Salieron de casa a las 2:00 a. m. del 28 de julio de 2024. Jesús Acosta Medina, coordinador de Vente Venezuela en el municipio Naguanagua, y su esposa dejaron a sus hijas —de 5 y 3 años en ese momento— desde la noche anterior en otro lugar, resguardadas, para ir a trabajar en las elecciones. No volvieron a su casa ese día. Ni ese mes. Ni en los meses que siguieron.
Lo que comenzó como una jornada electoral terminó siendo 20 meses de clandestinidad y exilio: aproximadamente la mitad en Venezuela, moviéndose de estado en estado, y la otra mitad fuera del país. "Desde el 28 de julio nosotros no logramos volver a la casa porque el día se puso caliente", recordó.
La persecución contra Acosta Medina tomó forma concreta a partir de unas declaraciones que dio el 30 de julio de 2024 al El Carabobeño, frente a la sede de la alcaldía en Naguanagua, donde habló de los resultados electorales favorables a Edmundo González y del margen de diferencia entre los candidatos.
Esa publicación se convirtió en su expediente. Cuando los cuerpos de seguridad del Estado preguntaban por él a personas cercanas, lo que mostraban era precisamente la captura de pantalla de esa nota en El Carabobeño. "Cargaban el capture de esa publicación entre cuando le preguntaban a alguien por mí, le mandaban era esa imagen del diario", dice.
La decisión de no regresar a casa se tomó desde el primer día, en parte porque las señales fueron inmediatas: una de sus testigos en uno de los centros electorales fue secuestrada ese mismo 28 de julio, y en otro punto fueron atacados por colectivos mientras intentaban impedir que sacaran una máquina electoral. Las patrullas de los cuerpos policiales comenzaron a rondar su vivienda. Nunca entraron, pero los vecinos lo reportaban: estaban afuera, estacionados, esperando.
Moverse de estado en estado y mentirle a sus hijas
Durante los primeros meses, Acosta Medina, su esposa y sus dos hijas recorrieron varios estados del país. La estrategia era no detenerse demasiado en ningún lugar: si alguien los reconocía, había que moverse.
El miedo, describió, rozaba el delirio: no siempre era una amenaza real, pero la incertidumbre era permanente. Cruzar una alcabala, ver de frente a un funcionario, era un momento de tensión sostenida.
Para proteger a sus hijas de esa realidad, al principio intentaron disimular. Les decían que estaban de vacaciones, que paseaban por el país, que todo estaba bien. Buscaban hospedarse en lugares que tuvieran piscina para darle a la situación una apariencia de normalidad.
Pero la mayor, que tenía 5 años, lo notó. Un día preguntó directamente: "Papá, ¿qué está pasando? Dime la verdad." La esposa de Acosta Medina es psicóloga y juntos tomaron la decisión de hablarle a su edad, de explicarle lo que estaba ocurriendo. Desde ese día, la niña comenzó a tener pesadillas. Soñaba que los apresaban. Se despertaba llorando.
Con su familia más cercana tampoco era completamente transparente sobre su paradero. Cuando ya había dejado un estado, le decía a sus contactos que estaba allí, nunca donde realmente se encontraba. "Yo le decía estoy en Zulia y ya yo no estaba en Zulia, porque uno tenía miedo de que interceptaran comunicaciones." Su abuela materna, una tía, una prima y amigos cercanos a su esposa fueron visitados en sus casas, interrogados, coaccionados. Les decomisaron teléfonos. "Uno estaba lejos del estado, pero cada vez que sucedía algo de esto, uno sufría."
Acosta Medina en el exilio
En septiembre de 2024, apenas un mes después de haber huido del estado, llegaron los cumpleaños de sus hijas. Las dos cumplen en fechas cercanas: una el 6 y la otra el 8 de septiembre, y siempre les celebraban juntas.
Ese año no hubo fiesta con familiares ni amiguitos. Acosta Medina y su esposa se ingeniaron: hicieron una torta, les hicieron ropa temática, les cantaron. "Ver a las niñas llorar fue muy difícil", recodó. "Uno se cuestiona: si yo no soy un delincuente, si yo nunca he hecho nada malo, ¿por qué mis hijas tienen que vivir esta persecución? El adulto encara, pero ver a las niñas sufrir es lo más duro para cualquier padre." Él también lloró con ellas.
Cuando llegó la necesidad de salir del país —acelerada porque durante las elecciones municipales y regionales de 2025 se recrudeció la búsqueda y dos integrantes de su equipo, fueron— Acosta Medina salió con su esposa y sus hijas.
Nunca consideró separarse de ellas. En el exilio trabajó de lo que pudo: manejó Uber, hizo trabajos de mantenimiento, resolvió día a día. Su esposa pasaba consulta psicológica en línea. Inscribieron a las niñas en el colegio, natación y gimnasia para darles algo de normalidad y ayudarlas a recuperarse del trauma. Para el segundo cumpleaños, ya estaban fuera, ya tenían compañeritos de escuela. Fue diferente, aunque no igual.
Acosta Medina nunca dejó de coordinar a su equipo desde la distancia. Recibía palabras de aliento de sus líderes regionales y de María Corina Machado, y las transmitía hacia abajo. Cuando se aprobó la ley de amnistía, solicitó acogerse a ella. Tenía orden de captura. Ya tiene la amnistía aprobada. Regresó a Venezuela y a Naguanagua, que según él siempre fue el único destino posible. "Mi vida es en Venezuela, mi vida es en Naguanagua, mi familia es de aquí."









