Carlos Molina: 18 meses contando los días desde la oscuridad de la cárcel

En 18 meses de cárcel, Carlos Molina se fortaleció, apoyó a sus compañeros y contó cada segundo para reencontrarse con su familia
Legislador Carlos Molina, (Foto cortesía).

Carlos Molina recuerda todo con precisión, como si en su mente hubiera una grabadora de cada detalle. Los días, las horas, los sabores, los olores, sus compañeros de celda. Nada se le escapó. Nada ha olvidado de los 18 meses que estuvo en la cárcel.

Era jueves 15 de agosto de 2024 cuando Carlos Molina cerró el primer período legislativo del Consejo Legislativo del Estado Carabobo como diputado en ejercicio. Ese día asistió a la misa de la Begoña, como era su costumbre, y llegó a casa tranquilo. Nadie lo perseguía. O eso creía. Dos días después, el sábado 17 de agosto, la realidad lo alcanzó en el elevado de El Trigal.

Esa mañana acompañó a los valencianos a una protesta pacífica donde él y otros representantes de la oposición expondrían las actas del 28 de julio, resultado de las elecciones presidenciales que el órgano rector no estaba reconociendo. Todo transcurrió con calma. Hasta que no lo fue más.

Al abordar la camioneta con sus compañeros de partido, los interceptaron cuatro o cinco vehículos que los fueron guiando hasta detenerse. Los funcionarios pidieron la cédula a los dos que iban adelante. "Estos no son. Es el que está ahí atrás", dijeron. Le pidieron la cédula a Molina. "Es este. Bájenlo."

Primer contacto con la realidad de ser preso político

Fue esposado con cintas plásticas con las manos hacia atrás y le cubrieron el rostro con una carpeta de cartón y tirro plomo. La respiración se le dificultó, pero se concentró en calmarse. "Me relajé para no desesperarme." Lo llevaron al centro de operaciones de la Dirección Contra la Delincuencia Organizada (DCDO) de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en Lomas del Este. Subió un piso. Lo tiraron en un mueble. Y esperó.

Pasaron tres horas con las manos atadas y la cabeza cubierta. Se quedó dormido.

Cuando llegaron los superiores y le retiraron la carpeta, le explicaron que actuaban por "órdenes presidenciales" y que él era "un chivo pesado". Molina, todavía tranquilo, pensaba que era un malentendido. Que en cuestión de horas estaría en casa. Iba camino a ver jugar béisbol a su hijo cuando lo detuvieron. "Me estaban esperando para ir a un juego de pelota. Ese era el plan que tenía."

Permaneció en ese centro desde el sábado al mediodía hasta el lunes 19 de agosto a la 1:00 p. m., cuando lo llevaron al Palacio de Justicia de Valencia. Allí, la jueza declinó la competencia hacia el Tribunal Cuarto de Control de Terrorismo en Caracas. Fue entonces cuando Molina empezó a entender que la situación era más grave de lo que imaginaba.

La inmunidad parlamentaria que no sirvió de nada

Esa misma noche del lunes 19, escoltado por alrededor de 70 funcionarios en siete u ocho camionetas, con apoyo militar, Carlos Molina fue trasladado a Caracas. Llegó a la sede de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en Maripérez, donde lo reseñaron y lo llevaron a la 1:00 a. m. al inframundo de Zona 7.

Antes de llegar, la comisión hizo una parada. Le ofrecieron una hamburguesa y un refresco de un litro. Molina les dijo que prefería que lo llevaran directo al sitio de reclusión, pero agradeció el gesto. La hamburguesa le abriría puertas que ningún cargo político podría.

Molina en el inframundo: 1 litro de agua para todo

El inframundo es el sótano de Zona 7 en Boleíta, una antigua sede de la Policía Metropolitana convertida en centro de reclusión. Un estacionamiento con quince celdas habilitadas, sin luz natural, con hacinamiento total. En los días del post 28 de julio llegaron a alojar mil 800 personas en un espacio que no podía contener más de 100.

A Molina lo metieron en la celda nueve. Cinco reclusos lo reconocieron de inmediato: "Usted es el diputado." Le dieron una porción de goma espuma de unos 30 centímetros, un perol de agua de dos litros y lo sentaron. Eso era la cama, la almohada y la hidratación. Lo primero que hizo fue compartir la hamburguesa. Durmió dos horas.

Al día siguiente, uno de los presos comunes lo abrazó, sacó un teléfono y se tomaron un selfie. "¿Para qué haces eso?", le preguntó Molina. "Quédate tranquilo, pure", respondió el muchacho. Envió la foto. La respuesta fue una nota de voz: una señora llorando decía "hijo, qué bello que estás ahí, cuídamelo." Era una amiga de la política en Caracas, que le había pedido a su hijo que ubicara al diputado. Molina supo entonces que alguien sabía que estaba vivo.

En ese centro le hicieron la primera propuesta económica: dependiendo de cuánto pagara, mejoraría de celda. Tipo resort, tipo hotel, con distintos planes. Molina dijo que necesitaba hablar con su familia antes de responder. No lo dejaron.

"Aprendí que con 1 litro de agua puedes bañarte, ir al baño y cepillarte."

La audiencia de presentación ante el tribunal de terrorismo ocurrió el miércoles 21 de agosto a las 4:00 p. m., no de forma presencial, sino a través de un teléfono, desde la celda, sin defensor a su lado. "Nunca supe quién era mi defensor." Solo su defensora pública en Carabobo, quien lo abrazó y lloró al escuchar los cargos: terrorismo e incitación al odio. Ella fue luego presionada a renunciar por ese abrazo. "Ella me dijo que no podía con eso y que tenía una orden de no hablar. Yo le dije: quédate tranquila, que yo te perdono." Hoy son grandes amigos.

El pote de agua que valía más que cualquier cargo

El 25 de agosto, a las 8:00 p. m., empezaron a llamar nombres y a rapar cabezas. Señal de traslado. Molina fue embarcado en un bus sin saber adónde iba. En Yare los esperaban otros buses. Llegaron a las 6:30 a. m., unas 400 personas. En la tarde los registraron, los pesaron y les preguntaron qué patologías tenían.

Esa noche, Molina se reencontró con el también preso político, Vicente Escarano, diputado. Juraron mantenerse juntos. La cena de Yare fue una cucharada de mayonesa en la palma de la mano y un bollito. "Uno va aprendiendo. No es un tema de si te gusta la comida. Es un tema de que tienes que comer para sobrevivir."

A la 1:00 a. m. los sacaron a una cancha a oscuras, rodeados de hombres vestidos de negro con fusiles. Estuvieron desde esa hora hasta las 4:30 a. m. agachados en cuclillas, sin poder moverse ni hablar. Muchos creyeron que serían fusilados. "Vi compañeros a mi alrededor orinarse del miedo." Era un traslado. Los llevaron a Tocorón, escoltados por 40 camionetas, helicópteros y drones. Alrededor de 400 personas.

El 26 de agosto de 2024, Carlos Molina ingresó al Centro Penitenciario de Aragua. Allí estaría 17 meses. En los primeros cuatro meses no vería el sol, tenían cinco minutos de agua tres veces al día: 5:30 a. m., 1:00 p. m. y 6:00 p. m. Un vaso plástico llenado en cada turno era todo el líquido disponible hasta el siguiente.

Un día llegó una inspección del Ministerio Público. Molina logró que le regalaran una botella de agua mineral vacía. La metió escondida a la celda, camuflada entre su ropa. Al llenarla, tenía un recipiente extra de hidratación para el día. "Era muchísimo. Éramos los más grandes de todo el piso porque teníamos un pote más de agua."

Sabía la hora por la sombra de un poste

En la celda no había relojes. Tenían instrucciones de no darles la hora, ni la fecha, ni ninguna orientación temporal. Pero la reja de la celda tenía siete barrotes horizontales y siete verticales. Con piedras sacadas de la pared y una tiza improvisada, hicieron un almanaque. Contaron los días desde el 26 de agosto.

Un día, bajando a la enfermería por su hipertensión post-Covid, Molina vio el reloj de una enfermera. Eran las 10:38 a. m. Subió rápido y fue directo a observar la sombra de un poste que podían ver por un hueco en la celda. "Son las 10:40. Vean dónde está la sombra." En unos 15 días aprendieron a calcular la hora por la posición del sol. De noche lo sabían por el cambio de guardia del puesto de seguridad frente a ellos.

Fabricaron también un dominó con el tubo de cartón del papel higiénico, con puntos pintados con tiza de la pared. Jugaban escondidos porque si los descubrían, se lo quitaban.

Al recordar la comida que recibía en Tocorón, Molina se limitó a decir: “si a su comida le cae gusano, se lo puede quitar y comer tranquilo porque no se va a enfermar”.

La primera visita de su esposa

El primero de octubre vio a su esposa Rosa por primera vez desde su detención. Un vidrio los separaba. 10 minutos. Custodios alrededor. Molina lloró. Ella no.

"Yo lloraba y la gorda no lloraba. Qué dura es, qué dura es", les dijo a sus compañeros esa noche, sorprendido y hasta orgulloso. A los 15 días, en la llamada quincenal, ella le pidió disculpas. "Estaba en shock", le dijo. "Ese fue el peor día de mi vida."

Para ese entonces, Molina llevaba meses sin verse en un espejo. Se sentía normal, sin notar el cambio. Su esposa lo vio con 24 kilos menos por una amibiasis que contrajo por el agua contaminada, el pelo rapado, los ojos distintos. Ella sostuvo la mirada sin llorar porque su cuerpo no encontró otra respuesta al horror.

Navidad en la cárcel

Al llegar las audiencias preliminares, los jueces respondían a las solicitudes de libertad con una frase que desmoronaba a los más fuertes: cargos de entre 20 y 30 años de cárcel.

Para diciembre de 2024 habían ocurrido al menos 18 intentos de suicidio dentro del penal. "Hubo gente que atentó contra su propia vida, hubo gente que no le importaba ir contra la vida de cualquier persona."

Molina se dedicó a caminar por las celdas y decirles a los más jóvenes: "Esto es político. Como entramos por política, vamos a salir por política."

Por falta de azúcar, los presos políticos estaban haciendo hipoglicemia. Se paraba de la cama y se desmayaban. “Entonces, empezamos a pelear para que nos dieran azúcar. Lo hicieron dándonos una cucharada en la mano de cada uno y que tuvimos que administrar muy bien”. Luego les permitieron que en la paquetería les mandaran cinco galletas y una barra de chocolate.

El 13 de diciembre vio la luna por primera vez. No lo olvidará nunca. Fue en una concentración a la que los obligaron a asistir en el patio durante una visita ministerial.

Más tarde llegaron las visitas con contacto: 40 minutos, una mesa, comida que la familia llevaba y que no podía quedar en el penal. El 26 de diciembre llegó su hijo Fernando, de 12 años. "De los 40 minutos lloramos como 38." Le llevaron asado criollo, hallaca, pernil, ensalada. Era tanta comida que no pudo comérsela y tuvieron que llevársela toda.

Para el 31 de diciembre, Molina había guardado un paquete de galletas. Esa noche reunió a 12 compañeros en su celda. La caja traía doce unidades. Una para cada uno. "La cena de año nuevo fue una galleta de soda para cada uno. Eso significó mucho para mí." Para esa fecha habían salido ya 500 personas. Quedaban 600.

Molina y el perro Felipe

Con menos detenidos en el lugar, los pasaron a todos a la Torre 2 de Tocorón, las celdas tenían rejas en lugar de paredes sólidas. De noche, las ratas entraban. Molina empezó a observar, en las horas de ejercicio en el patio, a dos perros que merodeaban: una negra y uno amarillo. Les fue dando galletas. Poco a poco los fue guiando por el pasillo hacia la celda. Sacrificó la mitad de su desayuno, la mitad del almuerzo, la mitad de la cena para alimentarlos. Algunos compañeros protestaron. Molina les preguntó: "¿Qué prefieren?"

En tres semanas, los perros dormían en la puerta de la celda. Las ratas dejaron de entrar. Al amarillo lo llamaron Felipe.

Ya en 2025, comenzaron a darse más excarcelaciones. En julio ya quedaban 300 de mil 470 presos postelectorales.

Las informaciones de los movimientos de buques estadounidenses en el Mar Caribe les comenzaron a llegar y con esas noticias se alimentaba la esperanza en Tocorón.

En diciembre, los rumores de nuevas excarcelaciones abundaban. Esa Navidad fu diferente para Molina, era la segunda que pasaba en la cárcel. El 24 de diciembre, una pastora llegó con hallacas. A las 3:00 p. m. los sacaron a probarlas. "Fueron más los que lloraban que los que comían." La sazón, el olor, la masa. A las 11:30 p. m. de la noche salió un operativo: 79 personas liberadas. Molina los vio irse.

El 31 de diciembre salieron 90 más y solo quedaban entre 130 y 140 personas. Durante su prisión en Tocorón escucho entre 20 y 25 listas de excarcelados y vio irse a mil 400 presos políticos antes que él.

Después del 3 de enero las excarcelaciones hasta el 25 de enero, cuando llegó una lista de 98 en la que el nombre de Molina estaba incluido.

“A eso de la de las 7:00 p. m. de la noche llegó el movimiento de buses. Uno de los responsables de Tocorón lo llamó y le dijo: "Es un placer haberlo conocido. Es usted un gran hombre, este país necesita muchas más personas como usted y hoy se acabó esta pesadilla para usted.”

Hizo el procedimiento administrativo. Le hicieron grabar un video diciendo que sus derechos habían sido respetados. Se despidió de custodios que meses atrás tenían orden de no socializar con él y que esa mañana se le cuadraron y le dijeron: "Chao, jefe."

Molina caminó hacia los buses con 97 personas más. A 300 metros de distancia, en la puerta del bus, estaba Felipe, parado con las dos patas delanteras sobre el escalón, mirándolo. "Tuvimos que bajarlo. No nos lo podíamos llevar."

La llamada de la libertad de Molina

En la salida, un funcionario le puso la cédula en la mano, se puso a llorar, lo abrazó y le dijo: "Cuídate mucho. Quiero que llegues lejos. Para que nos ayudes a todos." Un alto funcionario de Caracas, presente en ese momento, lo miró y preguntó: "¿Tú quién eres?" Molina respondió su nombre. "Ah, el famoso diputado Molina. Ya entiendo el respeto." Sacó un teléfono. "Esta es tu llamada de la libertad. ¿A quién vas a llamar?"

A las 7:00 a. m. del domingo 26, Molina marcó el número de su esposa. Ella respondió llorando. Él contuvo las lágrimas porque el hombre estaba frente a él. Le dijo: "Hola, mi amor. Estoy saliendo de Tocorón. Nos vemos en el Big Low."

Su esposa es su novia desde los 15 años. Llevan 27 años juntos. Son uno, dijo él.

(Foto: Cortesía)

Lo que Molina construyó adentro y lo que lleva afuera

De los mil 470 presos que compartieron cárcel con Carlos Molina entre Yare y Tocorón, hoy quedan cinco detenidos. Molina piensa en ellos cada mañana al despertar. "No terminas de sentirte libre cuando quedan compañeros adentro."

Trabaja en la gestión de sus casos ante la Comisión de Amnistía, canalizando situaciones que no entran en las fechas formales, pero tienen un claro carácter político. "Aquí hay muchas facturas personales que se convirtieron en cargos. Hay aberraciones jurídicas que se siguen cometiendo."

Hizo un llamado directo al gobierno y a la Asamblea Nacional: que den celeridad. Que ningún venezolano siga preso por razones políticas. "Esta ley de amnistía tiene un papel inmensamente amplio para que la justicia llegue. Ni un preso político más."

Carlos Molina salió de Tocorón siendo otro. Con 17 meses dentro, sin ver el sol por los primeros cuatro, midiendo el tiempo por sombras y cambios de guardia, fabricando un dominó con tubos de cartón, cuidando a un perro para ahuyentar ratas, guardando una galleta de soda para compartirla en Nochevieja, Molina aprendió, dijo, lo que realmente vale. Un litro de agua. Una hallaca. El sol. La mano de Dios en la oscuridad.

"Yo hoy soy una persona totalmente distinta a la que fue secuestrada el 17 de agosto. Salgo de aquí con más. No debió ocurrir. Pero me adapté a la situación, saqué lo mejor de ella, y esa es la razón por la que sigo de pie."

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Carlos Molina: 18 meses contando los días desde la oscuridad de la cárcel

Legislador Carlos Molina, (Foto cortesía).
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