José Martínez es un venezolano que está reconstruyendo su vida en la ciudad peruana de Iñapari, donde es uno de los pocos barberos en cientos de millas. Jim Wyss. jwyss@miamiherald.com.

Él llegó a esta tranquila ciudad fronteriza en las profundidades de la Amazonía peruana porque ya no le quedaba dinero. Ella porque ya no le quedaba esperanza. Otra familia vino a Iñapari, un pueblo de menos de 3,000 habitantes, porque dijeron que Dios los había enviado.

Más de 2.3 millones de venezolanos han huido de su patria en los últimos años y la mayoría ha terminado en las capitales de la región. Sin embargo, algunos están en pequeñas ciudades y aldeas de América del Sur, comunidades de las que nunca habían oído hablar, y que mucho menos pensaron visitar, hasta que el hambre y el caos político los expulsaron de sus hogares.

Una de esas comunidades impensables es Iñapari, una ciudad bañada por el sol, con caminos de tierra y un puñado de restaurantes y moteles de poca monta en el sureste de Perú, en la frontera entre Bolivia y Brasil. Está a unas 2,400 millas de Caracas por tierra, lejos del caos y la pobreza… y de todo lo demás.

Emilio Marcano, un reparador de refrigeradores de 49 años de edad, es uno en la docena de venezolanos que ahora consideran Iñapari su hogar. Huyó de Venezuela con su familia porque estaba cansado de la delincuencia desenfrenada y veía a sus vecinos pasar hambre. Vendió tres autos por un total de $1,600 y se fue con su esposa y dos hijos a la frontera sur de Venezuela y de ahí, a través de Brasil, a Lima, una ciudad que pensó que sería “el paraíso en la tierra”.

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