Cambia la perspectiva del hombre que enfrenta al mar que navega. En su puesto de observación se empina para ver hasta donde la vista le permite. Desde la cofa el vigía no alcanza a divisar el puerto de destino pero intuye que ya no es tan lejano, percibe su proximidad.

Hacia la pospandemia nos dirigimos en una travesía nunca antes vivida, con tormentas de angustias y vientos de dolor que han rotos mástiles y desgarrado velas de familias y afectos. Las separaciones, los idos y enfermos, el distanciamiento de quienes se quieren y extrañan, la angustia ante lo desconocido, signos terribles que han marcado estos tiempos turbulentos.

Hemos sido parte de una odisea imborrable en las páginas de nuestra propia existencia. Testigos de luminosos testimonios que nos devuelven la fe en la humanidad. El valor de quienes han enfrentado el embate de la furia de esta tempestad, médicos, enfermeras, personal de primera línea en la salud, seres excepcionales que han estado allí sosteniendo a los que caen en los lechos de sombras y nos inspiran a continuar adelante en la superación de la tragedia.

Nos llena de orgullo ser hijos de esta tierra querida, hoy herida, con las llagas abiertas al cielo. Con manchas de derrames esparcidas en sus costas, con grietas marcadas por la extracción mineral desenfrenada en valles y selvas, con la vergüenza de atrocidades perpetradas por el odio y el oprobio desde el poder que oprime, encarcela y asesina.

Pero en esta travesía también nos hemos hecho fuertes. Resistimos el embate del virus con el dolor de la pérdida y el entendimiento de lo que somos, con la conciencia del daño que el hombre se ha hecho a sí mismo pretendiendo ser Dios, creando microorganismos letales en sus laboratorios de ambiciones donde se experimenta con la vida misma y al hacerlo se causa muerte y devastación.

Este escrito está dedicado a quienes sostienen la frente en alto antes de dar la vuelta y abandonar la lucha. Está lleno de fe y pleno de esperanza, porque aunque enfrentamos la maldad, la nuestra es una causa de amor.

Pasará el terrible año veinte y llegará la calma tras la tormenta. Se encontrarán nuestros hijos en la escuela, en el parque o en los campos de los sueños deportivos, donde se abrazarán de nuevo y en sus juegos volverán a ser las estrellas que su fulgurante imaginación crea o los héroes que inspirarán a sus padres a continuar adelante en la realización de un sueño tricolor. No podrá la pandemia con la voluntad de una nación que decreta su libertad y anuncia su emancipación.

Y es que a la pospandemia llegaremos más fuertes. Después de este año no seremos los mismos, ni la humanidad en la globalidad ni nosotros en estas latitudes. Habrase consumado el milagro del cambio de millones. Este vendaval pasará dejando llenos los vasos de las almas de los justos, porque este es un encuentro con lo mejor del ser humano, es la oportunidad de transformación personal de cada quien para ser más humildes y menos egoístas, es una cita con la inmensidad que nos arropa para apreciar aún más la grandeza de la creación.

Este es un escrito para los que quieren ser parte de la construcción de mejores realidades, que aceptan el dolor y lo transforman en inspiración. La pospandemia será el tiempo del renacer de la esperanza, la oportunidad que esperábamos para iluminar el futuro con nuevas luces, para la liberación de potenciales infinitos de realización, y esa energía represada, confinada por años de sufrimiento y frustración, producirá una gigantesca explosión, será un nuevo big bang en el interior de cada hombre de buena voluntad.

Para Venezuela será la oportunidad de enderezar el rumbo en la travesía hacia el puerto de la liberación. La luz llenará los horizontes oscuros, pasará el tiempo de la noche y llegará nuevamente la mañana. Al final no dejamos morir nuestros sueños cuando la tarde cayó.

Este viaje nos ha llevado lejos, todavía vemos una inmensidad por delante pero una suave brisa trae olor a tierra anunciando la cercanía del destino. Ahora la tripulación se compromete más a la faena, dura como siempre pero excitante en la expectativa ante la certeza de la llegada. Se ve la tierra y en lo alto del mástil un joven valiente grita de alegría.

El barco ahora avanza en aguas más tranquilas, la quietud presagia nuevos vendavales pero esta vez internos, en los confines de cada corazón que late aceleradamente. El hombre toma un respiro al acercarse a la bahía, pero entra en cuenta, no es el puerto final, es el trasbordo a una nueva travesía, la de la reconstrucción. Naveguemos juntos esos mares.

LUCIO HERRERA GUBAIRA.




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