El doble terremoto que sacudió a Venezuela el 24 de junio de 2026 abrió una de las mayores emergencias humanitarias que ha enfrentado el país en décadas. En el caso de los menores de edad, los pequeños enfrentan retos que van desde el trauma psicológico y la interrupción de sus redes familiares hasta el riesgo de quedar expuestos a situaciones de violencia, explotación o trata.
En un trabajo publicado en El Nacional se indica que ante este escenario, la Fundación Amigos del Niño que Amerita Protección Alternativa (Fundana) mantiene disponibles sus espacios en Las Villas de los Chiquiticos para acoger temporalmente a aquellos menores que, tras una evaluación de las autoridades competentes, necesiten protección especial.
“Desde el inicio de la tragedia, el 24 de junio, nos estuvimos preparando para recibir a todos aquellos niños que por la situación quedaronn desprotegidos, que no tuvieran ningún familiar de la familia nuclear o de la familia extendida que se hiciera cargo de ellos”, explicó a El Nacional Nathalie Abuchaibe, directora de Las Villas de los Chiquiticos.
De acuerdo con las estimaciones de Unicef, alrededor de 680.000 niños, niñas y adolescentes requieren asistencia humanitaria urgente, mientras que 3,9 millones viven en las zonas más afectadas, especialmente en La Guaira, declarada zona de desastre.
Si bien la cifra es alarmante, las necesidades de cada pequeño son diferentes. Mientras que algunos se encuentran con su familia en condiciones vulnerables por la falta de vivienda, servicios públicos y alimentos, otros se encuentran heridos, sin identificar, en busca de familiares o completamente solos.
Aunque la posibilidad de recibir a menores que hubieran perdido a sus cuidadores obligó a reforzar la capacidad de atención dentro de la casa hogar, la primera respuesta de Fundana tras los terremotos consistió en ofrecer apoyo psicológico, distribuir ayuda humanitaria y detectar situaciones de especial vulnerabilidad en los diferentes refugios improvisados, hospitales, colegios y campamentos temporales dispuestos en las zonas de desastre.
“Nos preparamos físicamente con todo nuestro personal, con todo nuestro equipo cuidador y además con el equipo multidisciplinario para dar apoyo y contención”, señaló Abuchaibe.
Paralelamente, explicó, los programas de fortalecimiento familiar concentraron sus esfuerzos en las regiones más golpeadas por los sismos —entre ellas La Guaira, Miranda, Zulia y Caracas— para brindar atención directa a las personas afectadas.
La intervención no se limitó a la entrega de alimentos, agua, pañales o productos de higiene que miles de venezolanos hicieron llegar a la organización mediante donaciones. “Nuestro equipo ha estado allí para trabajar de manera individual y grupal, para brindar contención, generar espacios de escucha y ayudar a que las personas puedan digerir todo este dolor, toda esta situación, y encontrar un poco más de calma”, afirmó Abuchaibe.
Ese acompañamiento resulta especialmente importante en una emergencia donde el miedo continúa incluso semanas después del desastre. Muchos niños siguen despertando sobresaltados por las réplicas, presentan dificultades para dormir o experimentan una angustia constante ante la posibilidad de perder nuevamente a sus seres queridos. Otros permanecen hospitalizados mientras reciben tratamiento por lesiones sufridas durante los derrumbes.
En estos casos, el apoyo psicológico busca convertirse en un primer paso hacia la recuperación emocional, antes incluso de que se defina cuál será su situación familiar, explicó.
Procesos distintos de duelo
En los campamentos y refugios habilitados tras los terremotos conviven miles de personas que atraviesan procesos distintos de duelo, incertidumbre y pérdida. Para los niños, ese entorno puede representar un nuevo factor de riesgo si no cuentan con espacios adecuados para jugar, expresar sus emociones o sentirse protegidos.
Por esa razón, parte del trabajo de Fundana ha consistido en crear ambientes especialmente dirigidos a la infancia. “Estamos tratando de crear espacios seguros donde, a través del juego, de grupos terapéuticos y de distintas actividades, podamos ayudar a recuperar ese corazón que está tan dolido y tan asustado”, explicó Abuchaibe.
La estrategia coincide con las recomendaciones impulsadas por organismos internacionales como Unicef, que consideran el juego, las actividades recreativas y la atención psicosocial elementos fundamentales para disminuir el impacto emocional de las emergencias sobre niños y adolescentes.
No se trata únicamente de entretenerlos. Cada actividad busca ofrecer una rutina, devolverles una sensación de seguridad y permitir que vuelvan a relacionarse con otros niños después de haber vivido experiencias profundamente traumáticas. Recuperar esos pequeños espacios de normalidad constituye una de las herramientas más eficaces para prevenir secuelas psicológicas a largo plazo.
“Es un momento de mucha incertidumbre para las familias. No saben qué va a pasar, dónde van a vivir, cómo volverán a reunirse. Es un momento de mucho desorden, de mucha tristeza y de mucho dolor, y necesitamos tenderles la mano”, señaló la directora de Las Villas Los Chiquiticos.
Una realidad distinta
La imagen de decenas de niños ingresando inmediatamente a casas hogar después de una tragedia suele instalarse con rapidez en la opinión pública. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Tres semanas después de los terremotos, Fundana aún no había recibido un flujo masivo de menores provenientes de las zonas afectadas. Esta situación responde al procedimiento estándar que establece el sistema de protección infantil venezolano.
“Estamos preparados y contamos con los cupos para que, toda vez que los organismos del sistema de protección nos los soliciten, podamos atender a estos niños, brindarles un espacio seguro, cálido y acompañarlos en este dolor”, aseguró Abuchaibe, añadiendo que la organización dispone habitualmente de capacidad para atender entre 80 y 90 niños en situación de vulnerabilidad y ha mantenido esa disponibilidad desde el inicio de la emergencia.
Hasta el momento de esta entrevista, apenas tres o cuatro menores vinculados con la tragedia habían comenzado a incorporarse a la institución. La razón, dijo su directora, es que la mayoría de los casos siguen siendo evaluados por las autoridades.
Muchos niños permanecen hospitalizados; otros fueron localizados junto a familiares extendidos que pueden hacerse cargo de ellos temporalmente.
Por ello, el ingreso a una entidad de atención constituye únicamente una medida excepcional, reservada para aquellos casos en los que las autoridades determinen que no existe, al menos de forma inmediata, un entorno familiar seguro capaz de asumir su cuidado.
Inquietudes sobre el futuro
En medio de la emergencia surgieron inquietudes sobre el futuro de aquellos menores que perdieron a sus padres o quedaron separados de sus familias durante los terremotos. Sin embargo, Abuchaibe insistió en que la institucionalización nunca constituye la primera respuesta.“Hay muchísima incertidumbre en la colectividad. La gente se pregunta qué pasa con estos niños después de la tragedia, pero esto lleva todo un proceso. No todos los niños están desprotegidos. Aunque hayan perdido a familiares directos, puede existir otro miembro de la familia que pueda hacerse cargo de ellos“, explicó.
Ese principio coincide con lo establecido por la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (Lopnna), que privilegia el derecho de los menores a crecer dentro de su entorno familiar y considera la separación definitiva únicamente como una medida excepcional.
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