Y llegó el día esperado. Aquel día sería la cirugía de amígdalas y adenoides de Pedrito y Pablito. En la casa de Pedro ya estaba todo listo desde hacía algunos días; mientras que en la de Pablo, corrían de un lado a otro. Había mucha ansiedad y un ambiente tenso. Al llegar al Hospital, ubicaron a ambos niños en la sala 16 del quinto piso. Estaban a la espera de su turno acompañados por sus respectivos padres.
Pedro dibujaba y pintaba con los colores que le había regalado su abuela. Pablo estaba inquieto. Pedía comida. No entendía lo que estaba pasando y su madre conocía poco del proceso que viviría. Así que la madre de Pedrito le fue explicando algunas cosas que ella sabía por boca de su médico. Los médicos de ambos niños se conocían y compartían su gusto por el fútbol y la medicina. Solo eso. El médico de Pedro era amable y cercano, mientras que el de Pablo, un poco distante y poco conversador. Ambos muy competentes. De pronto se asomó la enfermera y con una grata sonrisa saludó a todos en la sala y anunció lo inevitable: “Buenos días mis niños lindos. Ahora se van conmigo a pabellón”. Pedro cerró el cuaderno de dibujo y ordenó sus colores al tiempo que Pablo rompió en llanto, “acurrucándose” bajo el regazo de su madre, quien también dejaba ver sus ojos llorosos. La separación y traslado a pabellón de Pedro, fluyó con naturalidad.
La de Pablo se convirtió en una escena poco deseada. Ni hablar de los gritos y pataletas de Pablo mezclados con el rostro de desesperación de su padre. Igual situación vivieron en la inducción anestésica, el despertar y qué decir de los días postoperatorios.

Pedro sabía que tendría dolor, y en casa conocían las estrategias para el manejo efectivo. Además, el médico le entregó el número de su celular para consultar sobre cualquier eventualidad. Se sentían confiados y acompañados. Por otro lado, Pablo y sus padres se sorprendían con cada evento relacionado con la cirugía. El dolor, las restricciones alimentarias y de actividad física, la coloración amarillenta del lecho de las amígdalas. Se sentían desconcertados y no sabían a quién recurrir para obtener información.
El médico solo le dio el número del Hospital para que resolvieran cualquier duda o contingencia. Pasados los días se notó el éxito del procedimiento. Ambos niños evolucionaron satisfactoriamente y sin complicaciones.

Pero la experiencia y el recuerdo de Pedro y Pablo sobre el evento, resultó diametralmente opuesto. ¿Por qué? ¿Usted preferiría la experiencia de Pedro o la de Pablo? Y si es médico, ¿Se identifica con el médico de Pedro? ¿o con él de Pablo?
La proximidad de una cirugía dispara la ansiedad. Una reacción compleja del individuo frente a situaciones inciertas, desconocidas y percibidas como potencialmente peligrosos. Son bien conocidos los agentes estresantes a los que se ve sometido el paciente, en especial los niños que requieren un procedimiento quirúrgico: la separación de los padres, el abandono del entorno y las actividades habituales, fantasías sobre los efectos de la anestesia, el miedo a no despertar, sentir dolor durante la operación y al dolor que puedan provocar los procedimientos invasivos previos a la intervención y posterior a ella, las consecuencias y los resultados de la cirugía.
La etapa previa a la cirugía produce un estado de ánimo desagradable en el niño y su entorno familiar, que estarían más relacionados con el desconocimiento y la falta de información sobre las diferentes etapas del proceso, que con la cirugía propiamente tal.
Esto los médicos, con cierta frecuencia, lo pasamos por alto.
A pesar de que existe abundante experiencia internacional que evidencia la utilidad de implementar un programa de información preoperatoria, entregado a los padres de manera sistemática y ordenada, días antes de la cirugía y no al momento de la intervención, como estrategia para disminuir la ansiedad.

Este programa estaría dirigido a solventar las dudas y aclarar el panorama general del proceso, tanto a los padres como al niño quien podría participar a través de un lenguaje adecuado, y ojalá recreando una experiencia lúdica.

Al involucrar al niño y su grupo familiar creamos una sensación de equipo donde cada cual, (médico, enfermeras, los padres y el niño), tienen su rol y trabajan de manera mancomunada por un fin común: el éxito de la cirugía y el bienestar del paciente. Todo esto disminuye el temor y la ansiedad, les permite a los padres y el niño involucrarse en las distintas etapas y contribuir con las recomendaciones postoperatorias, disminuyendo el riesgo de complicaciones.
En 2015 se publicó un estudio de la Pontificia Universidad Católica de Chile que podría orientarnos sobre la planificación de nuestro programa de información preoperatoria. Allí se evidenció que los padres desean recibir información preoperatoria sobre la anestesia, la cirugía, el ayuno previo, los medicamentos y las complicaciones anestésicas, la monitorización, el manejo de la vía venosa, el manejo del dolor, la alimentación postoperatoria, el control de ansiedad, la sala de hospitalización y la de recuperación, y la entretención en recuperación.
La mayoría desea ser informado verbalmente, una o dos semanas antes y no el día de la cirugía; que el informante sea el cirujano en su consulta. Además, desean información a través de folletos, vídeos o talleres de simulación.
En nuestra experiencia incorporamos una visita previa a pabellón y entregamos la indumentaria propia de los participantes en una cirugía (gorro, guantes y cubreboca) para que en casa jueguen con los padres a “operarse” mutuamente (sin ningún instrumental). El día de la cirugía, el quirófano se puede “convertir” en una nave espacial utilizando las lámparas como invasores y la mascarilla, da fuerzas para derrotarlos.
También puede ser un salón de belleza o un set de filmación, o cualquier idea que surja, según las preferencias del niño. Esto nos brinda grandes satisfacciones y disfrutamos junto a los niños la experiencia quirúrgica.
Es evidente, en la mayoría de las veces, la tranquilidad de los padres y los niños al separarse para el ingreso a pabellón, durante la inducción anestésica y al despertar. Luego en el postoperatorio ya conocen el comportamiento del dolor y los cambios de la zona operatoria. Esto evita sorpresas desagradables y ansiedad por desconocimiento. Acompañar en el postoperatorio al invitar a los padres que se comuniquen ante cualquier duda, también resulta útil para disminuir la ansiedad y hacer más placentero el postoperatorio.
Todos los cirujanos que conozco aplican alguna actividad para “endulzar” la amargura del preoperatorio y las molestias postoperatorias. Algunos permiten la entrada de la madre al pabellón, otros usan vestimenta divertida. Compártenos tus estrategias para incorporarlas y disminuir las experiencias quirúrgicas poco agradables como la de Pablito. ¿Te animas?




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