Calor de marzo, sopor de verano, aunque acontece todos los años la rutina no permitió vislumbrar lo que sucedería. Mañana azul, cielo despejado. En el oriente se asoma el astro rey y comienza a calentar. Esplendido, radiante, generoso de luz.

Emprendo la ruta conocida. Solo unas semanas atrás los ojos ardían por la candela en los cerros, con la calima y el humo, la ceniza y el polvo. Más, a inicios de mes, la tierra seca recibió el regalo del cielo: Vaguada salvadora. Cantos de aves se escucharon de nuevo acompañando el coro silente de los árboles quemados. Lluvia en la sequía, renacer del verde, florecer de nuevo, siempre después de la tormenta.

Bajo hacia Las Trincheras, pasando la pronunciada recta se abre un ancho valle antes de la famosa curva. Paisaje conocido, paso recurrente con los años. Recuerdos de infancia, contemplación de madurez. Mientras avanza el vehículo por el asfalto los saltos en los baches advierten del añejo riesgo en la autopista a Puerto Cabello.

El pensamiento vuela y llega el recuerdo del acoso en el chat, del listado del trending intrascendente y la conversación rutinaria de la tarde anterior. ¿Qué va a pasar aquí? Oficiosa pregunta en tiempos de blackout. Tristezas y desaires. Voces que destruyen iniciativas. Terribles tuiteros sin fotos de perfil. Mientras, en días anteriores, afectos engrosan la diáspora. Dolor de ausencia, procesión de almas silentes, viajeros en posta, cruce de fronteras. Penitencia de cuaresma sin viernes de concilio.

De pronto explosión de color frente a mí. Así como los chubascos no esperados se precipita el evento cromático. Floración de Araguaneyes llena de color los campos y cerros. Copos de miel que me recuerdan florecimientos anteriores, siempre después de la lluvia, aun en medio del calor, en los buenos tiempos y en los tristes también. En los marzos secos o en un abril de incipiente primavera.

Vuelves erguido, permaneciste inadvertido en el verde, olvidado en la ceniza, pero hoy te haces presente nuevamente, te desvestiste de hojas para darnos lo mejor en tu desnudez y ahora presentas la gala color oro de la riqueza del suelo que nutre tu sabia. Y me llamas, me habla tu esplendor, me grita tu exuberancia. Me reclamas porque tu tronco se quemó con la candela y aun así volviste a florecer. Vuelves como la esperanza, vuelves como la vida misma. Porque no hay vida en la tristeza ni existencia en la resignación.

Estarás allí aun cuando tus flores caigan, las devore la tierra o se las lleven los bachacos a sus montañas de inframundo. Y cada año volverás a florecer como vuelve la luz cada día, cuando regrese la lluvia luego de la candela. Tu araguaney, flor amarillo, guayacán bonito, zapatillo, zapito, roble amarillo, cañahuate, tajibo. Tu mi Araveney de aborigen Caribe.

Será por unos pocos días que tendrás tu cortejo de abejas en orgía de polen. Luego pasarás inadvertido hasta la próxima sequía. Cuando nacerán de nuevo tus flores amarillas, entre los meses de febrero y abril, cuando estés totalmente desprovisto de hojas, desnudo de nuevo. Porque siempre regresará la sequía, porque nuevamente llegará la lluvia, porque siempre volverán las flores.

Araguaney de mi tierra, floración de oro, capullos de miel. Inspira la causa de nuestra liberación. Porque las almas perviven y las ganas persisten. Aunque la quema vuelva sobre la montaña y la sed de justicia arda en las cicatrices de los corazones rotos.




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