un boleto de emergencia y Gabino lo dejó en el aeropuerto. Pasó los controles por segunda vez.

Este es un trabajo de Ricardo Barbar en el marco del proyecto de Prodavinci y el Pulitzer Center: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela

 




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