María Luisa Escobar fue una de las figuras más polifacéticas y brillantes del panorama cultural venezolano del siglo XX. Pianista, compositora, investigadora musical, gestora cultural y fundadora del Ateneo de Caracas, su legado trasciende las partituras: es la historia misma de una mujer adelantada a su tiempo que luchó por el arte y por los derechos de los creadores.
Nació en Valencia, estado Carabobo, el 5 de diciembre de 1898, bajo el nombre de María Luisa González Gragirena. Fue hija de Enrique González Olivo y María Gragirena Mijares. Desde temprana edad mostró una sensibilidad musical inusual: comenzó sus estudios de piano a los cinco años en el Colegio de Lourdes -en Valencia- y, en plena infancia, compuso su primera pieza: Blanca, la niña angélica.
A los ocho años, se trasladó con su familia a Curazao para ampliar su formación académica. Allí estudió en el colegio “Welgelegen Habay”, donde aprendió francés e inglés. Continuó su formación musical estudiando piano, violín y composición, y luego viajó a París, como muchas mentes inquietas de la época, para perfeccionarse como pianista y estudiar canto con reconocidos maestros europeos.
De regreso a Venezuela, estrenó su primer ensayo de teatro musical junto al músico Juan Vicente Lecuna y la poetisa Olga Capriles. En 1918 contrajo matrimonio con Federico Wolf, con quien tuvo tres hijos: Waldemar, Irma e Iván. Tras su divorcio, se casó con el músico José Antonio Escobar Saluzzo, con quien tuvo a su cuarto hijo, Toney. Adoptaría entonces, como nombre artístico, el apellido Escobar, con el que firmó su vasta obra.
A lo largo de su vida, María Luisa Escobar fue mucho más que una artista. En la década de 1920 formó el Quinteto Ávila junto a su esposo y el músico Pedro Antonio Ríos Reyna, donde se desempeñó como cantante y arreglista. En 1928 realizó varias grabaciones con la empresa Victor Talking Machine Company, entre ellas Alondras, Mar adentro y Ángel de mis sueños, bajo el seudónimo “Maritza Graxirena”, una adaptación catalana de su apellido materno.
El 8 de agosto de 1931, en Caracas, fundó junto a figuras como Eva Mondolfi, Teresa de la Parra, Vicente Emilio Sojo y Rómulo Gallegos, el Ateneo de Caracas, que dirigió durante más de una década, convirtiéndolo en un centro neurálgico para las artes en el país. Su influencia en el desarrollo del teatro, la música y la literatura fue profunda y duradera.
En 1941 presentó en el Teatro Municipal su obra lírica Orquídeas azules, en colaboración con la escritora Mercedes Carvajal de Arocha (Lucila Palacios). Además de su faceta compositiva, se dedicó a investigar leyendas indígenas venezolanas, inspiración de obras como la ópera La princesa Girasol y el drama coreográfico Guaicaipuro, presentado durante los III Juegos Bolivarianos en 1951.
Siempre comprometida con el gremio musical, fue fundadora de la Asociación Venezolana de Autores y Compositores (AVAC) y, en 1955, cofundó el Sindicato Profesional de Autores y Compositores de Venezuela, junto a figuras como Billo Frómeta, Lorenzo Herrera y Aníbal Abreu. En ese mismo año participó como pianista en el disco Concierto Venezolano, uno de los primeros LPs producidos en el país, junto a músicos de la Orquesta Sinfónica de Venezuela y bajo la dirección de Billo Frómeta.
En su paso por Radio Nacional de Venezuela, donde se desempeñó como encargada de relaciones públicas, dio oportunidades a talentos emergentes como Juan Vicente Torrealba, a quien impulsó para grabar por primera vez. Nota al margen: Soy testigo directo de la profunda y auténtica gratitud que el maestro Torrealba sostuvo siempre hacia María Luisa Escobar; bastaba con nombrarla para que sus ojos se encendieran con admiración, cariño y afecto.
En esta época compuso una de sus canciones más emblemáticas: Desesperanza, dedicada a uno de sus hijos. Esta pieza, inicialmente pensada para el barítono Eduardo Lanz, fue inmortalizada por Alfredo Sadel en su primer LP.
A lo largo de su vida, María Luisa Escobar escribió más de cien obras musicales, entre canciones, piezas teatrales, obras sinfónicas y líricas. Algunas de las más recordadas son Caracas romántica, Como la primera vez, Contigo, Vente con el alba, Noches de luna de Altamira y Luna de Camoruco. En 1984, como merecido reconocimiento a su trayectoria, recibió el Premio Nacional de Música, pocos meses antes de fallecer en Caracas, el 14 de mayo de 1985, a los 86 años de edad.
Ya en el plano familiar, comento una anécdota especialmente querida. En 1979, mi cuñado Sergio Ramos y mis hermanos de la vida, Nelson “Neyo” López y Lucia Montanari, viajaron a Caracas para visitar a María Luisa Escobar en su propia casa. Iban con un propósito claro: solicitar su orientación para registrar en la AVAC que, dicho sea de paso, funcionaba en la misma residencia de María Luisa, las canciones que interpretaban en el grupo cristiano Somos Iguales, fundado por Sergio.
María Luisa los recibió con una calidez inolvidable. Los hizo sentir como en su hogar desde el primer momento y se emocionó profundamente cuando Lucía interpretó “Era tan solo una mujer” (La mujer sencilla). Luego, la propia María Luisa se sentó al piano y compartió algunas de sus composiciones, arrancando lágrimas de asombro y gratitud a aquellos jóvenes visitantes valencianos que jamás olvidaron aquella tarde. Al finalizar, les obsequió varios manuscritos originales que -confieso sin pudor y con un poco de vergüenza- terminé apropiándome descaradamente. Hoy reposan en un estante olvidado.
María Luisa Escobar no solo le regaló a Venezuela música, arte y organización cultural. Su vida fue un canto a la pasión, a la creación libre y a la dignidad del oficio artístico. En cada nota que escribió y en cada espacio que fundó, hay una invitación a creer en el poder transformador del arte. Hoy su legado sigue latiendo, como una melodía que no se extingue, en cada creador venezolano que encuentra en su historia la fuerza para seguir soñando.
Existen bellas versiones de las obras de María Luisa Escobar, sobre todo de Desesperanza, una de sus canciones más emblemáticas. Sin embargo, fue una grata sorpresa encontrar un audio poco conocido que parece registrar una reunión íntima y entrañable, en la que la propia María Luisa acompaña al piano otra de sus composiciones: No puedo olvidarte, cantada por la profesora Ligia Landa de Chalbaud, el 21 de febrero de 1976, en la casa de Cristóbal Gornés, en el marco de un homenaje al maestro anfitrión por parte de la AVAC; el registro conserva la calidez de un momento auténtico, donde la música y la memoria se entrelazan con ternura: https://www.youtube.com/watch?v=BwE2hlB-DcA




