Y llegó el día. Se reunieron miles junto a la línea que separa los dos países. Comienza el sonido de las voces en concierto que anuncia los cambios y señala a los vientos los nuevos caminos. Sólo quedan horas para que se rompa el dique de la mezquindad y corra el agua de la generosidad, solidaria expresión de los pueblos del mundo con una realidad que nunca debió ser tal.

Suena fuerte la voz del artista y son millones que acompañan en coro global los cantos de justicia y libertad. El escenario explota de emociones y energías en múltiple intensidad. Baja el telón de la tiranía que ya no puede mantener ni el afecto de los viles. Sube el volumen a millones de decibeles que despiertan a los cronistas eternos de los registros de las grandes gestas.

Un país se levanta y ruge como manada de millones a la caza de un destino. La era rompe fuentes y se prepara para el alumbramiento. Hoy la prosa se escribe sola, no espera al trovador ni al poeta, ellos observan al cielo donde se plasman los relatos inmortales.

Porque en este febrero se escribe historia pura, leyenda de odiseas, crónica de epopeyas densas, como denso se respira en la multitud que aclama entre tonos y ritmos, en el anuncio de la ventura de un nuevo amanecer.

Ya no podrá el indigno sable sostener la infamia ni detener el levantamiento. No quedará piedra que no sienta el temblor de la rebelión, mil veces postergada, tanto demorada por la insidia de los hechos no deseados.

Vienen propios y de otros lares, cantan a Venezuela, el Mundo hace coro acompañado de trompetas y tambores, de guitarras y teclados, de metales y vientos que anuncian tempestades sonoras antes de la calma de la realización después de la liberación. Y llegará el silencio en la paz decretada una vez suscrita el acta con la sangre de los justos que pasaron y la tinta de las letras que no pudieron escribirse.

Baja el joven por la trocha, burla al centinela que aunque lo escucha se niega a verlo. Pasa el río por las piedras, sobre guijarros y tablas. Lo encuentra el hermano vecino que lo abraza en la frontera misma, le mira y habla. Ha llegado el momento, el que ha esperado por años, por el que luchó y fue herido, en su carne, en su piel, en la vergüenza silenciosa, en el orgullo que acompañó su dignidad golpeada.

Se ve a un viejo en el camino forcejeando con el guardia que no le deja pasar. Se ve a una caravana que avanza y supera órdenes de infamia que pretende detenerla. Saltan sobre obstáculos con la fuerza de la voluntad. Como fueron las ganas de aquellos que persistieron sobre la desesperanza y el desconsuelo de los desertores de sus sueños.

Vuelve el líder a hablar alto, ha sido elegido por los tiempos para este momento, le habla a una nación alerta, dispuesta, lista para enfrentar su destino, el de siempre, el de los tiempos que pasaron y de los que están por venir. Ser libres y nunca más permitir que la opresión pise sus almas, sus anhelos de superación, su sed de porvenir, sus ganas de progreso y bienestar.

Se escucharán los sabios después del bullicio, se avistarán las señales que llaman al encuentro sin negar la justicia, se superará la rabia porque el odio corrompe la siembra y daña el huerto. Se cultivará de nuevo con pasión y voluntad.

Calla el concierto más allá de la noche, se cierra otro día de amores en febrero, se espera la nueva mañana con ilusión y esperanza. Esa en que las naciones se encontrarán de nuevo en la solidaridad y el abrazo fraterno. Esto ya no es un sueño, es una realidad que surge de los logros, de los sacrificios, de las ganas compartidas, de las ansias escondidas, del tesoro de la vida que tenemos, porque es un privilegio vivir para ser parte de esta historia, con los vivos, con nuestros muertos y con los que están por nacer en nuestra Venezuela.




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